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Bistronomie

Lectura8:00 min

La Veladora: la cocina de Anel Hernández que conecta memoria y territorio en Tepoztlán

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El hotel boutique Casa Fernanda consolida su vocación de retiro holístico y bienestar al integrar a la chef Anel Hernández en la dirección de su restaurante, La Veladora. 

Miriam Lira

En el Barrio San José de Tepoztlán, Casa Fernanda ha construido una forma de hospitalidad que busca dialogar con el ritmo holístico del lugar. Sus 14 habitaciones, su propuesta de bienestar y la manera en que el hotel se relaciona con el entorno han hecho de este espacio un refugio pensado para bajar el volumen exterior. Hoy, esa vocación encuentra una nueva etapa en La Veladora, el restaurante insignia de la casa, que inicia una nueva etapa con la llegada de la chef Anel Hernández.

Más que imponer una cocina personal en un destino ya armado, la chef Anel parece haber encontrado aquí un territorio afín a su manera de entender la gastronomía: "como memoria, observación y pertenencia". Su llegada no solo redefine la oferta culinaria de Casa Fernanda; también afina el vínculo entre el hotel, el pueblo y la mesa.

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Chef Anel Hernández en La VeladoraCortesía

La historia de la chef no responde al recorrido habitual de la alta cocina. Antes de pasar por espacios académicos, su relación con la hospitalidad comenzó en la infancia, ayudando a sus padres en ferias donde servían bebidas. Más tarde, una crisis económica familiar la llevó a trabajar junto a su madre en un negocio de comida a domicilio. Ahí no solo aprendió a cocinar: entendió la operación, el servicio y el valor concreto que tiene la comida cuando sostiene una casa.

Su formación formal la llevó a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y más tarde a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), donde profundizó en la antropología de la alimentación. Ese cruce entre cocina y pensamiento marcaría el centro de su mirada profesional.

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Parcela, Tepoztlán, proyecto hermano de Casa Fernanda y La VeladoraCortesía

Hubo además un episodio decisivo en su trayectoria. Tras un accidente a caballo que derivó en once cirugías y puso en riesgo su movilidad dentro de la cocina, Hernández se trasladó a zonas rurales de Veracruz. Allí documentó técnicas de cocción a la leña y estudió la influencia afromexicana y francesa en la panadería regional

Ese trabajo de campo alimentó su tesis universitaria, pero también consolidó una manera de cocinar basada en la escucha, la observación y el contexto. Más tarde, esa misma mezcla de rigor y resistencia la llevaría a convertirse en la chef ejecutiva de la Misión de México ante las Naciones Unidas a los 24 años, así como a dirigir las operaciones del histórico Salón Tenampa.

La antropología en el plato: El ciclo de la tierra

En La Veladora, todo eso no aparece como currículum, pero si ayuda como método. El paso de Anel Hernández por la ENAH y su cercanía con figuras como Yuri de Gortari y Edmundo Escamilla le dieron herramientas para pensar la cocina desde la investigación, pero también desde la experiencia viva de los territorios. En Tepoztlán, esa manera de trabajar parte de algo muy concreto: salir, mirar, preguntar y entender qué está diciendo la tierra en ese momento.

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Pork belly braseado lentamente durante horas.Cortesía

Por eso su proceso creativo en La Veladora comienza en los tianguis locales, los miércoles y domingos a primera hora, conversando con productoras, observando los cultivos de traspatio y reconociendo las flores e ingredientes que están marcando la temporada. A esa búsqueda se suma el diálogo con cocineras tradicionales de la región, con quienes se acerca al uso preciso de hierbas locales, quelites y saberes cotidianos que no suelen aprenderse en recetarios, sino en la práctica.

La carta se mueve con ese pulso. La chef Anel la rota cuatro veces al año, en sintonía con los ciclos de secas y lluvias, porque entiende que la dieta también es un reflejo del clima. 

Esa lógica se vuelve visible en platos como su "risotto de parcelas", hecho con arroz de Morelos y ajustado semana a semana según lo que aparezca en el campo: flor de calabaza, elote tierno, guías de ejote o calabazas de temporada. También se expresa en una cocina que busca desperdiciar lo menos posible, al trabajar un mismo ingrediente en distintas preparaciones a lo largo de varios días, según la abundancia del momento.

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Comedor de La VeladoraCortesía

Pero esa investigación no se queda en la superficie del producto. Para la chef, entender de dónde viene cada ingrediente modifica la manera en que debe servirse. "Si un animal fue criado con un tipo específico de semillas, mi idea es llevar esa misma lógica al plato y construir una coherencia gustativa que vaya del origen a la mesa", asegura. Más que una búsqueda estética, se trata de una cocina que quiere guardar sentido.

