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Mr Baricco, el maestro de la literatura conmovedora
Acabo de leer Mr Gwyn. Ahora voy a leer todo lo que salga de las manos, la cabeza y, gulp, el corazón de Alessandro Baricco. También una reflexión sobre los neolectores compulsivos
Opinión
No soy una lectora compulsiva. Leo mucho, sí—bueno, ¿qué es mucho? ¿un libro a la semana? Califico entre los que leen un par de libros al mes, dos trenzas—, es mi principal hobby y fuente de alegría, amén de que es parte de mi trabajo.
Se ha puesto de moda en rincones de las redes sociales imponerse retos lectores. Entre booktubers y bookstagrammers, nuevo corpus crítico en la era de internet —los primeros son los que hacen reseñas en YouTube, los segundos los que hacen lo mismo en Instagram y no ignoremos la creciente comunidad lectora de TikTok—, la lectura no sólo es placer, también es gimnasio. Hace unas semanas en este mismo espacio el crítico literario e intelectual guapo José Azeite se escandalizaba al enterarse que leer se ha convertido en un acto atlético. A más libros leídos, más músculo lector.
En mi esquina de la red social de Threads (algún día escribiré la razón por la que abandoné X-antes-Twitter, ahorita no viene al caso; dicho de paso: en Threads soy @conchawasthere) abundan los lectores compulsivos, o mentirosos, que presumen a estas alturas del año llevan cinco, diez libros leídos. No les creo pero el fenómeno no deja de ser platicable. En esta era en la que todo se comparte, es fácil confundir lo grandioso con lo grandote. Más libros que presumir, más likes, más patrocinios y prestigio en su red social favorita.
Estos mismos lectores son los que hacen los llamados retos de lectura. Leer 52, 60, cien libros al año. Por absurdo que parezca, hay quien presume que lee más de ese centenar de libros. También hay quien se burla de esos lectores kilométricos sin piedad, fiscalizándolos: que los cómics no califican, que escuchar audiolibros no cuenta, que puro bestseller para leer en el metro y los lectores de verdad leen a Derrida y Calasso en la soledad del pensamiento, en fin y en fun. En mi barrio internetero hay de ambas corrientes, los entusiastas y los trolls. O trolls con mucho entusiasmo, de todo hay en la paca del Señor.
Existe, con mayor prestigio, el 52 Book Club Reading Challenge. El club propone el juego de leer 52 libros en el año que encajen en una lista de sugerencias, una por semana. Este año, por ejemplo, la sugerencia o prompt de la primera semana fue “sucede en una civilización antigua”. Otra: “sucede en el ártico”. Mi favorita: “la biografía del autor menciona a su perro”.
Lo que me atrae del 52 Book Club Reading Challenge es que invita a leer al ritmo propio, las sugerencias son mera diversión para descubrir autores, géneros y un montón de libros. No leo tanto, pero este reto me inspira. Soy modesta, me puse el desafío de leer unos treinta libros este año. Increíblemente a esta altura del todavía joven 2026 llevo cuatro libros leídos. No fueron libros extensos aunque sí fascinantes. Por supuesto que en las próximas semanas la cantidad de libros leídos se ralentizará, agarraré tomos más largos, tendré más trabajo, menos tiempo libre. Adulthood is a bitch.
Uno de esos libros cortos pero fascinantes fue Mr Gwyn(publicada en español por Anagrama), novela del autor italiano Alessandro Baricco. Qué pequeño universo entrañable.
“Entrañable” es una de esas palabras que los reseñistas usamos cuando se nos acaba la imaginación. Se usa para hablar de algo bonito, íntimo, tierno, una forma de abrazar. Normalmente una narración entrañable es sobre niños, mascotas o computadoras autoconscientes que descubren el amor. Mr Gwyn no es sobre nada de eso pero sigue siendo entrañable.
