Con un vocabulario de 77 palabras —según describió el escritor Phillip Roth en una entrevista que le realizó el New Yorker— y una capacidad de lenguaje equivalente a la de un infante de 8 años, Donald Trump es el líder mundial con el mayor número de seguidores en Twitter: 52 millones. Le siguen el Papa Francisco con 47.5 millones de seguidores —al que Trump desplazó al segundo lugar este año—, y el Primer Ministro de India, con 42.5 millones de seguidores, según indica el estudio Twiplomacy 2018, realizado por BCW Group.

"Me encanta Twitter... es como tener tu propio periódico, pero sin las pérdidas", dijo Trump sobre la plataforma en 2012, años antes de siquiera postularse a la candidatura del Partido Republicano a la Presidencia de Estados Unidos. Cinco años después, Trump declaró en entrevista con Fox Business Network: "Tuitear es como una máquina de escribir, cuando lo envías, inmediatamente aparece en el show. Dudo que estaría aquí si no fuera por las redes sociales, para ser honesto contigo”.

Trump ganó la elección presidencial de Estados Unidos del 2016, y desde entonces la influencia de sus tuits ha crecido desde el 2012. Y de la mano de ella, la influencia de Twitter.

Sobre ésta última afirmación, baste esta sentencia que hace las veces de conclusión, incluida en el informe del BCW Group: “Es justo decir que aquellos gobiernos que no asignan suficientes recursos a sus comunicaciones digitales y canales de redes sociales corren el riesgo de quedar rezagados y quedar fuera del movimiento de diplomacia digital global”. Una afirmación así busca generar la percepción de que el servicio de microblogging que presta Twitter es el espacio único de las relaciones internacionales entre políticos, y su correlato de que fuera de Twitter no hay diplomacia.

De esta forma, se puede pensar que Twitter encontró por fin su modelo de negocio: la influencia política.

La narrativa de una herramienta digital que permite conectar a las personas brindando un servicio sin costo tiene un antecedente paradigmático: Facebook. Y el caso Facebook nos ha dejado lecciones costosas —Cambridge Analityca, por citar el caso más reciente, o la misma elección en EU en la que resultó ganador Trump, por traer a la memoria uno de los más graves—. El modelo de negocio de Facebook si bien no es de pago, tampoco es gratuito. Facebook es un dispositivo de captura de datos personales, de los que luego dispone de manera falta de ética o francamente ilícita para generar ganancias.

En el 2015 atravesaba por una crisis financiera derivada del estancamiento en el número de usuarios. Los inversionistas de la empresa vieron en esta falta de expansión en la cantidad de suscriptores el fin del negocio. En aquel año, el entonces CEO de Twitter, Dick Costolo, explicó que esta crisis se debía, entre otras cosas, a que el número de usuarios que generan contenidos en la red social es mucho menor que al de los que sólo la consumen. Una crisis de falta de contenidos que hicieron menos atractiva esta red social a nuevos suscriptores.

Aunado a esto, varios analistas consideraban entonces que parte de la crisis de Twitter también se debía a que la firma carecía de un modelo de negocio, y que estaba a la espera de hallarlo en el uso que le dieran los usuarios. Y ese momento parece haber llegado. Los datos personales son a Facebook, como la influencia política a Twitter. Es la influencia, y no el número de usuarios, el modelo de negocio de Twitter.

Un análisis de Frank Newport de Gallup indica que sólo 26% de los estadounidenses tienen una cuenta de Twitter. No obstante del bajo porcentaje de personas que leen todos los tuits de Trump a través de Twitter, 53% de los estadounidenses dicen que conocen "mucho" sobre los tuits del presidente.

Trump tuitea en promedio cinco veces al día. Cada uno de los mensaje de Trump consigue reproducirse fuera de la red, publicados por los medios de todo el mundo. En cada una de estas notas, se cita a Twitter. La influencia de Twitter crece con cada reacción.

El análisis de Twiplomacy 2018 indica que con la irrupción de Trump en la escena internacional, los gobiernos de varios países han debido recurrir a la plataforma para interpelar al mandatario estadounidense. El presidente francés Emmanuel Macron escogió Twitter para reconvenir a Trump por la decisión de retirar la participación de Estados Unidos en el Acuerdo de París contra el cambio climático, sólo por citar uno de los ejemplos más conocidos.

