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Opinión

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La pobreza: mito genial


Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada

Que la pobreza en México era un mito genial fue una desafortunada frase del entonces secretario de Hacienda, Pedro Aspe, en los 90. De hecho, muestra que reducir las desigualdades nunca fue la prioridad del ajuste económico y de las políticas liberales. El tema viene al caso con la reciente afirmación de Aspe, en el sentido de que el actual gasto social es improductivo. Me parece que, de hecho, fue un grave error político y de política pública del neoliberalismo considerar que millones de hogares con ingresos insuficientes, empleos precarios y acceso limitado a oportunidades representan simplemente una distorsión estadística o un problema secundario frente a los balances fiscales. En esa lógica, concluir que transferir recursos a esos hogares, por medio de programas o mecanismos como el salario mínimo, es solamente desperdiciar dinero, cuando en realidad es la manera de generar oportunidades reales para que la mayoría de las personas salga adelante. Tener apoyos de largo plazo a los ingresos de las personas tiene un efecto positivo en las decisiones de los individuos, que van a consumir más educación, mejor nutrición, vivienda, salud y, eventualmente, van a mejorar su productividad. Las redes de protección social amplias, en una sociedad tan desigual como la mexicana, son la única manera de incrementar la productividad; la precariedad nunca alcanza ese propósito.

Durante décadas, México construyó buena parte de su discusión económica alrededor de una pregunta relativamente estrecha: ¿están bien las variables macroeconómicas? La obsesión era entendible y, en buena medida, en realidad se logró el propósito de estabilizar la economía, a costa del crecimiento y la distribución. Veníamos de inflación de tres dígitos, crisis cambiarias recurrentes, altas inflaciones, deuda en dólares de corto plazo y sistemas bancarios frágiles. Pero resolver los problemas de finales del siglo XX no significaba que esos fueran los únicos problemas importantes del siglo XXI. La pobreza y la desigualdad eran y son tan importantes como la estabilidad de las variables macroeconómicas. La estabilidad era condición necesaria, pero no suficiente, para reducir la pobreza y generar crecimiento. Políticas como las transferencias y otras, como las del salario mínimo, eran también necesarias para ofrecer a las personas oportunidades reales para mejorar su calidad de vida.

Hoy algunos diagnósticos económicos, como el reciente de Aspe, siguen leyendo al país con esos mismos lentes: los del ajuste, no los de construir una economía que distribuya y crezca. Observan desaceleración, déficit o deuda y concluyen automáticamente que estamos frente a una crisis inminente, que nunca en realidad se materializa, porque nuestras finanzas son mejores que las de la mayoría de los países de ingreso medio del orbe. Ven programas sociales y aumentos salariales y encuentran culpables, no oportunidades, antes que evidenciar que una crisis se materializó solamente cuando jugaron con las variables cambiarias y de deuda en dólares en los noventa, no por los programas sociales. El resultado es una narrativa familiar: México vuelve a estar al borde del precipicio, salvo que no lo está. El problema es que los datos cuentan una historia mucho más compleja, de retos en materia de crecimiento, pero con sólidos fundamentos para la estabilidad.

Eso no significa negar los problemas reales. México crece poco, invierte menos de lo necesario y enfrenta enormes retos de productividad. Pero la discusión importante ya no consiste únicamente en evitar crisis macroeconómicas clásicas. Consiste en entender si somos capaces de transformar una economía integrada a cadenas globales para incrementar el contenido nacional, innovar, elevar salarios, reducir pobreza y construir capacidades productivas en un mundo donde la competencia internacional ya no gira únicamente alrededor de la disciplina fiscal, sino también de la capacidad de poner en operación una política industrial, tecnología y seguridad económica. La buena noticia es que el gobierno mexicano ha decidido tener una política industrial para acceder a esta dinámica, innovar, absorber tecnología, encontrar nuevas vocaciones productivas y, al mismo tiempo, mantener los balances financieros que son indispensables en la economía moderna. En suma, no podemos estar atrapados en las discusiones de los años del ajuste, sino en las actuales, que tienen que ver con cómo se va a integrar México a la economía del resto del mundo.

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York

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