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España en tres actos
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
1.- Al levantarse el telón vemos al expresidente, José Luis Rodríguez Zapatero, tratando de ocultar joyas y relojes por un valor de un millón 300,000 euros que, presuntamente, alguien olvidó en su oficina. Al tiempo que la Agencia Tributaria (Hacienda) manifiesta, que la posesión de dichos bienes no había sido declarada.
Podría suceder que alguien olvidara declarar un reloj de lujo, lo cual ya requiere cierta distracción. Pero olvidar declarar relojes y joyas hasta sumar un millón 300,000 euros es una capacidad que debería figurar en el Libro Guinness de Récords. Hay personas que olvidan dónde dejaron las llaves. Otros, por lo visto, pueden olvidar una joyería entera.
Paralelamente, la Audiencia Nacional mantiene abierta una investigación relacionada con el rescate público de la aerolínea venezolana Plus Ultra. Según se sabe la Fiscalía Anticorrupción investiga un posible delito de tráfico de influencias y lavado de dinero vinculados a la concesión de 53 millones de euros de dinero público en la que, presuntamente, intervino una estructura de influencias encabezada por Rodríguez Zapatero y su entorno —inclusive sus hijas Laura y Alba Rodríguez Espinosa y su secretaria Gertrudis Alcázar—quienes, recibieron supuestas comisiones irregulares por un millón 950,000 euros. Cantidad que no es nada si la comparamos con lo de Segalmex o la Estafa Maestra, no porque el peso mexicano tenga más valor que el euro, si no porque la mezcla de azteca con español resultó mejor para la corrupción que para el futbol.
Durante el entreacto, reflexiono: en España cada escándalo llega siempre acompañado de la palabra "presuntamente", que, tal parece, ha dejado de ser un adverbio para convertirse en una unidad monetaria. Todo es presunto: las influencias, los favores, las comisiones, los rescates y hasta los olvidos patrimoniales.
2.- Segundo acto. Ahora la protagonista es Begoña Gómez, esposa del presidente Pedro Sánchez. Un juez de Madrid ha acordado la apertura de juicio oral contra ella por un presunto delito de malversación de fondos públicos, culminando una investigación iniciada tras una denuncia presentada por una organización conocida por promover acciones judiciales contra dirigentes y organizaciones de izquierda.
En vía de mientras el juez acordó retirar el pasaporte a Begoña al considerar que existía riesgo de fuga, argumentando que podría contar con facilidades derivadas del dispositivo de seguridad del que dispone como esposa del presidente del Gobierno. La medida cautelar forma parte del procedimiento judicial y no supone un pronunciamiento sobre su culpabilidad.
El acto culmina con la siguiente escena: El escolta pregunta: —¿Señora, hacia dónde vamos? Ella responde: —No lo sé... ¡improvise!
3.- Tercer acto: Como en toda obra de teatro que se respete, cuando el protagonista empieza a tambalearse aparecen los aspirantes a quedarse con el escenario.
Alberto Núñez Feijóo, desde el Partido Popular, y Santiago Abascal, desde Vox, llevan días reclamando la dimisión inmediata de Pedro Sánchez. No desperdician comparecencia, micrófono ni cámara para recordarle que, según ellos, un presidente cuya esposa se sentará en el banquillo carece ya de la autoridad moral para seguir gobernando.
En la política española la dimisión ajena siempre parece una urgencia nacional; la propia suele requerir largos períodos de reflexión, varios informes jurídicos, tres comisiones parlamentarias y, si es posible, unas vacaciones de por medio.
Feijóo y Abascal, gambusinos de la política han encontrado en este proceso judicial un filón de oro. Cada auto judicial les proporciona una rueda de prensa; cada diligencia, un mitin; cada declaración, un escaño imaginario.
Mientras tanto, Sánchez ya anunció que había reflexionado profundamente y que, tras tan agotador ejercicio filosófico, había llegado a la conclusión de que seguiría siendo presidente.
La obra llega a su fin. El telón lo quieren bajar entre todos. Porque creo yo que la verdadera grandeza de la política española es que la corrupción nunca tiene ideología. Cambian las siglas, cambian los discursos, cambian los colores de las corbatas, pero los escándalos conservan una admirable vocación de pluralidad.