Osama bin Laden nació hace 54 años en el seno de una rica familia de Arabia Saudita y murió este lunes justo como él mismo había predicho: en un ataque de las fuerzas de Estados Unidos, su odiado enemigo.

Aunque en algún tiempo fue candidato a hacerse cargo del negocio de construcción de su familia, terminó sus días encabezando una guerra santa contra Estados Unidos, tras haber fundado una de las más despiadadas redes terroristas de la historia.

Como fundador de Al-Qaeda, Bin Laden demostró el poder y alcance globales de una campaña terrorista enraizada en antiguas creencias islámicas, pero equipada con la más moderna tecnología. La militancia que inspiró ha demostrado ser sorprendentemente resistente y después de su muerte sigue constituyendo una seria amenaza a los intereses estadounidenses.

Aunque el propio Bin Laden eludió durante una década una intensa cacería, los rangos de Al-Qaeda quedaron diezmados en años recientes por la muerte o captura de sus muchos operadores clave.

Hubo escasas indicaciones en su privilegiada crianza que sugirieran que se convertiría en el autonombrado campeón del extremismo islámico y el hombre más buscado del mundo, con una recompensa de 25 millones de dólares, vivo o muerto.

En su adolescencia estuvo expuesto a enseñanzas religiosas fundamentalistas, pero se le consideraba más piadoso que político y anticipaba, junto con sus muchos hermanos, manejar el enorme negocio familiar.

Su militancia nació en los años 80, cuando encabezó un contingente árabe contra la ocupación soviética de Afganistán. Después, la llegada de tropas de EU al Medio Oriente, para expulsar a Irak de Kuwait, sirvió para enfocar su ira contra EU, al que consideró una amenaza dominante y corrosiva contra el Islam.

Un astuto propagandista tenía un talento especial para unificar a los elementos más dispersos y fue así que atrajo diversas facciones terroristas bajo el control de su movimiento, al que coordinó con astucia para llevar a cabo los ataques contra EU en el 2001 y muchos otros en la última década.