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Culebrón
Tenemos la prensa, los locutores, los procuradores, los gobernadores, los expresidentes, los policías, los ricachones, los influyentes, que merecemos.
El asunto no puede pasar desapercibido. Lo registrará Galván en sus Efemérides. Es alucinante, en verdad. Se trata de ricos, cientos de casos similares o peores deben pasar entre los pobres y no importa.
Del notarrojismo de la prensa, está en su esencia, se ceba con nuestra morbosidad, se desprende lo siguiente.
La niña desaparece. La madre arma un merequetengue fenomenal. En su primera y temprana aparición televisiva luce extrañamente calmada.
Secuestro. Nada registran las cámaras del edificio ni la estricta vigilancia. La dama se somete a vergonzosas entrevistas, en una llora como magdalena, lean las preguntas y respuestas de la bellísima e inteligente cuestionadora, doña Adela.
La familia que alcanzó a Cristo. Para nada, andan como perros y gatos.
Asesinato. El procurador mexiquense ni ata ni desata. Policías especializados, con perros de la misma calaña, inspeccionan el lugar.
No a fondo, la familia lo impide, nomás por encimita. El clan paterno organiza un velorio y el materno otro. Por allí aparece Montiel, el forajido del clan atlacomulquense, pero es casualidad.
Un posible affaire de la susodicha dama con un instructor de cultura física, ha poco que viajan juntos a un lugar de recreo.
Una amiga suya duerme tres noches en la cama de la niña, en los días aciagos. La primogénita sobreviviente es absorbida por el progenitor. Surgen en el batidillo los nombres de Enrique Peña Nieto y Salinas.
Ante las cámaras una vez más, la madre demuestra cómo hace la cama para que duerma la infanta. Aparece el cadáver, pestilente, a los pies del lecho.
Cuerpo trasladado a otro sitio y luego sembrado. Accidente. Se asfixia ella solita. Las cobijas son las principales culpables.
Y al final, como siempre, como con Cabañas y 1,000 asuntos más, silencio Caso resuelto atrás de bambalinas.
El País, diario español, que vergüenza, dice, 8 de abril, que el sainete puede afectar a Enrique Peña Nieto en su desbocada carrera hacia el 2012: todo un culebrón que no desmerece ante los mejores del género televisivo en este país (el nuestro), aficionado como pocos .
Otra vez, qué vergüenza.
Tenemos la prensa, los locutores, los procuradores, los gobernadores, los expresidentes, los suspirantes, los policías, las familias, los ricachones, los influyentes, que merecemos.
parroyo@eleconomista.com.mx