La solución al problema de los dólares en billete sin mercado interno no debe concretarse en una amenaza a la autonomía del Banco de México.

Si en su momento el Banxico hubiese contado con autonomía, muy posiblemente los desastres inflacionarios con devaluación de la época de la Docena Trágica –los sexenios de Echeverría y López Portillo– no se hubiesen producido.

Fue verdaderamente una sorpresa inesperada que a finales de la semana anterior el presidente López Obrador le haya extendido un espaldarazo a la autonomía del Banco de México, el instituto emisor del país. En lo específico, AMLO manifestó en términos generales que esa autonomía debe ser respetada y preservada en beneficio de la economía nacional y del país en general.

Implícitamente, al expresarse en esa forma el mandatario dio un rechazo a la propuesta que había discurrido el senador, Ricardo Monreal, para modificar la Ley del Banco de México a fin de que nuestro instituto emisor quedara obligado a adquirir todos los dólares en billete que se le ofrecieran, independientemente de su origen legitimo –provenientes del turismo o de remesas familiares– o delincuencial –captados por el narcotráfico o el lavado de dinero–. La solución a los dólares en billete que no encuentran comprador interno debe encontrarse en otra fórmula, pero no amenazando la autonomía del Banco de México.

Las razones para que al Banco de México se le haya dotado de autonomía deben explicarse más ampliamente a la opinión pública. Ojalá que por esa vía el senador Monreal y sus huestes las pudieran conocer y entender. Un consenso se ha ido formando en el mundo con el paso de los años y por los muchos episodios inflacionarios ocurridos, en el sentido de que la forma idónea de organización para los bancos centrales es con el atributo de autonomía. Y ese principio es particularmente válido cuando al banco central en cuestión se le ha impuesto el mandato de procurar la estabilidad de la moneda nacional. Es decir, de buscar que no haya inflación.

Si en su momento el Banco de México hubiese contado con autonomía, muy posiblemente los desastres inflacionarios con devaluación de la época de la Docena Trágica –los sexenios de Echeverría y López Portillo– no se hubiesen producido o por lo menos habrían sido mucho menos severos.

En el episodio de la propuesta de Monreal hay una posibilidad que, por desgracia, ha sido muy poco comentada y que tiene que ver con la vulnerabilidad en que habría quedado colocado el Banco de México en caso de que esa iniciativa hubiera tenido éxito.

Aunque de una manera indirecta, ese resultado habría enviado el mensaje de que nuestro instituto central y su ley eran vulnerables a cualquier ocurrencia descabellada que discurriera algún peligroso legislador o grupo legislativo de la ralea de Monreal. Entonces si, como denunciaba empavorecida mi abuelita: ¡La iglesia en manos de Lutero! ¡Sálvese quien pueda!

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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