Érase una vez un país donde ser feminista no era una palabra sucia que se decía en lo bajo ni en un grito de guerra. Se decía en audiencias y documentos oficiales, en las noticias y en los discursos. De hecho, el gobierno mismo se autoidentificaba abiertamente como feminista.

Por supuesto, en este reino lejano, soleado y con gente franca no todo era perfecto, también existía gente mala. Pero cuando esa gente le hacía daño a una mujer, todo el pueblo salía a la plaza para mostrar su repudio colectivo. Su nombre, rostro e historia estaba en todos los noticieros hasta que encontraban a aquel que le había hecho daño y se daba seguimiento al proceso hasta hacer justicia.

Año tras año, mujer tras mujer, después de 18 años, se seguía repitiendo sin falta el ritual por cada una de ellas: manifestación, presencia mediática, minuto de silencio, justicia. De hecho, cuenta la leyenda, que las más de mil mujeres en este periodo, no aparecían como cifras duras en su página de Wikipiedia, si no que una a una era mencionada por nombre y circunstancia del crimen. No eran cabos sueltos ni nombres que se llevaba el viento.

Esta gran fuerza colectiva donde participaba toda la sociedad generaba un escudo invisible que protegía a cada mujer. Incluso, se habla de magia. Formas de comunicación que desaparecían sin dejar rastro como si de un búho mensajero se tratara. Sitios web y llamadas telefónicas que no dejan evidencia por ningún lado; pedidas de auxilio invisibles y silenciosas que lograban salvar miles de vidas.

Por este respaldo arrasador, las mujeres de todas las edades podían caminar seguras por la calle; más o menos tapadas dependiendo del clima y el gusto y nunca de las miradas y el acoso; a cualquier hora del día sabiéndose dueñas del suelo que pisaban.

Este pueblo ya no cuestionaba la igualdad entre hombres y mujeres sino que la asumía. La asumía a tal grado que el debate giraba en torno a cómo lograr empatar la experiencia con ese ideal compartido y nunca a demostrar su existencia como si de fantasmas se tratara.

A decir verdad, el machismo se había asentado en estudios históricos, estadísticas dinámicas y ciencia dura; dejando de ser considerado creencia pagana hacía mucho tiempo. Se medía la brecha salarial como si se midiera la estatura y una agresión sexista se rechazaba tan contundentemente como un golpe en la cara.

Mientras que en otros países la idea de tener una mujer gobernante sonaba a ciencia ficción, desatando debates sobre si el pueblo estaba o no listo para ello, aquí la línea de sucesión ya tenía una reina en formación. De hecho, entre la clase gobernante, había tantas mujeres como hombres y no hubiera sorprendido a nadie que el siguiente liderazgo fuera femenino.

Algunos grupos de poder se autodenominaban en femenino en vez de en el clásico masculino universal y la totalidad hacía uso habitual del lenguaje inclusivo aún y cuando su antigua academia de sabios, casi en su totalidad hombres, insistía en no reconocer este hábito. Pero en realidad, no importaba su autorización porque era como esperar autorización para respirar, es algo que simplemente se hacía de la forma más natural y orgánica. Se le prestaba mucha más atención del otro lado del océano que dentro de casa.

Cuando nacía un bebé tanto madre como padre debían tomar el mismo tiempo de cuidado... Para que un negocio pudiera venderle al reino tenía que asumir conductas feministas; de hecho, todos los negocios con más de 50 trabajadores debían hacerlo. Ser feminista era la norma, no la excepción y causaba sonrisas en vez de ceños fruncidos y aplausos en vez de “peros”.

Todos los reinos de la redonda estaban sorprendidos de los logros de este pueblo en particular. A tal grado, que se acercaban a observar para aprender. Incluso le otorgaron grandes tesoros. Era muy reconocido y respetado por todos.

Y no es que fuera el mundo perfecto, estaba muy lejos de serlo. Pero era evidente para cualquier foráneo que había alcanzado lo que muchos apenas podían acariciar en sueños. Ellos mismos lo sabían y por eso no dejaban de trabajar día a día contra el dragón de dos cabezas: patriarcado y violencia machista. Esta ciudadanía tenía tan clara su meta que no iba a descansar hasta conseguirla.

Érase una vez un reino lejano, soleado y con gente franca donde las mujeres no pedían disculpas por existir ni tenían que pelear con uñas y dientes para vivir. Érase una vez... España.

Angélica Bucio es politóloga, administradora y comunicadora. Experta en comunicación estratégica organizacional y desarrollo de proyectos. Actualmente, consultora en Madrid. Trabaja en business consulting y contribuye con soluciones para una sociedad más inteligente.

Twitter: @AngelicaBucioM