Lectura 4:00 min
La Cultura de la Paz, celebraciones vs. manifestaciones
Pascual Hernández Mergoldd | La cultura de la paz
“No hay buen gobierno sin buena gente.” Diane Kalen-Sukra
a) La selección mexicana obtuvo su segunda victoria frente a Corea, generando un nuevo “contagio positivo” tan necesario en una sociedad marcada por retos y problemas que les aquejan. Por varias horas, la polarización y la división promovidas desde el oficialismo se olvidaron. Todos anhelamos que existan más momentos de armonía, tanto en la fiesta mundialista y principalmente en la vida cotidiana.
En contraste a la conducta del público japonés en México, reconocido por su disciplina, respeto y civismo ejemplar que incluye el recoger la basura y limpiar las gradas tras los encuentros deportivos, además de conducirse ordenadamente en espacios públicos, la celebración mexicana por la victoria se caracterizó por la ausencia de civismo: se dañó el mobiliario urbano, se trepó a los toldos de parabuses y se dejaron toneladas de basura en el Ángel de la Independencia, el Zócalo de la Ciudad de México y en Guadalajara.
El pasado domingo se conmemoró el Día del Padre, celebración que, siguiendo la costumbre norteamericana, se realiza en México el tercer domingo de junio. Este año correspondió al 21 de junio.
b) La constante polarización que alimenta el discurso presidencial cargado de odio, generador de discordia y tensión, incluye la insistencia en exigir una disculpa del rey de España por hechos ocurridos hace más de 500 años, absurda postura heredada del anterior inquilino de Palacio Nacional. Ante el eventual encuentro de Felipe VI con la Mandataria esta semana, confiamos en que la Presidenta recapacite y opte por hablar del futuro, en lugar de persistir en una necedad que ha tensado innecesariamente la relación con España, nuestro segundo socio comercial.
Sobre las desapariciones forzadas y a pesar de la cerrazón oficialista para reconocer ese grave problema, las cifras devastadoras han impulsado a que el Consejo General de la ONU lo aborde, confiemos en que las autoridades mexicanas aprovechen esa oportunidad.
Sorprendentemente, mientras se mantiene la intransigencia de ignorar a las madres buscadoras, resulta ofensivo que la Presidenta invitara al “Pato Merlín” y a sus dueños a su conferencia matutina bajo el argumento de que “es un símbolo de nuestra cultura” y “una cuestión de humanismo”.
Por otra parte, la CNTE decidió suspender su huelga y levantar los campamentos en la CDMX, tras recibir ochocientos millones de pesos del erario para Oaxaca y obtener una vía para eliminar la Unidad del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros, último vestigio de la evaluación docente. No obstante, sus representantes advirtieron que insistirán en que la Mandataria cumpla su irresponsable promesa de abrogar la Ley del ISSSTE de 2007.
Los ochocientos millones de pesos no contribuirán a elevar la calidad educativa, cifra que es cercana a lo que costaba anualmente el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, desaparecido en 2019.
Tristemente, la Presidenta, como su antecesor, no muestra empatía hacia ningún sector de la población, sólo hacia sí misma, sus causas y ocurrencias. Es evidente su creencia de que únicamente ella y sus protegidos son México, el Estado y el Pueblo.
c) Cuando se incita cotidianamente al odio, que lastiman la cultura de la paz, es nuestro deber abordar este delicado tema e insistir en el peligro de fomentarlo como política pública, así como en la necesidad de detenerlo y mitigarlo. Uno de los pilares para actuar con visión de futuro es el diálogo, indispensable para superar la polarización y los desencuentros promovidos desde Palacio Nacional.
No escucharnos, no vernos, no dialogar y no respetarnos resulta frustrante y dañino, pues la política no debería ser un constante enfrentamiento. Lamentablemente, muchos prefieren ignorar los crecientes problemas nacionales derivados de la ineficacia de las autoridades para solucionarlos, a cambio de dádivas del “bienestar” financiadas con recursos públicos.
La construcción de una cultura de la paz y la concordia sólo será posible si logramos un “contagio positivo” que generalice la práctica del diálogo en todos los ámbitos de la vida social.
*El autor es abogado, negociador y mediador.