La ciudad que protagoniza Estas ruinas que ves, una de las tantas novelas espléndidas de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), se llama Cuévano. El autor le da ese nombre para simbolizar que los cuevanenses viven en una especie de cueva, donde no miran más allá de sus paredes pensando que lo más grandioso y único en el mundo es Cuévano. La novela inicia diciendo: “Los habitantes de Cuévano suelen mirar a su alrededor y después concluir: ‘modestia aparte, somos la Atenas de por aquí’”. A lo largo de la lectura, nos vamos percatando de sus grandiosidades de acuerdo con sus ciudadanos: tiene una de las mejores universidades del país, ha aportado grandes pensadores en el arte, la ciencia, la literatura y la filosofía. Cuévano y su historia son tan grandilocuentes que no hace falta salir para “ver mundo”. Por muchos años, la universidad fue dominada por los llamados Siete Sabios de Grecia, que ni eran siete, ni sabios, ni griegos, pero, según sus habitantes, representaban un cúmulo de sabiduría adquirido sólo en Cuévano que era la envidia de todo el país.

Esta novela y su hipotética ciudad vienen a cuento porque me parece que el presidente López Obrador (AMLO) tiene visión y actitud cuevanense. Un claro indicio de ello es su reciente negativa de que dos investigadoras de instituciones científicas públicas de prestigio fueran a participar en encuentros científicos en el extranjero. Asistir a esos coloquios permite discutir los avances y rutas de investigación sobre temas relevantes. Con ello se promueve la ciencia. Pero es preferible alentar el beisbol. Además, es un absurdo que el presidente mismo revise y autorice cualquier comisión de un funcionario público para realizar una comisión oficial en el extranjero. Denota una desconfianza total hacia sus secretarios.

Otra postura de Cuévano es desdeñar la globalización al tildarla de neoliberal. Hay un beneficio mutuo de integrarse a la globalización y participar en foros internacionales. Cerrarnos a ello es un retroceso.

La precipitación con que Ebrard salió a Washington el pasado viernes sin tener definidas las reuniones con sus contrapartes (los recibirán cinco días después) denota una falta de pericia y contactos internacionales. Estos encuentros se planchan antes entre los contactos a nivel técnico. Pero se ve que la Secretaría de Relaciones Exteriores no ha desarrollado ni cultivado estas relaciones tan necesarias para dialogar dentro de la relación bilateral.

Claramente, AMLO no se siente cómodo desempeñando un rol de estadista en una reunión para discutir y dialogar con sus contrapartes internacionales. Prefiere el confort de sus mañaneras, donde es el amo y señor dentro de su cueva.

Sería muy deseable que AMLO reconsiderara su decisión de no asistir próximamente al Foro del G20, pues ante la nueva amenaza comercial de Trump, sería una muy buena oportunidad para intercambiar puntos de vista con los otros líderes mundiales y entrevistarse cara a cara con Trump. Por favor, señor presidente, salga de Cuévano.

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