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La paz empieza en la naturaleza

OpiniónEl Economista

Hay momentos en la historia en que una generación “toma la batuta” del desarrollo sin haber elegido las condiciones iniciales del mundo que habita. A los Baby Boomers nos tocó un planeta marcado por la posguerra: una economía industrial en expansión, tecnologías diseñadas para la guerra reconvertidas para la producción, y una convicción profunda —casi incuestionable— de que más siempre sería mejor.

De ese impulso nació la Revolución Verde. Multiplicamos la producción de alimentos, expandimos fronteras agrícolas y aceleramos el crecimiento económico. Durante décadas, ese modelo pareció no sólo exitoso, sino inevitable. Pero con el tiempo, comenzaron a emerger sus límites. Las advertencias sobre un mundo finito —desde Limits to Growth hasta el concepto de desarrollo sostenible— no fueron un llamado abstracto, sino el reconocimiento de una realidad incómoda: no podíamos seguir creciendo indefinidamente sobre una base ecológica degradada.

Cada generación hereda no sólo los beneficios del modelo que la precede, sino también sus costos. En nuestro caso, heredamos un sistema que hizo del crecimiento un fin en mismo, aun cuando se erosionaban los fundamentos que lo sostenían. Ello generó tensiones sociales y, más profundamente, una inquietud en la conciencia individual: una cultura que normalizó el exceso terminó por normalizar también la ansiedad, la fragmentación y, en algunos casos, la autodestrucción.

Hoy, en el mundo que reciben los Millennials —y las generaciones siguientes— esa tensión no ha desaparecido. Vivimos en una era de hiperconectividad, pero también de fragmentación. Las redes sociales crean burbujas de percepción; la inteligencia artificial redefine nuestras

capacidades y nuestros riesgos; y, de forma inquietante, resurge el uso abierto de la fuerza militar entre Estados, incluso contra poblaciones civiles, como mecanismo para dirimir disputas.

No es casualidad. La paz no se decide sólo en mesas diplomáticas; comienza —o se fractura— en la forma en que gestionamos agua, suelo y ecosistemas. Cuando los recursos se perciben como escasos, se convierten en motivo de disputa. Cuando se degradan, generan presión sobre comunidades, desplazan poblaciones y exacerban tensiones sociales existentes.

Pensar en lo global y actuar en lo local deja de ser un eslogan si entendemos que es ahí donde esa relación se redefine. En el Delta del Río Colorado, la sobreexplotación del agua y el suelo durante décadas transformó un ecosistema vibrante en un paisaje fragmentado. Pero los esfuerzos recientes de restauración y manejo integrado del agua muestran algo más que una recuperación ambiental: generan espacios de cooperación, confianza y propósito compartido entre actores diversos. Es decir, el modelo que adoptamos para relacionarnos con la naturaleza

El autor es socio de Centro Luken de Estrategias en Agua y Medio Ambiente y es integrante de la Alianza Revive el Río Colorado.

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