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Los vuelos de Teherán

OpiniónEl Economista

María ahorró durante meses para llevar a su hijo a ver a la Selección Mexicana en el Mundial. En marzo, un vuelo redondo de Ciudad de México a Guadalajara costaba alrededor de 2,500 pesos. Para la semana del partido contra Corea del Sur, el mismo trayecto ya rebasa los 8,000 en Aeroméxico. La culpa no es solo de la demanda mundialista. Es también de una guerra a 13,000 kilómetros de distancia.

El conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciado el 28 de febrero pasado, desató una onda expansiva que ya llegó hasta las salas de abordaje mexicanas. Según datos de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), el precio global de la turbosina se disparó 118.9% en un solo mes: pasó de 95.95 a 197 dólares por barril. En América del Norte, el incremento fue de 95.5%; en América Latina, de 106.6%. El Jet A-1, referencia internacional del combustible para aviones, promedió 4.88 dólares por galón la semana pasada, prácticamente el doble del nivel previo a los bombardeos. Bloomberg reporta que, en apenas 30 días, algunos boletos de avión en el mundo quintuplicaron su precio.

Los estornudos geopolíticos son ahora pandemias económicas globales. Cuando las refinerías del Golfo Pérsico operan bajo fuego, las cadenas de suministro de combustible refinado se tensan desde Singapur hasta el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. La turbosina no sigue mecánicamente al crudo: su dinámica depende de la capacidad de refinación disponible, los cuellos de botella logísticos y los márgenes de procesamiento. La IATA prevé para 2026 un diferencial de 26 dólares por barril frente al Brent. Eso significa que, aunque el petróleo se modere, el combustible de aviación seguirá caro por un buen rato.

El golpe para las aerolíneas mexicanas es brutal. Aeroméxico y Volaris han perdido juntas cerca de 20,000 millones de pesos en capitalización bursátil desde que comenzó el conflicto. El banco UBS estima un incremento superior a 60% en el precio de la turbosina respecto a los niveles previos a la guerra. Volaris, la primera en reconocer abiertamente el impacto, ya anunció incrementos graduales en sus tarifas y ajustes tácticos de capacidad. La turbosina representa entre 30 y 35% de los costos operativos de una aerolínea en México y, según el INEGI, el transporte aéreo registró un encarecimiento de 21.86% solo en la primera quincena de marzo, convirtiéndose en el tercer concepto con mayor incidencia en la inflación general del país.

Todo esto ocurre a las puertas del Mundial 2026. El torneo más grande en la historia del futbol, que arranca el 11 de junio con México ante Sudáfrica en el estadio Azteca, generará una presión de demanda aérea sin precedente en Norteamérica: 48 selecciones, 104 partidos, millones de aficionados moviéndose entre 16 ciudades sede. Un vuelo de Ciudad de México a Miami que antes costaba 7,000 pesos ya ronda los 17,000 en fechas cercanas al torneo. La TUA del AICM (el impuesto que cada pasajero absorbe en el boleto) subió 2.9% al arranque de abril. Y la FIFA, lejos de contener los costos, elevó el boleto más caro para la final a 10,990 dólares. El aficionado mexicano enfrenta una tormenta perfecta.

La lección es estructural y trasciende la coyuntura bélica: un país que no diversifica sus fuentes de energía ni fortalece su capacidad de refinación queda permanentemente a merced de conflictos ajenos. México importa la mayor parte de su turbosina. Cada misil lanzado en Medio Oriente se traduce en un sobreprecio en Guadalajara, Monterrey o Cancún. La globalización no solo conecta mercados; conecta vulnerabilidades. María quizá no pueda llevar a su hijo al estadio. La guerra que nunca vio ya le cobró el boleto de avión.

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