Si un animal fue criado con un tipo específico de semillas, mi idea es llevar esa misma lógica al plato y construir una coherencia gustativa que vaya del origen a la mesa"

Esa misma lógica de pertenencia también se expresa en la relación con el pueblo. "Durante celebraciones como las mayordomías de San José, La Veladora no se coloca como un espacio ajeno al ritmo comunitario, sino que acompaña lo que ocurre alrededor: si en el barrio se hace pan, se hace pan; si se preparan tamales o mole, el restaurante entra también en esa conversación. En lugar de aislar al huésped dentro de una experiencia de lujo desconectada, la propuesta culinaria busca hacerlo partícipe de una localidad viva".

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Arte en Casa FernandaCortesía

El "apapacho" como lenguaje narrativo

Si hay una palabra que atraviesa la cocina de Anel Hernández, no es sofisticación, sino cercanía. Para ella, La Veladora funciona como una extensión de su hogar: un espacio donde el comensal no llega solo a consumir, sino a ser recibido. De ahí que el restaurante, nombrado así por haber nacido "de un milagro", se piense también como un lugar donde comer y compartir conserva algo de rito agradecido.

Su propuesta se sostiene en tres ejes: conexión, lenguaje y nostalgia. No nostalgia entendida como recurso fácil, sino como una forma de activar recuerdos desde el sabor. La chef ha dicho que su ingrediente favorito es justamente ese: la nostalgia. Cocinar, en su caso, implica abrir una puerta afectiva, provocar que un plato lleve a una historia familiar, a una memoria doméstica o a una sensación de cuidado.

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Manzanas pochadas en vino blanco, anís, clavo y cítricosCortesía

Esa idea recorre el menú. Un sorbete de betabel y fresa aparece a mitad de la experiencia como una pausa para limpiar el paladar y dar paso a lo dulce, casi como un pequeño reinicio. Más adelante, unas manzanas pochadas en vino blanco, anís, clavo y cítricos remiten a esos gestos de cuidado que muchas veces viven en la cocina doméstica: una fruta tibia, especiada, servida como apapacho. Lo importante aquí no es solo la receta, sino la emoción que activa.

También en los platos salados hay una postura clara. La chef evita una cocina mexicana sobredecorada o sometida a la lógica del adorno gratuito. En su mesa, todo lo que aparece tiene intención. Por eso puede servir una cecina de Yecapixtla apenas sellada sobre un sope de frijoles acoyotes o bayos refritos con queso de cincho y verdolagas de temporada, o bien un pork belly braseado lentamente durante horas, donde la paciencia técnica no eclipsa al producto local, sino que lo acompaña. No hay afán de "montaje" vacío: hay sustancia, textura y una lectura muy precisa de lo que significa que un plato sepa a algo y no solo se vea bien.

En ese sentido, su cocina también defiende una idea de la gastronomía mexicana de raíz como una cocina de vegetales, acidez, capas y profundidad; una cocina que no necesita volverse minimalista para ser contemporánea ni saturarse para resultar expresiva. Lo suyo va más por recuperar ese carácter amplio, generoso y abrazable que tiene la mesa mexicana cuando está bien pensada.

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Panadería de Casa FernandaCortesía

El diseño de la hospitalidad en Casa Fernanda

La llegada de Anel Hernández encuentra además un entorno que potencia su discurso. Casa Fernanda no es solo un hotel boutique con restaurante de autor, sino un espacio donde distintas formas de descanso dialogan entre sí. A la propuesta de La Veladora se suman una cafetería centrada en cacao, café de especialidad y panadería artesanal, así como una terraza elevada pensada para la coctelería con vista a la cordillera del Tepozteco.

El spa Toci concentra, por su parte, la dimensión física del descanso. Alberca de vitalidad con chorros a presión, sauna, vapor, masajes focalizados, piedras calientes y envolturas corporales con vino tinto o chocolate componen una experiencia dirigida a reconectar con el cuerpo desde el placer y la pausa. En el centro de ese ecosistema aparece el temazcal, operado por una temazcalera de la región y concebido desde la cosmovisión originaria como un espacio de calor, oscuridad, plantas curativas e introspección. A ello se suman sesiones privadas de yoga adaptadas a cada huésped.

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Espejo de aguaCortesía

Dentro de ese conjunto, La Veladora no opera como un anexo gastronómico, sino como una pieza esencial del mismo relato. La cocina de Anel Hernández articula, desde la memoria, lo que el resto del hotel trabaja desde el cuerpo: una forma de pausa que no se entiende como aislamiento, sino como regreso. 

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Casa FernandaCortesía

Aquí el bienestar no se limita a descansar; también pasa por sentarse a la mesa, entender dónde se está, probar el territorio y dejar que la comida haga lo suyo: conectar a quien llega con algo más que apetito.

Miriam Lira

Periodista gastronómica. Ha colaborado en medios como Reforma, Uno Tv, Revista Fortuna, Contralínea, El Universal, Food and Travel y El Heraldo de México, en donde fundó en 2017 Gastrolab, ganador de Mejor Medio de Comunicación gastronómica en 2023 por Vatel Club México. Ganadora de la beca Women Deliver 2019.

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