En la novela Baricco nos presenta a un tal Jasper Gwyn, escritor inglés respetado (digamos, uno del calibre de David Mitchell o Julian Barnes) que publica en The Guardian una lista de cosas que jamás volverá a hacer. Una de ellas, desde luego, es escribir. No más, aquí ha muerto un escritor. Nadie le cree pero Jasper Gwyn —es muy divertido que Baricco siempre presenta a algunos de los personajes por su nombre completo, nunca es sólo Gwyn o Jasper sino Jasper Gwyn— mantiene la promesa. Desparece de la escena literaria.
Entra en escena Tom Bruce Sheppard (otro nombre completo), el agente literario de Gwyn y Rebecca (que sólo tiene un nombre porque su personaje es más íntimo y completo: alguien que respira, transpira y está más cerca a la realidad que esos hombres con nombre y apellido), asistente de Sheppard. Tom Bruce Sheppard se escandaliza cuando lee la dichosa lista. No volver a escribir. ¿Qué?
Tom Bruce Sheppard es el único amigo real de Jasper Gwyn. Por eso Gwyn le informa qué es lo que va a hacer el resto de su vida: inspirado por una exposición de retratos en una galería de arte contemporáneo, Gwyn ha decidido que será “copista”, un copiador de personas, o en términos más prácticos: un retratista literario.
La primera parte de la novela va del “ritual” que implica para Jasper Gwyn convertirse en copista. Un estudio no-muy-grande-no-muy-pequeño, un loop de música electrónica ambient y una colección de focos artesanales que van apagándose poco a poco a lo largo de un mes. Durante ese mes el escritor/copista pasará varias horas con su sujeto, quien estará perfectamente en cueros y con el que no mantendrá conversaciones hasta casi el final del proceso. Como resultado habrá un retrato literario que no deberá mostrarse a nadie. Literatura por la literatura misma (y una buena cantidad de libras a cambio porque Jasper Gwyn cobra).
Parece poca cosa pero Baricco da cuenta de estos preparativos como un chef que presenta un menú de degustación: a través de ellos vamos conociendo muy bien a Mr Gwyn. Y luego llega Rebecca. Y la chica de 19 años.
No me adelanto. La idea que me viene a la cabeza para completar mi reseña de la novela: escribir retratos es como comer en el mejor restaurante; la comida ya no como “alimento”, sino como creación, como cuento, la historia de todos los que la hicieron posible.
En estos días en el Teatro Helénico de la Ciudad de México se presenta una adaptación teatral de Mr Gwyn. No la he ido a ver pero pienso hacerlo pronto. La temporada acaba el 15 de febrero así que hay que apurarse.
Con Alessandro Baricco tengo una relación ambigua. Amo su ensayo Los bárbaros, una de las reflexiones más atinadas de lo actual. Aunque ya han pasado veinte años desde su publicación muchas de sus propuestas siguen vigentes. En Los bárbaros Baricco predice estos neolectores compulsivos. Siguiendo a Baricco, son como los bebedores de vino californiano, el vino “disneyficado”: buen vino que también es accesible a varios paladares, incluso al de los bebedores más inexpertos. Así los booktubers, bárbaros asaltando el mundo literario. Quiera o no la ortodoxia, helos aquí, haciéndose con el espacio más sacrosanto de la intelligentsia: la biblioteca de la torre de marfil.
No me gustaron Seda, City ni Novecento, otros de sus libros. Creo que sólo terminé Seda, las demás no me interesaron gran cosa. Para mí su mejor trabajo es Homero, Ilíada, su versión de la epopeya homérica conformada por una serie de monólogos de personajes del poema, algunos de los cuales nunca habían recibido mayor atención que una u otra mención en la mitología clásica. Es una colección de textos hermosa.
Confieso que he amado Mr Gwyn. No tardo en leer a Abel, su nueva novela. Quizá le dé una nueva oportunidad a otros de sus libros. ¿Será para el reto de lectura?