Budapest. La policía húngara utilizó gas lacrimógeno para intentar dispersar una manifestación junto al Parlamento en protesta contra la aprobación, ocurrida el miércoles, de una reforma laboral que aumenta las horas extra permitidas para los trabajadores de 250 a 400 horas al año y por la aprobación de una ley que le permitirá al gobierno desarticular el Tribunal Supremo y crear una nueva Corte bajo su control.

Ayer fue el segundo día consecutivo de manifestaciones contra la normativa, aprobada por la mayoría parlamentaria del partido Fidesz, del primer ministro nacionalista, Viktor Orbán.

La nueva legislación promueve la creación de un nuevo tribunal que estará bajo el control del Ministerio de Justicia, una decisión que supone una puñalada a un principio democrático tan fundamental como la supuesta separación de poderes. Aunque el ministro, László Trócsányi, dijo que respetará la independencia judicial, en su mano estará elegir a los nuevos jueces y determinar el presupuesto destinado a unos tribunales administrativos en los que, asegura, debe pesar una “mayor responsabilidad política”.

La ley de esclavos, aprobada en una sesión llena de incidentes en la que los diputados opositores trataron de imposibilitar el voto entre gritos y haciendo sonar sirenas, permite a los empresarios aumentar 60% las horas extras de sus trabajadores, un abuso que llevará a los húngaros a trabajar 400 horas anuales de más.

El gobierno expuso que la flexibilidad laboral es necesaria para satisfacer las necesidades de los inversionistas y permitir que los que buscan ganar más, trabajen más horas.

Silencio cómplice

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, refirió en octubre pasado que el partido del primer ministro húngaro “ya no tiene cabida” en el grupo del Partido Popular Europeo (PPE) en la Eurocámara, del que ha formado parte en la última legislatura. Incluso Juncker, llegó a bromear con Orbán y sus prácticas autoritarias llamándolo Viktator, apodo por el que se conoce.

A pesar de las amenazas de sanciones de Bruselas, Orbán sigue bajo el paraguas del Partido Popular Europeo. El grupo conservador, formado por partidos como la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de la canciller alemana, Angela Merkel, o el Partido Popular (PP), de Pablo Casado, aún no se atreven a expulsarlo.