El centro de San Pedro de los Pinos es como un pueblito que soporta con dignidad el tránsito de coches, calles estrechas, mujeres que ponen su tendido en la banqueta, ofrecen tamales, guisados o tacos.

Decenas de establecimientos pequeños, uno tras otro, de los más diversos giros; hay de todo, lavandería, carnicería, farmacia, médico, tortillería, taller mecánico, helados, mercería, cazuelas de barro con mole, hostal para perros, croissants, hasta zurcido invisible, actividad que se creía enterrada.

Esto fue un desolado cubierto por tupidos bosques de pinos, caminaban los mexicas de Tacubaya a Mizcohuac y Xochimilco. Más adelante, ya con hombres blancos y barbados al mando, villorrios, ranchos, haciendas y los dominicos que establecen una capilla. Hasta la fecha la iglesia del lugar, San Vicente Ferrer, está regenteada por ellos.

Hierven las calles de gente que tiene de sobra para curiosear o mercar. Los vecinos se saludan y pueden hacer alto y sentarse a descansar, leer, meditar o fumar un cigarrito en las bancas del inmediato parque Pombo, o en las del parque Miraflores, que está a tiro de piedra, ambos con sus respectivos quioscos.

El corazón del lugar es la tal iglesia pero sobre todo el mercado público, frecuentado por individuos de distintas partes de la ciudad y condiciones sociales, afamado por sus restoranes de pescados y mariscos, aunque en su interior también hay secciones especializadas, una de asados argentinos, otra de sushi japonés, otra de gorditas, tlacoyos y sopes, además de lo que tradicionalmente se vende, frutas, legumbres, pollo... Las piñatas aumentan el colorido.

Limpísimo, bulle de gente entregada con ardor y alegría al placer más placentero, frecuente e imperecedero: comer. Las ganas de comer sólo abandonan a los deprimidos.

Añadan detalles folclóricos: el bolero listo para dejar los zapatos bien lustrosos, la señora o el señor que canta, otra a capela, una que oferta coloridos dulces, el que se dispone a rasgar la guitarra a la menor provocación del comensal, el trío que sugiere melodías a la Gonzalo Curiel, la que vende cucharas y cepillos de madera, etcétera, etcétera.

Y en cada negocio una o varias pantallas de la infaltable de TV para disfrutar el partido de fut.

Allí no hay crisis.

Habría que estudiar la relación entre estado de ánimo y crisis económica. O viceversa. Buen tema para alguien que aspire al Nobel de Economía, con modelos matemáticos y todo.

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