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Opinión

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¿Qué hacer?

La sociedad está dividida: unos pocos privilegiados con acceso a la educación superior mientras la gran masa se ilustra por los medios de comunicación.

Crece en gravedad y extensión, al parejo que la desigualdad el fenómeno de una cultura colgada del interés por hacer más utilidades. La información que doblega al conocimiento, la cantidad a la calidad.

En cuanto a la primera, viene a cuento una caricatura reciente publicada en El País con la leyenda: Lo malo que tiene esta edad de oro de la comunicación y la información es que no hay manera de saber lo que pasa . Por lo que se refiere al segundo, ya es cosa del pasado la práctica de que para saber hay que mirar y escuchar, indagar el qué de las cosas y su modo de ser y, un paso más refinado, aprender a entender.

La sociedad está partida en dos. Una delgada capa de privilegiados que tienen acceso a la educación superior en todas las materias, particularmente las ciencias exactas, manera elegida por viejos países -punteros en la actualidad- y por nuevos países -léase India y China- para desarrollarse con rapidez y solidez.

Y la gran masa que se ilustra por dos vías: los llamados medios de comunicación (prensa, radio, cine, televisión) y los artilugios electrónicos, que tan sólo divulgan lo aparatoso y el resto tamizado, resumido, masticado y digerido según su conveniencia, que invariablemente es el interés pecuniario: siglos de sabiduría en cápsulas, nada queda para la curiosidad, para la imaginación, para el trabajo intelectual ni mucho menos para la sorpresa.

En un rincón, arrumbado, está el arte grato de la conversación. Por eso tenemos incontables millones de gentes que padecen lo que Saramago llama síndrome del intelecto perezoso .

La segunda vía es la enseñanza en sus dos clasificaciones: la informal en la familia, la verdaderamente básica y esencial que, me atrevo a afirmarlo, está hecha añicos en la mayoría de los hogares.

Y el sistema de enseñanza formal, caracterizado por pésima calidad incluso en la mayor parte de las llamadas universidades públicas y privadas.

Dice Ortega que cultura, en su mejor sentido, significa creación de lo que está por hacer y no adoración de la obra una vez hecha. Así entendida, como tradicionalmente lo fue, está en camino de extinguirse.

¿Qué hacer? O dejarnos llevar por esta tendencia avasalladora que conduce a la pasividad de las mentes, beneficio para la economía crematística o hacer esfuerzos desesperados para salvar y fortalecer la genuina educación, que lleva a la cultura y, por ende, a la moral.

paveleyra@eleconomista.com.mx

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