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Opinión

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Estados Unidos y la India se han convertido en rivales regionales

Si bien Estados Unidos considera a la India un contrapeso a China en Asia, rechaza la idea de la hegemonía regional india, prefiriendo un orden pluralista. La administración Trump ha ido más allá al estrechar lazos con Pakistán, aparentemente con la esperanza de que Estados Unidos y la India puedan seguir siendo socios globales.

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NUEVA DELHI—En su visita a la India, el secretario de Estado de EU, Marco Rubio, calificó, como era de esperar, a la India como uno de los “socios estratégicos más importantes” de Estados Unidos, citando los valores compartidos por ambos países, los “lazos entre los pueblos” y la alineación estratégica en “todas las cuestiones clave que definirán el nuevo siglo”. Pero este lenguaje habitual de la asociación suena cada vez más hueco.

Mucho se ha dicho sobre el impacto que los insultos públicos del presidente de EU, Donald Trump, y el uso de los aranceles como arma han tenido en las relaciones de Estados Unidos con la India. Pero la relación bilateral ya estaba bajo presión mucho antes del regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025. En los últimos años, a medida que la posición regional de la India se ha visto erosionada de forma constante por la creciente presencia estratégica de China, Estados Unidos ha aplicado políticas en el patio trasero estratégico de la India que han ignorado los intereses indios —y, en ocasiones, han ido directamente en contra de ellos—.

Bangladesh es un ejemplo claro. Tras el derrocamiento, respaldado por los militares, del Gobierno de la primera ministra Sheikh Hasina en 2024, Estados Unidos respaldó el cambio de régimen. Pero la India sabía que esto planteaba graves riesgos, que desde entonces se han materializado: Bangladesh se ve ahora sumido en la violencia islamista, lo que pone en peligro la estabilidad en el flanco oriental de la India.

Luego está Myanmar. Desde el derrocamiento de un gobierno civil por parte de los militares en 2021, Estados Unidos ha mantenido un enfoque punitivo hacia la junta, incluyendo duras sanciones y ayuda militar «no letal» para grupos rebeldes, a pesar de los riesgos de seguridad que esto ha creado a lo largo de la sensible frontera nororiental de la India. En marzo, un ciudadano estadounidense, junto con seis nacionales ucranianos, fue detenido en la India por presuntamente entrar en el noreste del país sin permisos y cruzar a Myanmar para entrenar y armar a combatientes antijunta para la guerra con drones.

Estados Unidos también ha comenzado a tratar a Nepal —un país vinculado a la India por su geografía, cultura y economía— como una prioridad estratégica por derecho propio, en lugar de como parte de su política hacia la India. En los últimos años, altos funcionarios estadounidenses han visitado Katmandú con mayor frecuencia, a menudo sin hacer la parada que antes era habitual en Nueva Delhi.

Trump ha empeorado mucho las cosas, sobre todo al buscar estrechar lazos con Pakistán. No importa que Pakistán siga proporcionando refugio, así como ayuda militar y de inteligencia, a grupos terroristas, o que el jefe del ejército pakistaní, Asim Munir, protagonizara un golpe de Estado constitucional el pasado noviembre. Los familiares y socios comerciales de Trump han cerrado lucrativos acuerdos en el país, y eso parece ser motivo suficiente para que la Administración Trump reavive peligrosas dinámicas estratégicas en el subcontinente.

Estados Unidos incluso ha comenzado a adoptar un enfoque más conciliador hacia China. Aunque la competencia estratégica entre las dos superpotencias sigue siendo intensa, el reciente giro de Trump hacia la conciliación en algunos ámbitos ha generado una considerable incertidumbre, sobre todo para la India, cuyo valor para Estados Unidos se ha basado durante mucho tiempo en su capacidad para actuar como contrapeso regional a China.

Pero, aunque Estados Unidos ha considerado durante mucho tiempo a la India como un baluarte democrático fundamental contra el dominio chino en el Indo-Pacífico, también se resiste a la idea de un dominio regional indio. Como explicó en febrero el subsecretario de Estado estadounidense Samir Paul Kapur, Estados Unidos busca evitar que una sola potencia adquiera demasiada influencia en el sur de Asia. Las declaraciones de Kapur se hicieron eco de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de la Administración Trump, según la cual Estados Unidos “no puede permitir que ninguna nación adquiera un dominio tal” que pueda “amenazar los intereses [estadounidenses]” y debe mantener “los equilibrios de poder globales y regionales”.

Desde el punto de vista de Estados Unidos, un orden regional más pluralista es intrínsecamente más estable y favorable a los intereses estadounidenses que uno dominado por cualquier país, incluso por un “socio estratégico” cercano. A diferencia de su predecesora de 2017, la NSS apenas menciona a la India, señalando únicamente que Estados Unidos desea “mejorar las relaciones comerciales (y de otro tipo)” con el país, con el fin de animarlo a “contribuir a la seguridad del Indo-Pacífico”.

Las reservas de Estados Unidos no son solo geopolíticas. “No vamos a cometer con la India los mismos errores que cometimos con China hace veinte años”, declaró el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, en una reciente visita a Nueva Delhi, al permitir que “desarrollara todos esos mercados” y luego empezara a “superar” a Estados Unidos en “muchos aspectos comerciales”. El mensaje es claro: Estados Unidos ve ahora a la India menos como un socio estratégico al que hay que cuidar y más como un rival regional y económico al que hay que contener.

La India debe adaptarse a esta nueva realidad, que exige un cambio fundamental en su pensamiento estratégico. La India ya no puede contar con su estrecha relación con EU para mantener su influencia en el sur de Asia y más allá. En su lugar, debe cultivar su influencia regional a través del compromiso económico, la sensibilidad política hacia los Estados vecinos y la provisión de bienes públicos tangibles que resulten atractivos para los países más pequeños.

Estados Unidos también debería replantearse su enfoque. Puede que desee un orden regional más diversificado, pero esto no puede hacerse a costa de su asociación con la India, con la que sigue compartiendo intereses importantes, desde gestionar el auge de China hasta preservar la estabilidad en todo el Indo-Pacífico. Las políticas que debilitan sistemáticamente la posición de la India en su propia vecindad corren el riesgo de socavar estos objetivos compartidos.

La Administración Trump parece esperar que Estados Unidos y la India puedan seguir siendo socios globales, incluso aunque se conviertan en rivales regionales. Pero esto no será tarea fácil, y el resultado determinará no solo el futuro de la relación bilateral, sino también el panorama estratégico en el sur de Asia y más allá.

El autor

Brahma Chellaney, profesor emérito de Estudios Estratégicos en el Centro de Investigación Política con sede en Nueva Delhi y miembro de la Academia Robert Bosch de Berlín, es autor de Water, Peace, and War: Confronting the Global Water Crisis (Rowman & Littlefield, 2013).

Copyright: Project Syndicate, 1995 - 2026

www.project- syndicate.org

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