A la memoria de don Héctor Rivero Borrell, el amigo.

No estaría mal remojar las nuestras a la luz de las acciones de los países de la Unión Europea, que buscan ajustar y disciplinar su economía. Cierto que nuestra reserva cambiaria es cuantiosa, que el déficit y la deuda públicas son razonables y que la inflación es baja, pero más lo es que hay mucha tela de dónde cortar y qué corregir, los esfuerzos hechos no pasan de balbuceos.

Cierto también, estoy al tanto, que a cualquier intento de cambio en serio se oponen intereses tan poderosos, que si no existieran ya se hubiera hecho.

Cuál federalismo, lo tenemos de carcajada cuando los gobernadores son señoritos feudales que ni cobran impuestos ni garantizan la seguridad de los ciudadanos. Cuál salud de las finanzas públicas si la autoridad federal gasta sumas ingentes en subsidios y subvenciones, injustificados, a consumidores, sorprendidos de la largueza, a los organismos autónomos, a los todopoderosos sindicatos, partidos políticos, empresarios, costumbre inveterada establecida hace muchas décadas para aplacar los ánimos de los actores , ahora les dicen poderes fácticos : cortarles las uñas parece tarea de romanos, ojalá que hubiera un presidente atrevido, se le armarían grandes mitotes pero habría de pasar a la historia, no como un dato, tenemos varios casos de simples datos, sino como héroe.

Supresión de dependencias y organismos inútiles, con su burocracia proliferante improductiva, eliminar duplicidades y redundancias. Trámites, cuántos, pobres de los pobres que más los sufren, es criminal, cada día hay algo nuevo que ancianos, maduros y jóvenes tienen que pagar en loor y gloria de los jefecillos y sus esbirros, algo de mordida al patrimonio familiar se queda en cada escalón del gigantesco aparato devorador de rentas. Rebaja de salarios y prestaciones a altos empleados de entes públicos, sus privilegios avergüenzan a la nación.

Legislar en lo fundamental, en lo que el país necesita para crecer, no atenerse a nimiedades que los parlamentarios publican como grandes éxitos. Ya no sólo destramitación sino deslegislación: demasiadas leyes, demasiados petimetres abogados y funcionarios oficiales. Atenerse a la ley, a la fundamental, a la de convivencia, no a las que proclama el Congreso, que a fin de cuentas no son nada, nada.

¿Cómo queremos competir, resguardar y atraer inversiones, con tantas dolencias y faltancias?

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