Con la vuelta del PRI a Los Pinos y la cercanía inminente de las celebraciones navideñas, me vinieron a la mente, barnizados con esa falsa añoranza con que el tiempo cubre las cosas más banales: los jingles y comerciales con que el entonces Instituto Nacional del Consumidor llenaba la temporada implorando sabiduría al derrochador pueblo mexicano.

La campaña cumplió apenas 30 años y más de alguno la recordará por su sonsonete meloso y paternalista: Regale afecto, no lo compre . El primer comercial de televisión, que ahora puede verse en el sitio de la Revista del Consumidor en un segmento que se llama Profeco Retro, es fantástico (http://revistadelconsumidor.gob.mx/?p=6192).

Primero, aparecen ocho figuras producto de la mejor creatividad artesanal escolar mexicana, pelotas de unicel con ojos, gorrito rojo y delantal o vestidito de rayas saltando sobre un fondo negro. Aprovechando la popularidad que entonces tenían Los Muppets, el comercial continuaba con una versión a la mexicana, inspirada (el verbo plagiar está más en boga en el 2012) en los de Jim Henson. Dos reos se abrazan, un conejo y una gallina se frotan el uno al otro. Regale afecto, no lo compre… Lo importante es convivir . Un médico y una enfermera meximuppets asienten y se besan. El jingle entero haría las delicias de los gurús de la prudencia financiera, como Sofía Macías y su Pequeño Cerdo Capitalista: Trabajo te cuesta ganar el dinero y no vuelve si lo dejas ir . Mientras una mano sacude un fajo de billetes de ¡100,000 pesos! (para la nostalgia a los buenos años del priísmo).

El mensaje de servicio público cierra con una máxima que no sabemos por qué no retomó Hallmark: No abra su cartera, abra el corazón .

El comercial evolucionó y unos años después mostraba a una niña armando una macetita con un girasol (o una flor similar), donde pegaba una pequeña foto infantil antes de regalarla a su fascinado padre o abuelo. Reflexión obligada: ¿cómo llegamos de la macetita a los iPod y regalar tarjetas de iTunes? Y no lo digo en el tenor puramente tecnológico.

Otro spot de la campaña empezaba con un meximuppet mirando un puñado de juguetes primarios, antecedentes de museo de los costosos legos de hoy. A Beto le compran juguetes muy caros, todo lo que anuncian en la televisión… Lo veo que juega un rato con ellos y después los deja en cualquier rincón. Para entonces, el peluche que hace de Beto se esconde bajo el escenario, avergonzado de su avaricia navideña y su incapacidad para sacarle el verdadero provecho a los juguetes caros. Juegas mejor con un juego que inventes, que con lo muy caro y fácil de destruir.

La campaña tiene encanto no sólo porque su producción cumplía a la perfección con sus propios dogmas y valores. El montaje, de fondo negro, juguetes de madera, peluches y títeres de calcetín: era austero, barato y eficaz; más allá de la inocencia social con que solemos calificar benévolamente lo que se hacía antes de estos tiempos cínicos.

Es un ejemplo, encantador, de la idea paternalista que solía tener el gobierno, no sólo del pueblo mexicano, sino del poder mediático como redentor. Ese pueblo bueno y trabajador, que idealmente debía elaborar sus propios regalos y juguetes en lugar de aspirar a comprar la última pista de carritos o el hombre elástico en la fayuca de Tepito. Sea para cubrir apariencias o porque alguien sinceramente creyó alguna vez que basta decir coma frutas y verduras en un comercial de Sonrics para cumplir moralmente con la sociedad.

Por supuesto, eran los años de la debacle económica que siguió al gobierno de López Portillo, uno de los estigmas de la generación de la crisis, esa idea de: el dinero no vuelve si lo dejas ir.

Algo para recordar la próxima vez que estemos formados en un tumulto durante El Buen Fin o las concurridas filas en algún centro comercial. Lo de hoy es fomentar el consumo y revivir la economía, me pregunto cuándo empezaremos a ver el frenesí de shopping navideño con nostalgia.

@rgarciamainou