Me parece que lo que el movimiento feminista exige, y los gobiernos estamos quedando a deber, son políticas públicas específicas para reducir las brechas de desigualdad, y en particular garantizarles una mejor seguridad. Para quienes desarrollamos políticas públicas en una urbe, la movilidad es fundamental para esos propósitos. Es relevante analizar el reporte de la socióloga Paula Soto Villagrán con respecto a los resultados de la investigación llevada a cabo en el marco del Transport Gender Lab, del Banco Interamericano de Desarrollo, con la Secretaría de Movilidad y la Secretaría de las Mujeres de la CDMX, sobre movilidad y accesibilidad de las mujeres en el transporte.

El principal hallazgo es que las necesidades de las usuarias del transporte público son sustancialmente distintas a las de los hombres. El estudio revela que una buena cantidad de mujeres se transporta, fundamentalmente, por razones de trabajo doméstico no remunerado, por viajes de acompañamiento a otros dependientes, que ellas usan con mayor intensidad el transporte público (50% de las entrevistadas utiliza a diario el transporte), ya que los hombres tienen más acceso a alternativas privadas motorizadas. Las mujeres menores de 25 años viajan fundamentalmente para estudiar. El estudio se realizó en tres de los Cetram de la Ciudad de México (Pantitlán, Indios Verdes y Tasqueña), y revela que el mal estado de la infraestructura de los mismos vulnera las experiencias de viaje de las mujeres, y las limita en cuanto a la falta de accesibilidad para personas con discapacidad, carriolas y otros aditamentos. El estudio encuentra que la movilidad de cuidados es una de las prioridades de las mujeres en materia de movilidad, por lo que el tema de la accesibilidad es fundamental.

Según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 2016), en América Latina y el Caribe, más de 50% de los usuarios del transporte público son mujeres, y pese a ello, se siguen implementando las mismas políticas neutras de movilidad, es decir, no se toman en cuenta las condiciones ni las características en las que las mujeres se transportan día a día. El estudio arroja un dato abrumador: tres de cada 10 mujeres entrevistadas señalan que les han recargado el cuerpo con intenciones sexuales en algún viaje.

Una conclusión que se puede derivar del estudio es que mejorar la oferta y la calidad del transporte público beneficia a toda la población, pero, sobre todo, ayudará a disminuir considerablemente las dificultades con las que se encuentran las mujeres todos los días. Por fortuna, actualmente el gobierno de la capital invierte de manera importante en mejorar los sistemas de movilidad existentes, particularmente el Tren Ligero y el trolebús, en ampliar la red, en el caso del Metrobús, y en construir nuevos sistemas, que atiendan a la población con mayores problemas de movilidad, como los teleféricos. Tendrá que seguir siendo un transporte económico, al alcance de las mujeres que realizan trabajo doméstico no remunerado, que facilite los viajes con los dependientes y que tenga los espacios y la infraestructura para prevenir actos de violencia contra ellas. Una alternativa es establecer en los lugares, donde opera el transporte, centros que faciliten las denuncias en caso de acoso, ya que las mujeres manifiestan que no saben cómo realizar dichas denuncias. Es por ello que se requiere que los Cetram también cuenten con botones de emergencia, iluminación en puntos ciegos, bardas perimetrales en buen estado y redes de comercio solidario para prevenir el acoso. La mayor oferta de transporte se debe complementar con áreas de descanso, espacios amplios, baños con cambiadores, quioscos digitales, centros de pago de servicios y señalética no sexista.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.