Washington. Han pasado más de seis años desde que Edward Snowden aterrizó en el aeropuerto Sheremetyevo de Moscú. En un primer momento pensó que sería una escala con Ecuador como destino final. No fue así.

En el aeropuerto pasó 40 días hasta recibir asilo por parte de Rusia. “El exilio”, escribe Edward Snowden en sus nuevas memorias, “es una escala interminable”.

El libro de Snowden, Vigilancia permanente, es una exploración de su desencanto del universo digital que, al principio de su vida, lo vio como una fuente de libertad, incluso de salvación.

Snowden recuerda que durante su adolescencia estuvo obsesionado con la tecnología, tanto que años después tuvo puestos de trabajo en las poderosas agencias de espionaje de Estados Unidos, y culminó con ventilar potentes secretos, por ejemplo: las redes de vigilancia de la CIA y de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) se convirtieron en invasivas por los atentados del 11 de septiembre del 2001.

A lo largo del libro Snowden demuestra una habilidad especial para explicar, a través de un lenguaje lúcido y convincente, el funcionamiento de los sistemas de vigilancia que el gobierno de Estados Unidos mantenía en secrecía, pero oculta a los lectores cualquier material realmente revelador sobre su propia vida.

Todo en iCloud

“El espionaje de una persona en Ginebra o los videos de un funeral en Varanasi (India) está en iCloud de Apple”, lamenta. “Nuestros datos vagan sin cesar”.

Mientras trabajaba en el 2012 en una oficina de la NSA llamada Tunnel, bajo un entorno de palmeras y piñas hawaianas, Snowden aprovechó su puesto como administrador de sistemas para comenzar a formar una biblioteca de documentos sobre los programas de vigilancia de mayor alcance de la agencia. Noche tras noche, revisaba los vericuetos de la red de la agencia y copiaba los archivos en una tarjeta micro SD, del tamaño de una uña, que escondió en un cubo de Rubik.

Después de recabar archivos comenzó a buscar a periodistas. Snowden robaría señales inalámbricas de Internet para enviar mensajes encriptados a periodistas, incluida la documentalista Laura Poitras y el columnista Glenn Greenwald. En estas comunicaciones utilizó el seudónimo Verax.