Hasta ahora, nadie se ha encargado de comprobar que todo lo que se dice de Mohamed Salah sea verdad. Y tampoco nadie lo quiere hacer.

—¿Es verdad que Salah perdonó al hombre que entró a robar a casa de su familia y pidió a su padre abstenerse de presentar cargos ante la justicia?

—¿Es cierto que ayuda, en su tierra, a las parejas jóvenes a amueblar sus casas?

El mito, dice Roland Barthes, es un acto del habla. Salah es un acto del habla también y es libertad para Medio Oriente.

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A Mohamed lo encuentras cada 15 días —entre el verano y la primavera de cada año— en otro sitio de mitos, Anfield, allí labora el futbolista con mayor prestigio en la historia de Medio Oriente.

¿En qué momento Mohamed se hizo tan influyente? Quizá, dice Pablo Moral —colaborador del sitio El Orden Mundial— desde la necesidad “de creer que un futuro mejor es posible”.

Pero, ¿se puede tener futuro cuando en los últimos 15 años han perdido la vida 1.1 millones de personas a causa de la guerra? Yemen, Siria, Irak... En Medio Oriente la muerte tiene una de sus guaridas.

Nada ha sido sencillo en lo que alguna vez fue la región más prolífica del mundo con los egipcios, los persas o los fenicios:

Hace unos meses en Duma, Siria, la población civil fue atacada con armas químicas; el mundo no se alarma de que en Yemen lleven más de 1,000 días de guerra o que Egipto sea gobernado por un militar disfrazado de civil como Abdelfatah al Sisi, quien tomó el poder tras un golpe de Estado en el 2013.

“La población joven está ávida de tener referencias”, dice Pablo.

“Salah es todo lo contrario a lo que representa el régimen (de Egipto) y es una imagen para el mundo árabe, por sus valores, porque es un impulso para los jóvenes del Egipto rural y también para los exiliados”.

Después de fracasar en el Chelsea de Inglaterra, Mohamed viajó a Italia, donde Egipto lo amó, la Roma lo hizo un ídolo (...) pero la historia cambió. Ahora con el Liverpool, Medio Oriente lo hizo su héroe.

“Desde que estaba en Roma se volvió un ícono. En Egipto lo apoyan los que están a favor del gobierno de (Abdelfatah) Al Sisi y los que están en contra. En un país tan descontento y polarizado, eso no es sencillo”, dice Pablo.

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El año en que estalló la Primera Árabe —manifestaciones sociales en clamor de democracia y derechos sociales— Mohamed jugaba su segunda temporada, primera como titular, con el equipo Al-Mokawloon Al-Arab y miró en casa lo que ocurría en El Cairo, las protestas, la represión y el derrocamiento de Mubarak como presidente.

Un año después, llegó la tragedia de Port-Said, donde 74 personas murieron en un estadio de futbol. La Liga paró definitivamente y Mohamed sólo tenía a la Selección Nacional de su país como el único escaparate. Fue en una serie de partidos amistosos que lo miró el equipo del Basel de Suiza. Luego, llegó todo lo demás.

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Mohamed el bueno y Mohamed el malo:

—Salah, la imagen del gobierno para una campaña antidrogas. Después de que apareció en televisión aumentaron hasta 400% las llamadas para iniciar un tratamiento de rehabilitación. Si Mohamed convoca, el pueblo responde.

—Uno de sus mejores amigos es un hombre catalogado por el gobierno como “terrorista”. Mohamed Aboutrika, un exfutbolista talentoso y con mucha clase, no puede regresar a casa porque sería apresado.

“La religión musulmana (1,600 millones de personas) tiene en Salah un deportista referente”, dice Jesús Ruiz, colaborador de Esto es Anfield y de las redes sociales del Liverpool en español.

—¿Por qué ha encajado tan bien en Liverpool?

—Porque es un jugador muy humilde, quizás por su religión musulmana no es nada pretencioso, ayuda mucho en su país a los desfavorecidos y todo eso ha cazado bien en el club, dice Jesús.

