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Solidaridad en tiempos hostiles
Augusto del Río | Columna invitada
Cuando la tierra tembló en Venezuela y edificios enteros colapsaron sobre familias que apenas alcanzaron a salir, México respondió como suele hacerlo cuando un vecino lo necesita: enviando a sus rescatistas. Militares del Ejército y la Fuerza Aérea mexicanos cruzaron la frontera con equipo de rescate para buscar sobrevivientes entre los escombros. Las redes sociales, ese espacio que tantas veces asociamos con la división y la hostilidad, se llenó de algo distinto: solidaridad.
Un análisis de conversación digital realizado por DINAMIC sobre cómo reaccionaron los mexicanos en redes sociales ante el desastre natural en Venezuela y la labor humanitaria arroja un dato que vale la pena detenerse a leer: más de la mitad de las narrativas registradas (65.75%) son mensajes de apoyo, oraciones por las familias, manifestaciones de fraternidad y expectativa en los rescatistas mexicanos que trabajan en la zona de desastre.
En un entorno digital que suele premiar la indignación y el debate político, lo que se impuso fueron las expresiones de solidaridad. Que esto ocurra no es trivial, porque las redes sociales no son un espacio neutral. DINAMIC expone que son pocas las ocasiones donde en la conversación predominan mensajes afables.
Un estudio del MIT (Vosoughi, Roy y Aral, 2018) confirma que los contenidos digitales que promueven la polarización y tienen un tono hostil se difunden más rápido y más lejos que cualquier tipo de información neutral o verificada. Por eso conmueve que ante el desastre en Venezuela, el terreno agresivo de las redes sociales haya cesado y producido, mayoritariamente, mensajes de aliento, fraternidad y apoyo. Aunque la conversación no fue unánime —20.42% de las narrativas giró en torno a críticas hacia la el gobierno de Venezuela por su respuesta institucional ante la emergencia—, millones de comentarios de fe prevalecen, como raramente sucede.
¿Por qué necesitamos que se caiga un edificio para que las redes sociales —las mismas que alimentan la hostilidad, la indignación y la burbuja ideológica— se conviertan en un espacio de solidaridad genuina? ¿Tiene que mediar una catástrofe para que dos pueblos, con relaciones políticas históricamente tensas, se reconozcan como uno solo frente a la urgencia de salvar vidas? La respuesta no está en las plataformas, está en cómo las usamos. El algoritmo premia lo que genera reacción inmediata, pero nosotros decidimos qué reacción alimentamos: la indignación fácil o el gesto fraternal.
La pregunta que nos queda no es si las redes sociales nos dividen o nos unen, sino qué estamos dispuestos a hacer, todos los días —no solo cuando tiembla la tierra— para que ganen los actos de solidaridad y no la indignación fácil.