Un joven visitaba una lejana población donde no había luz eléctrica ni agua entubada ni calles pavimentadas. Por ende no había ni televisión ni cines y eran muy escasos los visitantes que se atrevían a visitar el lugar. El pueblo era más aburrido que mi columna del pasado martes. Sin embargo, al joven visitante le llamó la atención la alegría con la que el cura párroco se enfrentaba al tedio generalizado. La vitalidad con la que convocaba a la feligresía. El gozo con el que ejercía su ministerio. Admirado de la actitud del sacerdote le preguntó: Padre, ¿cómo ha podido usted realizar su labor evangelizadora con tanta alegría a pesar de las carencias que aquí tiene? Mira hijo -respondió el cura-, para ser feliz no necesito más que mi rosario y mi café. Admirado por la sencillez y frugalidad del hombre de la Iglesia, el joven visitante se retiró. Ya de salida alcanzó a escuchar al sacerdote ordenar: ¡Rosario, tráeme mi café!

El chiste habitaba una de las gavetas de mi memoria que abrí para buscar lo que tuviera almacenado de la obra de teatro que lleva el título que le puse a la presente colaboración, misma en la que me propongo continuar con el tema esbozado el martes: El histórico menosprecio de la Iglesia Católica hacia la mujer; desestimación que se confirmó durante la visita del Sumo Pontífice católico a nuestro país, razón por la que titulé la columna de ese día: Benedicto XVI, misógino .

Debiera haber obispas es el nombre de una pieza teatral de la autoría del dramaturgo y periodista veracruzano Rafael Solana (1915-1992). Nunca la he visto escenificada, pero la leí. Recuerdo haber tenido el libro que presté no me acuerdo a quien, pero sin duda fue a alguien que sigue el axioma que ha servido para la creación de más de una biblioteca: Pendejo es el que presta un libro, pero más pendejo el que lo devuelve.

Debió haber sido por los años 80 cuando leí la obra que fue escrita en 1954, según leo en la biografía del autor en Internet, aunque yo tengo la idea que es posterior, digamos 1964. Recuerdo, grosso modo, su trama. Tiene algo que ver, de ahí que compartieran estante en el archivo de mis recuerdos, con el chiste del curita que se acostaba con Rosario. ( Se dice por ahí con pésimas intenciones -dijo un día este cura a su grey- que duermo con una mujer llamada Rosario, ante las habladurías sólo responderé que es imposible que yo duerma con ella porque siempre me prepara café y esta infusión quita el sueño ).

La obra de Solana más que un alegato en favor de un trato igualitario para la mujer dentro de la estructura de la Iglesia Católica como lo sugiere el título es un cuestionamiento sobre el celibato sacerdotal, problemática que ocupaba la discusión pública en la época en que fue estrenada la obra, sea 1954 o 1964. Por esos años se hizo clásica una supuesta plática entre dos jerarcas de la Iglesia Católica: Monseñor, ¿usted cree que pronto los ministros de la Iglesia Católica podamos casarnos? Uy, me temo que eso no lo verán ni nuestros nietos.

Casi 50 años después, al comenzar el siglo XXI, el tema tomó otro derrotero humorístico: Dos hombres platican. ¿Tú eres partidario de que los curas se casen? Pues si se quieren, ¿por qué no?

Pero de regreso a la obra que da título a la columna les comento que trata del cura párroco de un pueblo que tiene una, supuesta -la conjetura, el autor la deja a la imaginación del espectador- amante llamada Matea. El párroco muere y Matea les hace saber a todos los del pueblo que se confesaban con el sacerdote que a ella, después de hacer el amor o, tal vez, antes para excitarla, su amante, el párroco, le platicaba, violando el secreto de confesión, los pecados de los que se confesaban con él, que eran todos los pobladores de la comarca, ya que no había otro confesor a cientos de kilómetros a la redonda. El miedo a que Matea cuente los pecados secretos de todos le da un gran poder ante la comunidad.

