Albert M. Gilliam, estadounidense que admira el paisaje pero desprecia a los naturales que lo habitan, escribe sus impresiones sobre nuestro país en el libro Viajes por México 1843-1844. Asiste a la sesión inaugural del Congreso. Escucha el discurso del presidente, general Valentín Canalizo, tiempo en que teníamos más presidentes que habitantes: comercio floreciente, agricultura y minería prósperos como nunca, manufacturas en excelente condición. Responde el presidente del Senado, un tal Ximénez (sic): comercio aniquilado, impuestos excesivos que abaten los negocios, industriales en quiebra, agricultura decadente, minería estancada, deuda nacional incrementada. Observaciones. 1. El conflicto entre poderes no es nuevo; en aquel entonces los legisladores fueron contrapeso real ante los excesos y demagogias santanistas. 2. Hay algo de verdad en las dos posturas, pero ambas están ciegas ante lo expuesto por el oponente. Cada bando, desde su trinchera, tiene visión divergente de la misma realidad, mente cerrada ante cualquier punto de vista que no sea el propio.

Vivimos parecida situación. Divididos en dos facciones que pertenecen a la misma comunidad, una con líder y la otra sin cabeza. El segundo grupo está formado por la clase alta, buena parte de la media, un cacho de la baja y por extranjeros interesados en participar en el juego de la economía mexicana; se caracterizan por importarles un comino los destinos de “los otros”, aunque esta fea cualidad presenta cada vez más honrosas y numerosas excepciones; en general, aceptan, aplauden y están dispuestos a colaborar con los proyectos de dimensión social esbozados por el aludido líder. Éste entra a la palestra como gallo de pelea, en los miembros de la otra parcialidad mira adversarios en vez de compañeros que se transportan en el mismo barco; en su equipo de trabajo figuran mujeres y hombres educados, cultos y profesionales, pero ninguno, hasta hoy dice pío ante decisiones tan autoritarias y aberrantes como cancelar Texcoco —marca negativa del sexenio si el factótum no da marcha atrás—, echar gente a la calle, reducir salarios y poner a muchos en la tesitura de cambiar involuntariamente de residencia.

¿Tan poderosa es la autoridad del cabecilla? ¿Tan ciego es él como para no percibir que con medidas acertadas, razonadas y prudentes se ganaría la voluntad de todos, garantizando la marcha sin tropiezo de la embarcación? Total, siempre tiene el recurso de proclamar: la culpa fue de los pasajeros.

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PabloAveleyra

Escritor

En lontananza

Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Prolífico autor que en sus obras ha abordado temas como la economía, la sociología y las finanzas.