La última vez trabar contacto con él representó un esfuerzo como los que se realizan pocas veces en la vida. Casi todas las virtudes debieron entrar en juego.

La Paciencia primero. Para terminar todo lo iniciado y caminar cada paso uno tras otro, con ritmo y siempre a tiempo. Después vino la Esperanza, un ángel que aunque no exista, debe siempre estar vestido de optimismo y salpicado de fe, que siempre se necesita mucho a pesar de estar tan ciega. De Perseverancia se trataba casi todo, por esa su cualidad de ser diferente a la necedad y muy parecida a la disciplina.

Pero también exigía tiempo. Mucho. En la edición en español de sus libros uno y dos, ambos en el mismo volumen, por lo menos los minutos que toma leer con cuidado sus 774 páginas. Todo ello sin tomar en cuenta la duración y desgaste de la mente para entender que 1Q84 –el flamante título que se escribe así en su verde portada (Ya si uno le da la vuelta se ahorra uno cantidad de tiempo porque puede leer en la contraportada que en japonés la letra Q y el número 9 son homófonos, que se pronuncian igual, que todo queda en 1984 y que haber leído a George Orwell no nos va ayudar en nada).

Pero se trataba de un libro de Haruki Murakami. Un regalo, un reto, un milagro tan esperado como se espera la Navidad perfecta. Una recompensa para todos los que nos volvimos fanáticos desde el momento de leer Tokio Blues y no paramos de leerlo hasta cuando nos explicó de qué hablaba cuando hablaba de correr.

Con toda esa paciencia, perseverancia, voluntad, disciplina, tiempo y valentía, emprendimos la lectura del libro uno y dos y luego hasta compramos el tercero. Pero las cosas no fueron como siempre. Las páginas no se deslizaban por nuestros ojos y nuestro espíritu como todos sus otros libros. Los personajes no eran tan encantadoramente extraños y más bien rayaban en lo incomprensible. La estructura era un reto -¿o producto de nuestra idiotez? ¿Una broma? ¿La demostración total de que ya nada es lo que era antes?- y de muy difícil lectura y seguimiento. Pero siempre podía acudirse a la Fortaleza. O también, en su emergente caso, a la indulgencia. (No confundir con la desidia, por piedad.)

Todo terminó afortunadamente. Junto con las demás novelas de este genial escritor japonés, y algo de desesperación, 1Q84 terminó en el librero de las obras ya leídas. Parecía que ya era todo y, con un poco de nostalgia, hasta se agradecía. Pero de pronto llegó un anuncio que volvió a coquetear con la alegría. Ya estaba en todas nuestras librerías favoritas un nuevo libro de Murakami: Baila, baila, baila. Un gran título. Porque de principio se antoja alegre y casi juguetón. ¿Sería de nuevo un reencuentro con la magia indudable de la literatura de este autor? La curiosidad y la ilusión hicieron acto de presencia: ¿qué escribió Murakami después de su agotadora obra maestra?

Lo primero era comprarlo y esperar a no bailar con la más fea. Luego, leerlo.

Fue después de llegar a la página 100 cuando descubrí que Baila, baila, baila es una novela de 1988, que ahora se traduce al español; no es el mejor libro de Murakami , a algunos les puede parecer muy largo, con escenas que parece no van a acabarse nunca, pero tiene, hasta ahora, algunas de las virtudes más adorables de Murakami –se le nota la cochina juventud, eso sí. Tiene personajes que nos gustan y parece que ya conocemos: una célebre fotógrafa, un famoso novelista, un famoso actor, muchachas muy jovencitas y bonitas... y también un halo de misterio, viajes a Hawaii, un poco de buen sexo y un protagonista decidido a escuchar y a comentar toda la historia del rock desde Elvis hasta Police pasando por los Beach Boys pero sin olvidar a Boy George.

Es decir, un cómodo y ochentero relato de una época donde la vida parecía más confortable. Pero también, todo fuera como eso, la lectura apela a una muy triste y deliciosa nostalgia conocida. Todo ello en el escenario del Hotel Delfín, un lugar que se encuentra siempre en los sueños y recuerdos del que nos cuenta la historia, y al que sin duda, bailando, va a regresar dentro de algunas páginas.