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Opinión

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Irán y Estados Unidos: acuerdo imposible

José Manuel Valiñas | Columna Invitada

¿Existen las condiciones para un acuerdo integral con el que Donald Trump pueda salvar la cara y al menos logre dar la apariencia de salir victorioso de la guerra que inició el 28 de febrero? La respuesta es un rotundo “no”.

Existe un consenso entre los analistas y la gente pensante en el mundo entero de que, pase lo que pase, Trump ya perdió la guerra. Lo más a lo que puede aspirar en estos momentos es que se abra Ormuz por unos días, tal vez dos meses, y eso solamente porque a Irán, que ahora tiene el sartén por el mango, también le conviene que se abra su navegación en el golfo de Omán. Pero, pasados esos días, es probable que la república islámica pretenda tomar de nuevo el control sobre ese estrecho, como si fuera su coto privado, para cobrar peaje o, como ahora le llaman, “tarifas por servicios”. Un estrecho que estaba abierto antes de la incursión militar y que hoy es la piedra en el zapato de un presidente desesperado, que no sabe cómo salir de la situación en la que se metió por su intemperancia, sus arrebatos y su hybris.

¿Cómo es posible que en Washington nadie haya previsto antes de la guerra que Irán podría cerrar Ormuz y que obligar a reabrirlo sería muchísimo más difícil de lo que las soluciones simplistas indicaban? ¿Cómo es siquiera concebible que nadie expusiera que Irán podría atacar a las monarquías del golfo y que esto llevaría a una situación límite? La respuesta es: por supuesto que mucha gente lo sabía. Pero Trump ha generado una presidencia que atemoriza a sus interlocutores y sólo espera obediencia ciega de sus secretarios de estado. Es seguro que alguien alzó la voz, pero esa voz no fue escuchada en medio de la embriaguez del triunfalismo, sobre todo después del lance por el cual las fuerzas especiales extrajeron a Nicolás Maduro del palacio de Miraflores y la posterior instauración de un régimen obsecuente.

Trump sabe que lo más probable es que pierda la Cámara de Representantes en las próximas elecciones, y quizá también el Senado, en gran medida por esta desastrosa guerra. Sí, se podría abrir el estrecho por 30 o 60 días con un pre-acuerdo o un memorándum. Muy bien. El petróleo bajará de precio, la inflación empezará a ceder (aunque sólo después de un periodo, quizá de meses) y todo el mundo tendrá un respiro. ¿Y después? Eso no bastará para volver a Irán ni siquiera a su estatus anterior al 28 de febrero. Mucho menos a la pretensión de un cambio de régimen; y está por verse a qué tipo de acuerdo nuclear se llega al final, y si en realidad será favorable para Estados Unidos e Israel.

Muchas de las fanfarronadas del presidente, cuando dice que está a punto de cerrar un gran trato que incluya, por ejemplo, la entrega del uranio enriquecido que todavía se encuentra en territorio persa, son desmentidas de inmediato por los iraníes. El nuevo liderazgo en Teherán está llegando a burlarse de Estados Unidos, como la declaración del jerarca de la guardia revolucionaria Mohamad Akbarzadeh, al decir que “la posibilidad de guerra es baja debido a la debilidad del enemigo”. No se ve cómo Donald Trump podría lograr un mejor acuerdo que el que negoció Obama, simple y sencillamente porque Irán ya olió la sangre y que ellos ahora pueden negociar desde una posición de fuerza.

En uno de sus tantos arranques, el empresario presidente primero sugirió y después “exigió” a diversos países que se sumen a los acuerdos de Abraham, que significa, básicamente, que normalicen sus relaciones con Israel. Citó a Catar y a Arabia Saudita, que por algo no formaron parte de esos acuerdos en su momento. Es incapaz de comprender las razones profundas de ello, como que la opinión pública en el reino es francamente adversa a esa normalización, sobre todo después de la matanza de decenas de miles de civiles provocada en Gaza como respuesta a los inhumanos ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023. Pero, también, y más importante aún, que Mohammed Bin Salman ha dejado claro que no se sumará a menos que el gobierno de Israel se comprometa a una vía auténtica y verificable para la solución de los dos estados, para que los palestinos puedan tener al fin una patria (algo que, sabemos, está en las antípodas de la ideología de Benjamín Netanyahu, quien ha dedicado su vida entera a demoler esa posibilidad).

Ahora bien, hay que decir que lograr que esos países normalicen sus relaciones con Israel iría en la dirección correcta, en la de la cooperación, del progreso económico que lleva a la paz y de la interdependencia, pero eso está muy lejos todavía de suceder. Antes tendría que caer el gobierno de Netanyahu y su coalición de partidos ultraderechistas, con personajes como el ministro de seguridad Itamar Ben-Gvir, recientemente repudiado en el mundo entero y con prohibición de viajar a diversos países por su comportamiento aberrante. Así que la respuesta a que Riad y Doha formen parte de los acuerdos de Abraham es, también por ahora, un rotundo “no”.

Algunos observadores han llegado a esbozar que esa pretensión de que más países musulmanes se adhieran a los acuerdos de Abraham podría tratarse de una especie de premio de consolación para Netanyahu, puesto que a Trump le urge terminar la guerra, sin importar si Irán continúa con su programa de misiles y su patrocinio a grupos chiítas que tienen su razón de ser en la destrucción de Israel. También, aunque Trump se vio obligado a decir que nunca permitiría que Irán llene sus arcas con dinero que puede usar en remilitarizarse, la realidad es que a Teherán le interesa precisamente eso, y lo va a conseguir ya sea con el levantamiento de las sanciones, el cobro de peaje en el estrecho o la liberación de los fondos retenidos. O las tres cosas juntas. Es algo que le va a imponer tarde o temprano a Estados Unidos, cuando lleguen al detalle de las negociaciones.

Corrieron versiones serias de que el presidente y el primer ministro se levantaron la voz en una llamada reciente, versiones que indican que sus caminos no necesariamente coincidirán tanto como antes. Y esto donde se está viendo claramente es en la actual situación de Líbano. Además, con su acostumbrada arrogancia, Trump salió a decir: “Netanyahu va a hacer justo lo que yo le diga”, algo que, naturalmente, cayó como balde de agua helada en Jerusalén, donde el propio Bibi está siendo a su vez asediado, tanto por la oposición como por la opinión pública.

Puede que hoy mismo o mañana se anuncie con bombo y platillo que hay un memorándum para abrir Ormuz. Eso aliviaría un poco la presión que consume a Donald Trump, pero, una vez más, ¿esto significará que se consiga un acuerdo integral que al menos lleve a la situación anterior, la que se tenía con el plan de acción conjunta al que llegó Obama, él sí negociando multilateralmente con Irán además de la ONU, la Unión Europea, Rusia y China? La respuesta es, de nuevo, un ominoso, aciago y rotundo “no”.

José Manuel Valiñas es articulista de política internacional. Dirigió la revista Inversionista y es cofundador de la revista S1ngular.

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