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Opinión

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La productividad laboral, de capa caída y con un desafío cuesta arriba

Gerardo Flores Ramírez | Ímpetu Económico

Los datos del IMSS correspondientes a mayo de 2026 ofrecen una lectura que el gobierno prefiere no hacer. El número de trabajadores asegurados cayó en 29,922 respecto a abril y, en términos anuales, el saldo neto de creación de empleo formal asciende a 346,637 plazas. Estos datos podrían parecer áridos, pero situados en perspectiva histórica revelan su auténtico tamaño: quitando el desplome de 2020, atribuible al choque externo de la pandemia, es el segundo peor resultado en una comparación mayo a mayo desde 2010. El dato adquiere un matiz adicional, incómodo para la narrativa oficial, cuando se recuerda que el único año comparable en términos de magra creación de empleo formal, para ese mismo período, fue el primer año de la actual administración.

La forma en que el gobierno comunica mes a mes estas cifras merece señalarse porque no es inocente. La estrategia consiste en destacar el número absoluto de asegurados, que efectivamente es el más alto registrado en la serie histórica, sin mencionar que la población en edad de trabajar ha crecido a un ritmo sistemáticamente superior al de los nuevos asegurados.

Y es que el problema de fondo no es coyuntural. La dificultad que enfrenta la economía mexicana para generar empleo formal de manera sostenida e impulsar el crecimiento económico tiene una raíz estructural que los datos de productividad laboral exhiben con claridad. Tomemos el caso de los EUA, donde al igual que en México, la semana pasada se publicaron los dato sobre la productividad laboral.

Mientras que en Estados Unidos la productividad por hora trabajada acumuló un crecimiento de 18% entre el primer trimestre de 2018 y de 2026, respectivamente, en México el mismo indicador sufrió un retroceso de 4.5% en el mismo lapso. El resultado es una brecha que se ha ensanchado hasta alcanzar 23 puntos porcentuales. Una economía cuya fuerza de trabajo produce, en promedio, menos valor por hora que hace ocho años no puede aspirar a salarios reales más altos, ni a la expansión del sector formal, ni a atraer inversión de alta densidad tecnológica de manera sostenida. La productividad no es un indicador técnico de interés académico; es la variable que determina, en el largo plazo, el nivel de vida de una población.

El origen de ese rezago tiene múltiples capas, pero una de las más profundas y menos discutidas en el debate público es la calidad de la formación educativa. Las políticas en la materia han sido regresivas, al grado de someter al futuro de millones de niñas y niños al capricho clientelar de la CNTE. A ello se suma una decisión de fondo que marca el rumbo de la relación entre el gobierno y el magisterio: la reversión hacia un esquema clientelar, donde la lealtad gremial pesa más que el desempeño en el aula. Las consecuencias de esa elección no se manifiestan de inmediato, los ciclos educativos son largos, pero se acumulan silenciosamente en las competencias de los estudiantes de educación básica y media, que ya hoy se ubican por debajo del promedio de los países de la OCDE en las mediciones internacionales de habilidades fundamentales, que es la comparación relevante para México.

Ese rezago se traduce en menor acumulación de capital humano. Y menor capital humano significa menor productividad potencial, lo que a su vez estrecha las posibilidades de generación de empleo formal bien remunerado en el futuro. Un país que no invierte en la calidad de la formación de sus trabajadores del mañana no puede esperar cerrar la brecha de productividad que ya lo separa de sus socios comerciales. La distancia frente a Estados Unidos, tanto en términos del desempeño de este indicador como de la expansión sostenida de la economía, no se reducirá con discursos sobre soberanía industrial ni con programas de transferencias; se reduce, fundamentalmente, con mejor educación y con las condiciones regulatorias y de competencia que incentiven a las empresas a adoptar tecnología y mejorar sus procesos.

El gobierno celebra cada mes un récord que no existe. ¿Cuántos años más de rezago educativo, de estancamiento productivo y de creación insuficiente de empleo formal se necesitan para que la narrativa cambie?

*El autor es economista.

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