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Opinión

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Conectados, pero mal informados

Claudia Ivett Romero-Delgado | Columna invitada

México está más conectado que nunca. El celular acompaña el desayuno, el trayecto al trabajo, la espera en el banco, la fila del supermercado y los minutos antes de dormir. Revisamos mensajes, vemos videos, compartimos noticias, opinamos sobre temas públicos y recibimos advertencias en grupos familiares antes de haber leído una sola nota completa. La información está en todas partes. Y, sin embargo, eso no significa que estemos mejor informados.

Esa es una de las grandes paradojas de nuestra vida digital: confundimos conexión con comprensión. Tener internet, seguir cuentas de noticias o recibir explicaciones en videos breves no equivale a entender lo que ocurre. Muchas veces sabemos más rápido, pero entendemos menos. Nos enteramos antes, pero con menos contexto. Reaccionamos de inmediato, pero pensamos después.

Durante años se habló de la brecha digital como el gran problema. Y lo sigue siendo para millones de personas que aún enfrentan desigualdades de acceso, calidad de conexión o habilidades tecnológicas. Pero hoy aparece otra brecha menos visible: la brecha interpretativa. No basta con estar conectados; hay que saber leer el ecosistema informativo. Hay que distinguir entre un hecho y una opinión, entre una investigación periodística y un rumor, entre una denuncia legítima y una campaña de linchamiento, entre una imagen verificable y una pieza manipulada para provocar miedo o enojo.

El problema no es la tecnología en sí. El problema es la velocidad con la que hemos aprendido a consumir información sin detenernos a procesarla. Las plataformas digitales están diseñadas para capturar atención, no necesariamente para construir conocimiento. Premian lo breve, lo emocional, lo polémico y lo compartible. Por eso, muchas veces no circula más la información más relevante, sino la más útil para producir una reacción inmediata.

Una noticia puede llegar recortada en un video de veinte segundos, reinterpretada por un creador de contenido, convertida en meme, comentada por un influencer y reenviada por alguien de confianza. Cuando llega a nosotros, ya no sabemos de dónde salió, quién la produjo, qué datos la sostienen ni qué intereses la empujan. Pero si confirma lo que ya pensábamos, la creemos más fácilmente. Si nos indigna, la compartimos con más rapidez.

Ahí está el riesgo: la desinformación no siempre se presenta como mentira evidente. A veces aparece como media verdad, como pregunta sospechosa, como dato sin contexto, como testimonio emocional o como “me lo mandaron de buena fuente”. Funciona porque no nos pide creer algo absurdo; nos ofrece una explicación sencilla para un mundo complejo.

Por eso, la alfabetización mediática ya no puede ser un lujo académico. Debería entenderse como una nueva forma de educación cívica. Así como aprendimos que votar implica responsabilidad, también necesitamos asumir que compartir información tiene consecuencias. Un reenvío no es inocente cuando amplifica miedo, prejuicios, odio o confusión.

La pregunta clave no debería ser solo “¿esto es verdadero o falso?”. También tendríamos que preguntarnos: ¿quién lo dice?, ¿con qué evidencia?, ¿qué falta en esta versión?, ¿por qué me provoca esta emoción?, ¿a quién beneficia que yo lo comparta? Esas preguntas no detienen por completo la desinformación, pero sí interrumpen su circulación automática. Nos obligan a recuperar unos segundos de distancia crítica.

Los medios también tienen una tarea pendiente. No basta con publicar información correcta; hay que hacerla comprensible, cercana y verificable. Cuando el periodismo serio se vuelve inaccesible, frío o distante, otros ocupan ese espacio con explicaciones más simples, más emotivas y no siempre responsables. La confianza no se recupera únicamente reclamando autoridad, sino demostrando utilidad pública.

Las empresas, las universidades y los gobiernos tampoco están fuera de esta discusión. Comunicar no es solo emitir boletines, campañas o comunicados. En un entorno saturado de información, comunicar implica ayudar a ordenar, explicar y dar contexto. La ciudadanía ya no necesita más ruido; necesita mejores herramientas para interpretar lo que recibe.

Estar conectados debería abrirnos al mundo, no encerrarnos en burbujas de confirmación. Debería ampliar la conversación pública, no reducirla a consignas. Debería ayudarnos a comprender mejor la realidad, no a vivir permanentemente irritados por fragmentos incompletos de ella.

La conectividad es un avance indudable. Pero una sociedad conectada que no sabe interpretar lo que consume sigue siendo vulnerable. El desafío de nuestro tiempo no es únicamente llevar internet a más personas. Es formar ciudadanos capaces de detenerse, dudar, verificar y pensar antes de compartir.

Porque en la era de la sobreinformación, informarse bien se ha convertido en un acto de responsabilidad pública.

*La autora es Académica de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana.

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