La presidencia de Trump, de la mano de Twitter, ha trastornado las relaciones diplomáticas que mantiene el mundo con Estados Unidos. Con sus mensajes cortos en extensión e ideas, pero sustanciosos en acusaciones infundadas, vejaciones a minorías, e insultos a políticos de todo el mundo, Trump rompe con la lógica de la diplomacia de que los conflictos pueden ser resueltos a través del  diálogos. “El mejor diplomático es aquel que habla más y dice menos”, sentenció Oscar Wilde, sobre la naturaleza de la diplomacia.

Con mensajes redactados y enviados desde su móvil personal, situado en el solipsismo de su estulticia, el actual inquilino de la Casa Blanca dicta la agenda mundial, obviando los canales institucionales. La estupidez no consiente guía. Esto ha obligado más de una vez a sus voceros a salir frente a los medios a matizar o a intentar dar vuelta a los mensajes incendiarios de Trump, cuando éstos obedecen más a un exabrupto del mandatario que a una estrategia, por más burda que pudiera ser ésta.

Pero Trump poco caso hace, alentado por la impunidad de la que ha gozado hasta ahora, y permitida por Twitter. Uno de los criterios de Twitter para suspender cuentas es si un usuario publica mensajes que injurien y amenacen a otros con violencia directa o específica. Si se suman suficientes denuncias de otros usuarios, la empresa debe eliminar la cuenta. Con Trump no ha sucedido.

Nadie mata a la gallina de los huevos de oro. Twitter ha aumentado su influencia, que no el número de usuarios, de la mano de Trump, asegurando con ello supervivencia como empresa. Los últimos cuatro trimestres, Twitter ha entregado números positivos a los inversionistas, aumentando sus ventas en publicidad y logrando importantes alianzas con empresas de la envergadura de The Walt Disney Company. Los analistas de mercados han calificado estos eventos como el resurgimiento de Twitter.

Lo único que cambió desde el 2015 hasta ahora, fue el uso intensivo de Twitter por parte de Donald Trump, con lo que Twitter parece haber encontrado al fin su negocio.

Twitter se ha negado públicamente a cancelar la cuenta de Trump, bajo el argumento de que "bloquear a un líder mundial de Twitter o remover sus tuits polémicos sería esconder información importante que la gente debería poder ver y debatir", según consta en el blog corporativo de la empresa.

Los críticos del republicano sostienen que la continua presencia de Trump en Twitter es un peligro para el mundo y viola las prohibiciones de la red social sobre las amenazas de violencia. La empresa sostuvo que incluso si bloquea a un líder mundial, eso no lo silenciaría.

Lo que obvia la red social es que no es el único medio de comunicación en el planeta. La otra obviedad es que también

En El desengaño de internet, Evgeny Morozov pone en duda el papel de internet como herramienta de democratización. En el libro, Morozov demuestra que las afirmaciones sobre la aportación de Twitter y Facebook a la Revolución Verde de Irán en el 2009 fueron exageradas, movimiento detonado por el presunto fraude electoral y en apoyo del candidato de la oposición Mir Hosein Musaví y Mehdí Karrubí.

La narrativa creada por los medios occidentales fue que la democracia llegaría a Irán vía Internet gracias al uso Twitter y Facebook por parte de la ciudadanía para coordinar las protestas y eludir los bloqueos informativos del régimen. Parecía que las herramientas eran más importantes que la política y los gobiernos. Los autoritarismos tenían los días contados. Internet sería el motor que haría avanzar la democracia.

No sólo la influencia de las redes fue exagerada, sino que también se pasó por alto que las mismas herramientas digitales usadas por los ciudadanos para coordinar las protestas, fue usada por el gobierno iraní para bloquearlas. Internet, per se, no es una herramienta de la democracia.

En cuanto a Twitter, lo que frecuentemente se pasa por alto es no es un servicio público, como lo son el tendido de electricidad, el drenaje o el suministro de agua potable. No. Twitter es una empresa que obtiene ganancias a través de su plataforma y no las vías del progreso como se ha querido promover, estrategia usada también por Facebook. Así, la impunidad de Trump parece estar garantizada y sus tuits que incitan a la violencia seguirán... hasta que exijamos que la empresa cumpla con sus propias regulaciones y cancele la cuenta de un usuario que incita a la discriminación y el racismo. Por Twitter no sólo circulan ideas libertarias. Los tiranos también tuitean, bajo la anuencia de la empresa.

erp