Me llega correo anónimo del cual transcribo lo siguiente: “Estamos a punto de ver (...) cómo un hombre improductivo, inculto, dedicado a nada de provecho, sin ninguna virtud positiva, sin ningún mérito de desarrollo personal, llegue a ser Presidente (...) (tiene) la habilidad de convencer al confundido, al cegado, al necesitado y hacerle creer que le dará, que le repartirá (...) tanta gente que le cree sin el más mínimo razonamiento”.

Desde que lo conozco, conocimiento por prensa y tevé, me da mala espina por causa muy simple: de lejos huele a hipocresía, a mentira. Los recientes reiterados “amor y paz” son buen ejemplo. Hay que contrastarlos con su virulencia verbal, insultos que asesta a diestra y siniestra, ironías y ridículas burlitas —“toco madera, toco madera”— que son ponzoñosas ofensas. Es un rasgo de carácter inamovible, recuérdense el bloqueo de pozos petroleros, la “toma” de la avenida Reforma en la Ciudad de México y sus sucesivas anatemas intemperantes por supuestos fraudes electorales. Si algo oculta, aunque a veces no puede, es su agresividad y su enojo, autoritarismo es lo equivalente.

Único desempeño como gobernante, el de esta capital, gris, mediocre, ¿la izquierda en el poder que sabe cómo cimentar un cambio verdadero, un esquema para reducir pobreza y desigualdad? Nada de eso: segundos pisos en beneficio de particulares ricos, apoyos que no curan por ser limosna y mala gestión económica, menos inversión y más desempleo. Gran político, se dice. Buena política se asocia a estadista. Mala, a zorro, marrullero, astuto, hábil, lo que llamamos grillo, que entre nosotros es plaga endémica.

Me preocupa que el señor ocupe La Silla y la avalancha de seguidores le exija cumplir su letanía de promesas, desde las gordas, como descentralizar secretarías y cancelar el aeropuerto y reforma energética, hasta las simpáticas o chuscas, como que la residencia oficial sería su domicilio o como que no va a necesitar guaruras, el pueblo ha de cuidarlo. Otra aflicción que tengo, gordísima: ratificación en el cargo por plebiscito cada dos años, ¿qué falta para referendo que a mano alzada demande la reelección en el puesto de Presidente? Sufragio efectivo, sí reelección. Más preocupaciones: ¿Qué pasaría con los partidos políticos tradicionales? ¿Y qué con la olla podrida, o bodrio, que es Morena, receptáculo de advenedizos originarios de los cuatro puntos cardinales?

Bodrio: guiso mal aderezado.

Pablo Aveleyra

Escritor

En lontananza

Estudió la Licenciatura en Economía en el ITAM. Prolífico autor que en sus obras ha abordado temas como la economía, la sociología y las finanzas.