Hong Kong. El aeropuerto de Hong Kong es uno de los más activos del mundo.

Seguramente ésa fue la razón por la que cientos de manifestantes acamparon en él, ondeando banderas británicas y cantando consignas en contra del gobierno chino en una acción más con la que escala el conflicto surgido hace más de un mes por la intención de Xi Jinping de promover un acuerdo de extradición con sus representantes de Hong Kong.

Ayer, en el distrito obrero de Sham Shui Po, donde se prohibieron todas las manifestaciones, miles de personas, muchas vestidas de negro, levantaron barricadas y bloquearon las calles.

El control de las manifestaciones está lejos de suceder. Por el contrario, se han expandido. El pasado 5 de agosto, The Washington Post publicó que “el lugar más feliz del planeta no era inmune a las protestas”. Docenas de trabajadores en Disneyland de Hong Kong se declararon en huelga.

Nueva petición

Los manifestantes exigen la renuncia de Carrie Lam, la jefa del gobierno local, cercana a Pekín, y que su sucesor sea electo por sufragio universal directo, y no designado por Pekín, como ocurre en la actualidad.

También reclaman una investigación sobre la violencia policial, después de que se produjeran confrontaciones en las manifestaciones y hubiera centenares de detenidos.

“No hay posibilidad de que nos retiremos. Ésta es nuestra última esperanza para poder establecer la democracia”, dijo un activista de 20 años, presentándose bajo su apellido, Lam.

El verano caliente de Hong Kong ha cambiado las rutinas de los residentes del barrio Wong Tai Sin, donde una anciana de 90 años tiene una máscara en su baño por si se lograran colar por sus ventanas los gases lacrimógenos; un hombre le agrega a sus alitas de pollo una dosis de miel para cubrir el sabor agrio que deja la estela de los gases, y un vecino cancela una reunión social para asistir a la manifestación.

Las manifestaciones ya no se limitan a ubicarse en edificios gubernamentales. Ahora se han extendido a prácticamente todas las colonias residenciales de Hong Kong.

La megalópolis del sur de China vive su mayor crisis política desde que fuera retrocedida por Londres a Pekín en 1997. Las manifestaciones casi diarias degeneran cada vez más en enfrentamientos entre grupos radicales y la policía.

Carrie Lam descartó cualquier concesión a los manifestantes y les advirtió que estaban provocando una tormenta económica en la ciudad.