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Mónica N. Albarrán en la casa de Juan Rulfo. La pintura que no se rinde
Obra de Mónica N. Albarrán. Foto: Especial
Hay exposiciones que uno visita para ver pintura, y hay otras que uno visita para ver una vida. La muestra de Mónica N. Albarrán en el Centro Cultural Juan Rulfo, Donde la pintura enciende el mundo, pertenece a las segundas.
Reúne 48 óleos y acrílicos realizados a lo largo de tres décadas, y el recorrido está pensado literalmente como un descenso. En la planta alta cuelgan las obras más antiguas, pintadas durante los años en que la artista enfrentó cirugías de corazón y de columna; al bajar, aparecen las piezas más recientes, realizadas ya con un diagnóstico de artritis reumatoide que Albarrán decidió, en sus propias palabras, simplemente no aceptar.
Ese gesto —pintar contra el cuerpo, no a pesar de él— sostiene toda la exposición. Ningún cuadro parece pedir compasión. Al contrario: cuanto más difícil fue el momento del que surgió una obra, más vibrante se vuelve el color. Aquí el dolor no desaparece; se transforma en pintura.
La materia como lenguaje
Si algo define el lenguaje de Albarrán es la materia. Sus óleos tienen cuerpo, relieve y una presencia casi táctil que despierta el impulso de acercarse un poco más. Pinta despacio, con pinceladas deliberadas, porque necesita sentir el desplazamiento del óleo y modelar la luz con paciencia. Esa lentitud, explica, también es una forma de permanecer en el presente cuando la ansiedad amenaza con imponerse. Pintar, para ella, no es únicamente un acto estético; es una forma de sostenerse.
Su formación ayuda a entender por qué esa intensidad nunca pierde el equilibrio. Estudió diseño industrial y completó su formación con cursos en Central Saint Martins, en Londres. Esa doble raíz se percibe en cada obra: primero aparece una estructura rigurosa, una composición cuidadosamente construida; después llega el color, libre y expansivo, con una vitalidad que remite mucho más a una sensibilidad mexicana que a cualquier ortodoxia académica.
Mónica N. Albarrán, pintora. Foto: Especial
Su empaste se enrosca sobre sí mismo como si estuviera tejido; por momentos, el ojo espera encontrar hilo en lugar de óleo. Ese relieve hace que la pintura parezca escapar del plano y obliga al espectador a recorrerla desde distintos ángulos. En los paisajes urbanos y los retratos, en cambio, la pincelada cambia de carácter: deja atrás esa apariencia filamentosa para adquirir una textura más granular, casi epidérmica. Ese tránsito entre distintas formas de construir la superficie revela una artista profundamente consciente de la materia con la que trabaja. La imagen nunca se agota en un primer vistazo; exige tiempo, cercanía y atención.
Un diálogo con Juan Rulfo
También resulta inevitable pensar en el lugar que alberga esta exposición. No es un detalle menor que se presente en el Centro Cultural Juan Rulfo.
Rulfo construyó una de las obras más influyentes de la literatura en español desde el silencio, la aridez y la presencia constante de la muerte. En Pedro Páramo y El llano en llamas, el paisaje parece resistir apenas el paso del tiempo y el peso de la memoria.
La pintura de Albarrán parece responder desde el extremo opuesto. Donde Rulfo encuentra contención, ella despliega color; donde él escribe desde la ausencia, ella construye con materia. Sin embargo, ambos terminan encontrándose en un mismo territorio: la persistencia. En los dos aparece un cuerpo —humano o territorial— que continúa existiendo a pesar del desgaste, de la pérdida y de las heridas que deja el tiempo.
Presentar una muestra individual en un espacio que lleva el nombre de uno de los escritores fundamentales de la lengua española añade así una lectura inesperada. No porque la exposición dialogue de manera explícita con Rulfo, sino porque ambos parecen preguntarse, desde lenguajes distintos, cómo permanece la vida cuando todo parece empujar hacia su desaparición.
La pintura habla por sí sola
Lo que más me convence de la obra de Albarrán es que nunca intenta inspirar lástima. Ella misma afirma que esta exposición corresponde al mejor momento de su vida, en todos los sentidos. Y basta recorrerla para advertir que no se trata de una frase optimista, sino de una certeza construida a lo largo de tres décadas de trabajo. Hay seguridad en las decisiones, libertad en el color y una energía que sólo puede surgir de alguien que ha encontrado, finalmente, su propia voz.
Su siguiente reto será representar a México en las Olimpiadas de Arte de ARTIADE, en Valencia. Fue seleccionada entre doscientos artistas de setenta países en una convocatoria a ciegas, donde el jurado desconocía por completo el nombre y la trayectoria de quienes participaban. Solo tuvo enfrente la obra.
Quizá esa sea la mejor manera de entender el recorrido de Mónica N. Albarrán. Más allá de cualquier biografía, diagnóstico o reconocimiento, es la pintura —y únicamente la pintura— la que termina hablando por ella.
Donde la pintura enciende el mundo permanecerá abierta en el Centro Cultural Juan Rulfo hasta el 13 de julio.