Mario Monti hizo un balance de su gobierno de 13 meses tras su dimisión oficial el viernes. A pesar de ser apreciado en Europa, los sacrificios exigidos fueron poco digeridos por los italianos. Los mercados, el mundo de las finanzas y los bancos ven con buenos ojos al tecnócrata y apuestan por que permanezca de alguna forma en el poder.

El sorpresivo anuncio del 8 de diciembre de su dimisión avivó además los fantasmas del pasado, cuando Italia estaba al borde del abismo por su colosal deuda pública, con el peligro de hundir a toda Europa mientras su multimillonario Primer Ministro se empeñaba en negar la crisis.

El mayor logro del Comisario europeo, designado el 16 de noviembre del 2011 en plena tempestad financiera, fue impedir que Italia tuviera que solicitar un rescate y generar confianza en los mercados.

Monti, quien adoptó una controvertida reforma del mercado laboral y modificó el sistema de pensiones, no pudo modernizar como quería un Estado anquilosado ni reactivar la competitividad. La deuda continuó aumentando y superó la barrera récord de los ?2 billones de euros. Sin embargo, el mundo empresarial aplaudió su gestión y pidió que impulsara más reformas.

La cura de austeridad aplicada por Monti desató una recesión económica (se prevé que el PIB se contraiga 2.4% en el 2012) y se estima que la recuperación deberá esperar al 2014. El desempleo, uno de los grandes males de la península, sigue afectando a las regiones del sur y sobre todo a los jóvenes, con una tasa de 36.5 por ciento.

La falta de crecimiento junto con una mayor presión fiscal, al haber introducido nuevos impuestos, en particular a la clase media y al empleado con un salario fijo, es el aspecto más negativo. Todo ello tuvo una repercusión negativa para los consumos, que bajaron notablemente.

Monti admitió que aplicó una cura amarga a Italia, pero al mismo tiempo considera que era la única receta para salvar al país del empobrecimiento.