De pronto, una mujer humilde y sumisa se transforma -por lo que supuestamente sabe de cada habitante del pueblo- en una mujer poderosa a la que se le presenta la oportunidad de acceder a lujos y a condiciones de vida que no imaginó. Inclusive el más picudo jefe político de la comarca, que se confesaba con el cura, temeroso de lo que la supuesta amante de éste supiera de él le brinda la oportunidad de ser Diputada. (Por este motivo pienso que la obra es de 1964 y no de 1954 cuando la mujer todavía no votaba).

Lo que supuestamente sabe Matea trasciende a la jerarquía eclesiástica.Un Obispo es enviado al pueblo para conminar a Matea a guardar silencio y abandonar el pueblo. Ahí es donde el maestro Solana reveló el talante conservador que lo caracterizó. Su personaje Matea prefiere irse a la casa episcopal en calidad de sirvienta del señor Obispo antes de ser Diputada. (Aquí cabe la posibilidad de que el dramaturgo haya vislumbrado a Matea como precursora de las diputadas juanitas y prefirió mandarla a casa del Obispo, donde el personaje tiene la perspectiva de hacerse amante de éste como antes lo fue del párroco y subir de jerarquía amatoria. Esta última hipótesis no me parece correcta si consideramos que Matea podrá tener malos ratos pero no malos gustos y que, por lo general, los obispos tienen sobrepeso y padecen alopecia y halitosis -de la disfunción eréctil luego hablamos-).

Iguales ante Dios

El tema de las columnas del martes y de hoy me lo sugirió la carta abierta A su Santidad Benedicto XVI que fuera publicada el pasado día 21 por la organización Católicas por el Derecho a Decidir, en ella leí: A diferencia del mensaje de Jesús que reconoció en las mujeres dignidad igual y autoridad moral, esta evolución estructural camina en sentido inverso, negándoles el ejercicio de la libertad de conciencia y el ministerio de servicio sacerdotal. Nos duelen y nos lastiman profundamente las actitudes de muchos de nuestros obispos mexicanos que no atienden, valoran ni respetan los derechos humanos de las mujeres .

Tomé nota del documento y procuré enterarme de las homilías y pronunciamientos expresados por Benedicto XVI sobre este tema durante su estancia en México. No encontré una sola palabra al respecto.

A pesar del machismo ancestral que padecemos, es innegable que la mujer ha ido conquistando la igualdad de derechos con el hombre en casi todos los frentes y sectores sociales. Pero en la Iglesia Católica la evolución hacia la equidad de género es muy lenta por no decir que nula. Se ha excluido a la mujer incluso de aquellas tareas eclesiásticas para las que no existe ningún impedimento dogmático. Ya no digamos obispas, no pensemos en sacerdotisas, ni siquiera se les está permitido ser acólitas -hasta la computadora me subraya como falta de ortografía la palabra que escribo en masculino, acólitos, y me la aprueba-. Con esto constato que más que computadora -término que usamos en México-, lo que estoy usando es un machista ordenador de palabras -como les dicen a estas máquinas en España-.

Las mujeres son mayoría en el número de católicos practicantes que existen en el mundo; no obstante esto, para la alta jerarquía católica parece que éstas no fueran hijas de Dios o, más bien, las ven como hijas de Dios de segunda clase. Indignas de compartir con el hombre el sacramento llamado orden sacerdotal.

Las mujeres que quieren servir a Dios desde la vida religiosa están confinadas a ser monjas de las distintas órdenes. Tienen, eso sí, que hacer votos de castidad, pobreza y obediencia, algunas hasta de silencio. Se dedican a elaborar hostias y rompope o galletitas, bordar manteles y servilletas y zurcir sotanas. En los templos, lo más cerca que están del altar es en el coro. La única actividad propia del hombre que se les permite hacer es manejar camionetas.

OÍ POR AHÍ

Una camioneta con monjas a bordo está a punto de atropellar a un hombre en estado de ebriedad. El borracho esquiva el vehículo y les grita a las ocupantes del mismo: ¡Les iba a echar una madre, pero veo que ya no caben! Rápida de mente la monja que maneja abre la ventanilla y le contesta: ¡Si quieres le hacemos un lugarcito a la tuya!