El nivel de incertidumbre con el que empezamos el año 2021 era desalentador. A nivel individual, la idea de que en cualquier momento podíamos ser victimas del virus Covid-19 rondaba en nuestras mentes y para muchos tener acceso a una vacuna todavía era impensable.

En la economía mundial, los prospectos de mejora dependían de que tanto se extendía el virus y que tan rápido se podría tener un despliegue global de vacunas. Por otra parte, el impacto total del daño causado por la pandemia todavía era desconocido porque estaba amortiguado por la intervención de emergencia de los gobiernos para apoyar a los trabajadores y en algunos casos rescatar empresas.

Ciertamente, el daño provocado por la pandemia es devastador, muchas vidas se han perdido y también muchos hogares han visto afectadas sus formas de subsistencia, pero también tenemos motivos para ser optimistas. A menos de un año de que el virus del Covid-19 fue identificado se desarrollaron vacunas y los programas de vacunación en varios países, incluyendo México, han sido muy exitosos, esto ha contribuido a una recuperación más rápida de lo que se esperaba, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional se espera que la economía mundial haya crecido casi un 6% en 2021.

Otro motivo para ser optimistas es que cada vez son más las voces pidiendo deshacerse del modelo económico prevaleciente antes del Covid-19, cuyas deficiencias se manifestaron en sistemas de salud colapsados y la severa afectación de los grupos sociales más vulnerables, para diseñar la sociedad post-pandemia.

Desde los años ochenta y noventa hasta recientemente, las prescripciones de política económica como respuesta a crisis financieras promovidas por varios organismos internacionales, conocidas como el Consenso de Washington, se caracterizaban por recetar una contracción del Estado e impulsar una agresiva agenda de libre mercado, desregulación, privatización y liberalización comercial.

Las cosas son diferentes ahora. En un informe publicado en octubre, el panel del G7 sobre resiliencia económica emitió recomendaciones encaminadas a fortalecer el papel del Estado para alcanzar objetivos sociales, construir solidaridad internacional y reforzar la gobernanza global en aras del bien común.

En un nuevo libro, el economista alemán Markus Brunnermeier argumenta que la única forma de proteger a nuestras instituciones sociales y económicas de futuras crisis es desarrollar resiliencia y crear mecanismos para recuperarse. La construcción de la resiliencia requiere una gobernanza activa dirigida por el Estado, tanto a nivel nacional como en el ámbito internacional. Los gobiernos pasarían de intervenir solo cuando el daño ya está hecho a prepararse para proteger a sus ciudadanos de futuras crisis.

Un nuevo contrato social debe ser implementado para desarrollar resiliencia colectiva. Este contrato es importante para reducir los factores negativos que individuos pueden imponerse unos a otros, como no estar vacunado o el que una empresa contamine un rio, incluidos factores que destruyen la resiliencia. El nuevo contrato social debe ofrecer a las personas y países mejores maneras de responder y de recuperarse ante las crisis, por ejemplo, a los trabajadores programas de desempleo que vengan acompañados de capacitación para su re-incorporación al mercado laboral. A los países pobres, acceso a las vacunas para evitar la propagación y mutación del virus y poder reanudar el empleo y el comercio global.

El nuevo año traerá sus propios retos, la inminente propagación de la variante Ómicron, la presión inflacionaria creada principalmente por los cuellos de botella de la oferta y el combate de la crisis climática son algunos que ya conocemos y que necesitan políticas públicas que tengan como objetivo el bienestar de largo plazo de la mayoría y no solo las soluciones que ofrecen los mercados de manera aislada.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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