Lectura 5:00 min
La Copa que También se Juega en las Tiendas
Alfredo Duplan | Más allá del éxito
Cada cuatro años el mundo se detiene durante unas semanas para vivir la máxima fiesta del fútbol. Los aficionados siguen los partidos, discuten alineaciones, hacen quinielas y sufren o celebran cada gol. Sin embargo, detrás de cada Mundial existe otro torneo igual de intenso, aunque menos visible: la competencia por vender mercancía oficial.
Las playeras son, sin duda, las grandes campeonas de este negocio. Son el producto más codiciado y el símbolo más poderoso de identidad durante un Mundial. Basta ver cualquier estadio para entenderlo. Hace algunos años era común encontrar a los aficionados vistiendo únicamente los colores de su país. Hoy el fenómeno es muy distinto. En las tribunas vemos aficionados mexicanos usando la camiseta de Francia, argentinos con la de Brasil, estadounidenses con la de Inglaterra y personas de todas las nacionalidades portando los colores de selecciones que simplemente les generan simpatía.
El fútbol ha evolucionado de ser una representación nacional a convertirse también en una expresión de afinidad personal. Cuando tu selección queda eliminada, la pasión no desaparece. Muchos aficionados adoptan un nuevo equipo para seguir disfrutando el torneo. Y con ello llega una nueva compra de camiseta.
Detrás de cada una de esas playeras existe una batalla multimillonaria entre las grandes marcas deportivas. Conseguir que una selección nacional vista tu uniforme representa mucho más que un contrato comercial. Es una plataforma global de marketing. Cada gol, cada celebración y cada imagen transmitida a millones de espectadores se convierte en publicidad para la marca.
Durante años, la competencia ha estado dominada por tres gigantes: Nike, Adidas y Puma. Las tres invierten cantidades impresionantes para asegurar acuerdos con las selecciones más populares y con los jugadores más influyentes del planeta. Sin embargo, en esta edición parece que Adidas lleva la ventaja. La marca alemana mantiene presencia en varias de las selecciones más seguidas y ha logrado convertir muchas de sus camisetas en verdaderos objetos de colección.
El negocio, por supuesto, no termina en las playeras. El Mundial genera una enorme economía paralela de recuerdos y artículos promocionales. Vasos conmemorativos, llaveros, gorras, banderas y cientos de productos adicionales llenan tiendas físicas, supermercados, tiendas deportivas y plataformas digitales.
Lo interesante es que muchos de estos productos tienen una vida útil extremadamente corta. A diferencia de otros artículos de consumo que pueden venderse durante años, la mercancía mundialista vive prácticamente contra reloj. Desde el momento en que se anuncia el torneo, las empresas tienen apenas unos meses para diseñar, producir, distribuir y comercializar millones de unidades.
Es una apuesta de alto riesgo. Si calculan correctamente la demanda, pueden generar resultados extraordinarios. Si se equivocan, terminan con inventarios difíciles de desplazar y márgenes severamente afectados.
Y aquí aparece una de las lecciones más interesantes para cualquier negocio. El Mundial dura aproximadamente cinco semanas. La ventana comercial fuerte suele extenderse entre tres y seis meses. Después, la realidad cambia radicalmente.
La mercancía que durante junio era objeto de deseo se convierte rápidamente en producto de liquidación durante agosto y septiembre. Las mismas playeras que se vendían a precio completo comienzan a recibir descuentos. Lo que hace unas semanas era un activo valioso puede convertirse en una amenaza para la rentabilidad.
Por eso las empresas que participan en este negocio desarrollan sofisticados modelos de planeación de inventarios. Analizan escenarios, monitorean el desempeño de las selecciones, ajustan órdenes de compra y reaccionan rápidamente conforme avanza el torneo. No es lo mismo tener inventario de una selección que llega a semifinales que de una que queda eliminada en la primera ronda.
Muchas compañías entienden perfectamente: no siempre se trata de ganar dinero directamente con la mercancía del Mundial. En numerosas ocasiones el verdadero objetivo es atraer tráfico a las tiendas y fortalecer la conexión emocional con el consumidor. Una cadena comercial puede aceptar márgenes reducidos o incluso resultados modestos en ciertos productos mundialistas si logra que el cliente visite la tienda y compre otras categorías más rentables.
Y si existe un producto que resume perfectamente esta combinación entre pasión, nostalgia y negocio, es el legendario álbum de estampas Panini. Generaciones enteras han crecido intercambiando estampas en escuelas, oficinas y reuniones familiares. El ritual sigue siendo prácticamente el mismo: comprar sobres, abrirlos con emoción, buscar jugadores faltantes y negociar repetidas. Más que un producto, Panini ha construido una tradición mundialista que trasciende generaciones.
Cada álbum representa millones de dólares en ventas, pero también millones de recuerdos. Porque al final, cuando termina el torneo, los goles se olvidan, las promociones desaparecen y las liquidaciones llegan. Sin embargo, las playeras guardadas en el clóset, las bufandas colgadas en una pared y los álbumes completos permanecen como testigos de una pasión que ocurre apenas unas semanas cada cuatro años.
Un negocio multimillonario construido alrededor de cinco semanas de competencia. Una industria que vive a toda velocidad y que sabe que, cuando el árbitro marca el final, comienza otra carrera: la de vender el último producto antes de que la fiebre mundialista desaparezca.
Esto es más allá del éxito!! Nos leemos pronto!