Ya nos lo habían dicho. Muchas veces. Tenía más bien que ver con los tiempos. Es decir, con un número, una fecha del calendario. Una suma tan grande de días que ya era imposible que el universo diera para más. El resultado de una pesadilla matemática –igualita a tratar de aprobar el examen de quebrados en primaria o el de vectores en preparatoria-. Números que se sumaban, se multiplicaban, se elevaban a tal cantidad de potencias que ya era imposible, ya ni siquiera de imaginar, sino hasta de escribir.

Pero del mismo tamaño era la ignorancia, es el maldito susto de pensar que la eternidad no existe y todo puede acabarse en un instante. Y lo eterno -fíjese bien- también viene acompañado del pánico. Y de su contrario. Porque la nada que seguiría a la destrucción también lo contiene todo. Todo lo que se ha perdido.

Desde el principio de los tiempos se hablaba del tema. Las profecías están relacionadas con la forma de pensamiento de casi toda la población mundial: una manera lineal de concebirlo todo (al cinco le sigue el seis y el siete va después), y si todo se interrumpe y el orden se trastoca, todo lo que era yo y mi cercanía pierden todo sentido y toda realidad. Se acaba para siempre. Una explicación científica de ese tipejo que escribe en el Scientific American, por muy doctor que sea, es lejana e irrelevante, pero si el amor de mi vida me dice que el mundo se va a acabar, por supuesto que lo creo.

Aunque dicen que esta vez no es como lo habíamos imaginado siempre. Nada parecido al año 2000, cuando la destrucción iba a ser provocada no sólo por la entrada de un nuevo milenio -un número nuevo que acababa con tres ceros- sino por una caída del sistema. Tristeza digital, angustia estomacal. Pero no pasó nada. (Y nunca olvidaré a mi amigo que entró en depresión profunda cuando se dio cuenta de que no en todos los relojes del mundo el siglo XX se acababa al mismo tiempo... y cómo quería colgarse de una viga cuando alguien le dijo que el año 2000 era como un año cero y nada comenzaba antes del uno).

Antes de aquella frustración posdigital –porque ni siquiera se murieron las computadores que gobernaban al mundo-, hubo predicciones más o menos académicas. Nostradamus –que en realidad nadie ha leído y al final es igual a todos los franceses- dijo cuándo, de manera más poética que aritmética, era que el mundo se iba a acabar. Y en su cuarteta correspondiente al fin del mundo escribió El año mil novecientos noventa y nueve siete meses, / del cielo vendrá un gran Rey de terror/ Antes y después de Marte reinar por dicha .

Para los ociosos estudiosos del profeta, el fin del mundo, tal como lo conocemos, era en 1999, en el séptimo mes. Pero como en la época de Nostradamus había 10 meses en el calendario, se refería a septiembre. El Rey del terror que aparecería en el cielo, y era una suerte de cometa asesino y la referencia a Marte, era sin duda un sinónimo de guerra. Sin embargo, ninguna cuarteta de Nostradamus se interpretó antes de que algún determinado acontecimiento previsto por él se haya cumplido y todas son predicciones de consecuencias harto genéricas, como por ejemplo: habrá una inundación en occidente, comenzará una guerra espantosa en oriente. Pero ¿qué podría esperarse de un libro que se llama Las verdaderas centurias astrológicas y profecías? Porque le juro, aunque a veces parezca, que el mundo no se acabó en 1999.

El Apocalipsis, de mayor valor litúrgico, religioso y libresco, también predijo el fin de los tiempos con maestría. Es el último libro del Nuevo Testamento, está atribuido a San Juan y tiene tal cantidad de símbolos, eventos y procesos para interpretar las revelaciones que no hay debate o investigación que valga. ¿Quién se anima a explicarnos lo que significan el Dragón y el combate, el Cordero, los Siete Sellos y trompetas, la Mujer vestida de sol y el Niño, el número de la Bestia y el mismísimo Anticristo? Yo no.

Esta vez, sin embargo, dicen que la fatalidad es diferente a todas las anteriores. Porque en este año, según el libro del Chilam Balam: Se terminó la cuenta del katún. Se terminó de poner en pie la piedra pública que por cada veintena de años tuvo su base y su pie .

Y como ahora los mayas son los que tienen la culpa de todo, la cosa es más amable. No es el mal agüero, son los números los que hablan. Y las cuentas se agotaron. Y es que los mayas definieron un sistema numérico en base vigesimal, es decir, cada 20 números se cambiaba la posición de un dígito. Pensaban que los mundos duraban 13 periodos de 400 años de 360 días cada año, lo que daba un total de 1,872,000 días. Que agotaron justo el día de hoy, por cierto.

Pero todo fuera como eso, no tema. En realidad el título de esta columna se refiere a una pinta que estaba escrita en una pared de Coyoacán hace 20 años. Y todos esos días, hasta hoy, han sido siempre el último.

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