Ernesto Sabato, el último gran maestro de la literatura argentina, falleció el pasado sábado 30 de abril a los 99 años. El aliento no le alcanzó para llegar a la centena, que llegaría el 2 de junio y ya había sido celebrada por muchos lectores de habla hispana.

Novelista y ensayista nacido en Buenos Aires, primero estudió Física y Matemáticas en la Universidad de La Plata. Después viajó a París y entró en contacto con el surrealismo. Aquella fue una experiencia transcendente. Apoyándose en el lenguaje del inconsciente y en los métodos del psicoanálisis, decidió permitir que la ciencia se le perdiera un poco y encontró la literatura. Después de París – porque ya sabemos que nada es igual después de París – y a de vuelta en Argentina, se dedicó a escribir. Poco a poco se convirtió en un maestro en el arte de las palabras. Con frases cortas, declarativas, desprovistas de ambigüedad, Sabato creó una obra de un profundo contenido intelectual con un estilo brillante que inquita y asuntos siempre presentes: la dificultad para separar el bien y el mal y el eterno amasiato entre el amor y la muerte.

Autor de la trilogía de novelas El Túnel, Sobre héroes y tumbas, y Abbadón el exterminador fue un escritor y un ser humano polémico, cruzado por sus propias contradicciones-algunas presentes en sus personajes literarios- que sin embargo nunca se involucró con el oropel de la fama y la fortuna. "Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito a la mañana", declaró una y otra vez. Su obra, sin embrago, marcó las generaciones de los 60 y 70 y se desdibujó cuando sus ojos comenzaron a fallar. Aunque decidió pintar, dictar, escribir cartas.

Una de ellas, justo cuando Estados Unidos declaró la guerra a Irak, publicada en varios periódicos de Latinoamérica, ésta dirigida a los niños. Conmovedora, sincera, no tiene fecha de caducidad. La misiva, titulada Carta por la paz comienza así:

Queridos chicos:

Ustedes saben, han tenido que aprender cómo el poder gana, cómo los hombres matan por el poder. Han tenido que aprender, lo ven por televisión, la atrocidad de los bombardeos, de las masacres, de la miseria, del horror que trae la guerra a quienes la padecen.

Saben también que otros chicos como ustedes verán morir de dolor a sus padres, a sus hermanitos. Pero eso no importa al poder. También saben que millones y millones de hombres y mujeres han manifestado por las calles del mundo su deseo de paz, su oposición a esta guerra. Y eso tampoco parece haber importado al poder.. Entonces, ante la gravedad de la situación en que vivimos vengo an testimoniarles que habremos de permanecer en la decisión de no aceptar la guerra, de no resignarnos a ella. Hay que mantener, queridos chicos, encendida en el alma la llama de este dolor de la humanidad y ser fiel. Si esta determinación permanece será inquebrantable. Podrán hacer la guerra, pero han de saber que son asesinos, que así los llamarán los chicos del mundo. (…)

En todos los idiomas paz es una palabra suprema y sagrada. Expresa el deseo de Dios para los hombres. El deseo de un reino de paz y justicia, la paz y la justicia que estamos acá para reclamar y testimoniar.

Así, Ernesto Sabato, el hombre que una vez dijo que sólo hay una manera de contribuir a la protección de la humanidad, y es no resignarse, terminó aquella carta.

Todo era como eso. Todo, todavía, es hoy como eso.