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En la posmodernidad, la importancia se mide en clics, videos, Instagram, Facebook o si las marcas más poderosas te sonríen y te cierran el ojo. Y todo eso tiene Salah.

Tiene su iPhone personalizado por Apple, Pepsi le hizo su lata de refresco, es la imagen de Uber en su país; en Nagrig, donde nació, una escuela lleva su nombre, su club lo tasa en 240 millones de euros para negociarlo y para los vendedores, en época de Ramadán, su imagen es fundamental para colocar sus productos. Su ejército de redes sociales supera los 28 millones de seguidores, más personas que las que visitan cada año las pirámides de Egipto.

Del futbol del Medio Oriente recordamos pocas cosas. Una de ellas es la maradoniana escapada del saudí Saeed al Owairan en el Mundial de 1994, cuando le marcó un gol a Bélgica, una calca de lo que hizo D10S en 1986. La Turquía del delantero Hakan Sukur y el portero Rüştü Reçber que condujeron a la Selección al tercer lugar del Mundial del 2002. Luego, poco más.

Por eso cada gol que ha marcado en Liverpool se ha visto en todo el Medio Oriente y el mundo. Los especialistas dicen que por fin emergió alguien que pueda competirle a Lionel Messi y Cristiano Ronaldo el Balón de Oro. No es poca cosa.

“En toda África y el Medio Oriente es una locura. Se vive una Salahmanía, lo podríamos equiparar con cuando los Beatles (de Liverpool) llegaron a la cumbre en Gran Bretaña”, dice Jesús Ruiz.

Hace unos meses The Guardian viajó a Egipto para contar la historia de Mohamed desde casa. Se relata que es verdad, que en todos los sitios públicos, en los restaurantes, espectaculares, cafés, deportivos, en zonas rurales siempre hay un poster de él colgando, adornando, aspirando a tener el éxito que el delantero tiene en Europa. También cuentan que hay muchos mitos, leyendas que nadie se ha atrevido a debatir y ni siquiera están interesados en saber si es verdad, basta con que digan que lo ha hecho Salah para darle veracidad.

Hace unas semanas se reeligió Abdelfatah al Sisi como presidente con 97% de “aprobación”, pero más de 1 millón de personas votó por Mohamed sin que estuviera en la boleta. Si al delantero del Liverpool le apeteciera, podría montar ahora mismo una revolución entera. Salah es, probablemente, otra representación de la Primavera Árabe: libertad o el sueño de tenerla.

Lyon conquistó la Champions femenil; remontó al Wolfsburgo

El Lyon logró su quinto título femenino de Liga de Campeones al derrotar en Kiev al Wolfsburgo alemán por 4-1 en la prolongación, después de un empate sin goles en el tiempo reglamentario.

El francés se convierte en el equipo con mayor número de títulos, superando los cuatro del FFC Fráncfort, vio cómo el Wolfsburgo se adelantaba en la prórroga por medio de la danesa Pernille Harder (93).

Tres minutos más tarde, Wolfsburgo se quedaba con 10 jugadoras tras la segunda tarjeta amarilla a Alexandra Popp (96). Tras esa expulsión, en apenas siete minutos, Lyon dio vuelta al partido con tres goles anotados por Amandine Henry (98), Eugenie Le Sommer (99) y la noruega Ada Hergerberg (103).

Con todo resuelto, Camille Abily, que acababa de entrar, cerró el marcador (116).

“Cuando recibimos su gol sentimos que era injusto. Las chicas hicieron el resto. Ha sido un partido de alternativas, pero nos vamos con la victoria. Lo que es importante subrayar es que hemos ganado con nuestras suplentes, esta noche más que nunca la noción de grupo ha tenido su importancia”, afirmó el entrenador de las lionesas, Reynald Pedros.

Camille Abily, que posee el récord de partidos (81) y goles (43) en la Champions femenina, se despidió de la mejor manera, a sus 33 años.  Lyon fue claro dominador del partido, con 26 disparos a gol. En el estadio Valeryi Lobanovskyi, donde juega el Dynamo de Kiev, se dieron cita 14,000 espectadores.

ivan.perez@eleconomista.mx