Como parte de las actividades que desarrollan los encargados de la responsabilidad social, frecuentemente se encuentran con el reto de la medición del impacto social que sus actividades e iniciativas están generando; y cada vez hay una mayor presión para que ésta se realice no sólo en términos cualitativos, sino cuantitativos e incluso monetarios, a fin de que pueda ser integrada a los indicadores más financieros de la empresa.

Para facilitar este proceso, han ido surgiendo diferentes propuestas y metodologías, por ejemplo, el catálogo IRIS de la Global Impact Investment Network que proporciona una serie de indicadores de desempeño financiero, operativo, social y ambiental, por producto y por sector, que diversas organizaciones de impacto están utilizando. Por otro lado, en el sector empresarial, es común que se utilicen las metodologías y estándares de Global Reporting Initiative (GRI) para medir y reportar su desempeño social, ambiental y económico. Finalmente, hay algunas otras organizaciones que han empezado a calcular el Social Return on Investment de sus actividades de responsabilidad social, como una medida de cálculo del retorno o rendimiento generado por la inversión hecha en éstas.

Más allá de la metodología de medición que se podría usar, la clave está en definir qué es lo que se quiere medir: el impacto social de un proyecto o el valor social de una organización; es decir, el efecto que cierta acción está generando en la sociedad y/o el medio ambiente, o el valor en términos económico, social y ambiental que la organización está generando.

En el caso del valor social, este término es mucho más amplio y debe considerar los efectos directos e indirectos de la intervención, así como los cambios a largo plazo que se produzcan en la comunidad beneficiada. Por ello, el valor social parte de los insumos (inputs) requeridos para generar ciertos productos (outputs), así como los resultados del cambio (outcomes).

A pesar de que aún hay camino por recorrer para llegar a una metodología o estándar para la medición del valor social, ya se tiene un avance en cuanto a la definición de una serie de principios para medirlo, los cuales establecen que se debe: 1) involucrar a los grupos de interés; 2) entender claramente en qué se generará el cambio; 3) valorar los cambios relevantes; 4) incluir sólo lo que sea material; 5) no exagerar los resultados o los cambios; 6) ser transparente, y 7) verificar los resultados.

Asimismo, el valor social considera los costos que se han ahorrado, el valor agregado inmediato y el efecto multiplicador de cada una de las actividades de responsabilidad social, para con ello poder hacer una estimación monetaria a partir de las preferencias manifestadas por los grupos de interés, o mediante la utilización de proxies, como los publicados por el Global Value Exchange, y que pueden servir como un valor estimado.

Sin duda, es un tema en el que seguramente iremos viendo avances en los próximos años, conforme el tema de responsabilidad social y la medición del valor social de las organizaciones se vaya integrando cada vez más a sus modelos operativos, y la brecha entre la medición del desempeño financiero y el desempeño social/ambiental se vaya acortando.

De igual manera, ojalá cada vez haya más empresas que logren medir su valor social y el impacto de sus actividades de RSE, y que esto les permita tener una mejor gestión y desempeño en favor del desarrollo sostenible.

*Director del Centro IDEARSE para la Responsabilidad y Sustentabilidad de la Empresa de la Universidad Anáhuac.

Twitter: @J_ReyesIturbide