No solo en las relaciones sino también en el trabajo, ¿cuántas veces se nos ha dicho que los pequeños detalles son los más importantes?

Azul o amarillo o quizá rosa: este es un dilema colorido cuando se trata de escoger o preferir una marca de sustituto de azúcar. En la primera mitad de la excesivamente cómica, exageradamente espectacular y magistralmente actuada obra de teatro Nadando con tiburones, Buddy (Demián Bichir), un exitoso productor de cine en Hollywood, regaña a su joven y nuevo asistente, Gus (Alfonso Herrera) cuando éste le trae un sustituto de azúcar que no corresponde con la marca que aquél pidió.

Cargado con un gran sentido de la ironía y del sarcasmo, Buddy Ackerman es el prototipo de jefe que uno no quisiera tener: megalómano, maquiavélico, tiránico, elusivo, un auténtico predador, que ha transitado por todos los escalafones del demandante mundo de Hollywood hasta llegar a donde se encuentra, la cima, y, por ende, siente que: "ahora me toca a mí ser egoísta". Dice esto último en el interior de su lujoso apartamento, con una vista panorámica y privilegiada de la ciudad, en el punto climático de la obra, casi al final de la obra, cuando al espectador no le cabe duda de que, quizá no solo Hollywood, sino el mundo de los negocios (es decir, el mundo entero, porque hoy el valor de la vida misma se ha convertido en una transacción económica) es una piscina repleta de tiburones hambrientos.

Ver a Demian Bichir en el papel que en 1994 interpretara para la película homónima otro genio de la actuación, Kevin Spacey, es simple y sencillamente algo que usted no se puede perder. Porque Demian (salvando las distancias y las dimensiones) se deja llevar como un pez o un tiburón en el agua. El nominado al Oscar como Mejor Actor por su participación en la película Una vida mejor, luce pleno, en el mejor momento de su carrera y esa plenitud se la otorga a un personaje que simboliza los picos y los limos de nuestro mundo acelerado, hambriento y sumido en la más infinita de las neurosis.

Por cuanto toca al resto del reparto, es importante destacar la actuación de Alfonso Herrera, el más constante de los actores en las tablas en el pasado reciente, porque cumple con una actuación redonda y verosímil. Ana de la Reguera (Danna) es un trabuco interpretando a un tiburón cargado con la misma furia y testosterona que cualquier otro. El resto del reparto, conformado por Marisela Alexander, Iván Arana, Antonio Gaona, Ignacio Riva Palacio y Julian Sedgwick es serio y adecuado.

La dirección precisa, imaginativa y libre de Bruno Bichir, nos confirma a otro gran hombre del teatro en México que peca en hacer demasiado caso a sus productores porque el resultado es una obra cargada de simulacro que funciona mucho mejor en una película, de la cual el espectador promedio saldrá fascinado por los movimientos, pero en la cual nos parece se confunde la apuesta contemporánea con el uso excesivo de pantallas: con la sustitución del teatro por el cine en vivo. Si bien la escenografía es dinámica y pensada, el trabajo visual y de iluminación funciona como una pantalla que vuelve la experiencia más un espectáculo que arte teatral.

NOBLES INTENCIONES E INTERESES PERTURBADOS

Hablando de tiburones y nominados al Oscar, recordemos al actor George Clooney en una secuencia de la película Up in the Air (Amor en el cielo) en la cual ofrece una conferencia como un exitoso hombre de negocios. Su recomendación más importante es: "No somos cisnes (que, por ejemplo, escogen una pareja para toda la vida), somos tiburones". La película del 2010 dirigida por Jason Reitman al plantear una lectura sobre las contradicciones del mundo en la contingencia de las repercusiones laborales luego de la crisis hipotecaria del 2008 en Estados Unidos, sería el tipo de película que Buddy Ackerman rechazaría de inmediato porque, a su juicio, es el tipo de películas que no vende; películas que le interesan a Danna y a Gus.

Así piensa hasta que aparecen las anomalías dentro del sistema Buddy: primero, Gus, un romántico y joven estudiante de cine y aspirante a escritor que prefiere las películas de arte. Luego Cyrus Miles, jefe de Buddy, que en el ocaso de su vida quiere dejar buen cine a la posteridad. Y, finalmente, Danna, que quiere producir una película que haga cuestionamientos a la gente y que tenga un sentido comprometido: El incidente afgano, la cual pondrían en manos de un director de culto: Daniel Faruk.

Quizá, Buddy estaba al borde del sistema y no se daba cuenta de las nuevas tendencias del cine. Pero es aquí donde su verdadera cualidad como tiburón y predador refulge, porque esa debilidad la convierte en una ventaja y, a partir de ello, juega a su antojo con los intereses tanto de Gus y de Danna para lograr ser el director de la empresa donde trabaja. La perspicacia de Buddy nos demuestra que incluso las más nobles intenciones pueden transformarse en los intereses más perturbados.

Nadando con tiburones es, finalmente, una aproximación lúdica y muy graciosa al funcionamiento del mundo contemporáneo, resultado de una dinámica civilizatoria que encumbró el deseo y la seducción como estrategias de supervivencia y que opera por la preservación de si misma a costa del engaño, el hambre y la aniquilación por omisión: "aquí eres nada".

Nadando con tiburones

Teatro Insurgentes

J 20:30; V 19 y 21:30; S 18 y 20:30 y D 17 y 19:30

De $200 a $650