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El algoritmo y la dignidad: ¿por qué al Papa le inquieta la inteligencia artificial?
Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Columna invitada
Un Papa no mira la inteligencia artificial porque le seduzcan las máquinas. La mira porque detrás de cada sistema que clasifica, predice, automatiza o recomienda, late una pregunta que ninguna arquitectura computacional puede responder por sí misma: ¿qué haremos con la persona cuando la eficiencia pretenda ocupar el lugar de la conciencia?
La publicación de Magnifica Humanitas, firmada por León XIV el 15 de mayo de 2026, no puede leerse como una curiosidad vaticana sobre la innovación tecnológica. Su fecha no es menor: ciento treinta y cinco años después de la encíclica Rerum Novarum, la Iglesia vuelve a mirar una transformación productiva capaz de reorganizar el trabajo, la riqueza, la exclusión y la esperanza. Entonces fue la fábrica; hoy es la infraestructura invisible del dato. Entonces fue el obrero reducido a fuerza laboral; hoy es el sujeto transformado en perfil, patrón de consumo, historial clínico, variable de riesgo, rostro sintético, voz clonada, usuario rentable.
El Papa entra en este territorio no como ingeniero, ni como regulador, ni como estratega de mercado. Entra como custodio de una pregunta antigua: ¿qué vale una vida cuando el sistema descubre que puede operar sin detenerse a contemplarla? La inteligencia artificial promete diagnósticos más veloces, empresas más productivas, servicios personalizados, educación asistida, gobiernos predictivos, mercados afinados por patrones de comportamiento. No conviene negar su potencia. Sería ingenuo. También sería irresponsable reducirla a un milagro instrumental. La técnica, recordaba Lewis Mumford, nunca aparece aislada; llega acompañada de una organización social, de una disciplina del cuerpo, de una idea de poder y de una administración de la obediencia. Toda máquina trae consigo una antropología.
Por eso la pregunta papal incomoda al sector financiero, industrial y empresarial. No porque condene la innovación, sino porque le exige decir la verdad sobre sus costos. El Fondo Monetario Internacional estimó que casi 40% del empleo mundial está expuesto a la inteligencia artificial, con mayor impacto en economías avanzadas. El Foro Económico Mundial proyectó que hacia 2030 podrían crearse 170 millones de nuevos empleos y desplazarse 92 millones, dejando una ganancia neta que no borra el drama de quienes quedarán fuera de la transición. La cifra económica parece optimista; la biografía herida no siempre cabe en el indicador.
El trabajo no es sólo ingreso. Es nombre propio. Es pertenencia. Es la manera en que una persona se descubre necesaria para alguien más. Hannah Arendt distinguió entre labor, trabajo y acción para mostrar que la vida humana no puede reducirse a la reproducción biológica ni a la fabricación de objetos; necesita aparecer ante otros, intervenir en lo común, dejar huella en la trama compartida. Una economía que automatiza sin cuidar esa aparición puede incrementar productividad mientras debilita el sentido de participación humana. Puede producir más y significar menos.
Ahí se instala el núcleo de Magnifica Humanitas: la inteligencia artificial no es únicamente un asunto de herramientas, sino de orden civilizatorio. Según Stanford HAI, 78% de las organizaciones reportó usar IA en 2024, frente a 55% el año anterior, mientras la inversión privada mundial en IA generativa alcanzó 33.9 mil millones de dólares. El dato revela la velocidad del desplazamiento: no estamos ante una tecnología que espera autorización moral para entrar en la vida social. Ya está dentro. Habita oficinas, tribunales, escuelas, hospitales, agencias de publicidad, bancos, plataformas de entretenimiento, procesos electorales, departamentos de recursos humanos y dispositivos íntimos. Su fuerza no consiste sólo en hacer cosas. Consiste en redefinir qué cosas consideramos normales.
León XIV no teme a la inteligencia artificial por lo que calcula, sino por lo que puede anestesiar. Una decisión algorítmica puede negar un crédito, filtrar un candidato, jerarquizar un paciente, detectar una anomalía, recomendar una sanción o invisibilizar una voz. Cuando el juicio se oculta tras una interfaz amable, la responsabilidad empieza a evaporarse. Nadie discrimina; “el sistema” decide. Nadie excluye; “el modelo” pondera. Nadie abandona; “la plataforma” optimiza. El viejo pecado de la indiferencia adquiere entonces una gramática técnica.
La cuestión se vuelve más grave cuando se cruza con la desigualdad. En México, la ENDUTIH 2024 estimó 100.2 millones de personas usuarias de internet, equivalentes a 83.1% de la población de seis años y más; también registró brechas entre ámbito urbano y rural, así como diferencias por edad. La cifra entusiasma y advierte. Conectarse no es comprender. Usar una aplicación no equivale a poseer ciudadanía digital. Tener datos no implica tener soberanía sobre ellos. La nueva exclusión no será sólo la del desconectado, sino la del conectado sin agencia; aquel que entra al sistema, alimenta al sistema, depende del sistema, pero no puede discutir sus reglas.
La Iglesia mira ahí una nueva cuestión social. La pobreza ya no aparece solamente como carencia material, sino como pérdida de capacidad para significar el propio destino. Paulo Freire entendió que toda alfabetización verdadera implica una toma de palabra sobre el mundo, no una simple adquisición de códigos. La alfabetización en IA tendría que aspirar a eso: formar personas capaces de preguntar quién diseñó el sistema, con qué datos fue entrenado, qué intereses protege, qué sesgos reproduce, qué daños anticipa, qué reparación ofrece. Sin esa conciencia crítica, la innovación se convierte en catecismo de mercado.
La preocupación papal toca también la verdad. El mensaje de León XIV para la 60 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales habla de preservar voces y rostros humanos. No es una imagen ornamental. La IA generativa puede simular presencia, fabricar intimidad, clonar autoridad, multiplicar falsos testimonios, producir imágenes sin acontecimiento y discursos sin experiencia. Paul Ricoeur sostuvo que la identidad se construye narrativamente, en la tensión entre lo que permanece y lo que cambia, entre el sí mismo y el otro. Cuando los relatos pueden producirse masivamente sin cuerpo responsable, la identidad pública queda expuesta a una corrosión silenciosa: ya no sabemos si alguien habla, si alguien estuvo, si alguien responde por lo dicho.
La nube tampoco es espíritu puro. Su materialidad está hecha de agua, energía, minerales, territorios, cables submarinos, centros de datos, calor y desechos. La Agencia Internacional de Energía proyectó que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría duplicarse y llegar a alrededor de 945 TWh en 2030. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha advertido que los centros de datos vinculados a IA presionan los sistemas eléctricos y pueden afectar recursos hídricos, especialmente en regiones calientes o con estrés de agua. La pregunta espiritual aterriza entonces en la tierra: ¿qué tipo de inteligencia demanda más mundo del que es capaz de cuidar?
Hans Jonas formuló una ética para la civilización tecnológica basada en la responsabilidad hacia la vulnerabilidad futura. Su advertencia cobra una densidad nueva. La IA no sólo modifica el presente; anticipa, clasifica y condiciona futuros. Puede mejorar la vida humana si se orienta al cuidado, a la justicia, a la salud, al aprendizaje, a la protección del planeta. Pero también puede endurecer prejuicios, automatizar desigualdades, acelerar guerras, debilitar vínculos, manipular emociones y convertir la libertad en una secuencia de opciones previstas.
Por eso a un Papa le interesa la inteligencia artificial. Porque no pregunta únicamente qué puede hacer una máquina, sino qué estamos dejando de hacer nosotros cuando delegamos juicio, memoria, presencia y responsabilidad. Porque sabe que una sociedad fascinada por sus artefactos puede perder la capacidad de mirar a los ojos. Porque entiende que la gran tentación de nuestra época no será adorar una máquina, sino aceptar una idea demasiado pequeña de lo humano.
La IA será una herramienta extraordinaria allí donde amplíe la dignidad, distribuya capacidades, cuide la casa común, fortalezca la verdad pública y permita que el trabajo siga siendo lugar de reconocimiento. Será una nueva forma de dominio allí donde convierta la vida en recurso extraíble, el rostro en dato, la palabra en simulación, el sufrimiento en ruido estadístico.
La pregunta no queda en Roma. Entra a los consejos de administración, a las aulas, a los laboratorios, a los equipos de comunicación, a los bancos, a los hospitales, a las redacciones, a los hogares donde un niño aprende a pedirle respuestas a una máquina antes de aprender a hacerse cargo de sus preguntas. Ningún algoritmo puede absolvernos de nuestra época. La inteligencia artificial ya está aquí; lo que todavía no está garantizado es que nosotros permanezcamos suficientemente humanos para gobernarla.