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Opinión

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La regla de oro de la democracia

En octubre de 2024 terminará la presidencia de Andrés Manuel López Obrador y espero que con ella terminen las conferencias mañaneras. Los defensores del ejercicio dicen que funciona para desmentir la sarta de mentiras y calumnias que los medios de comunicación vendidos al poder económico lanzan día con día para desprestigiar al presidente y a su movimiento transformador. Sirve, dicen, para controlar el discurso cotidiano y enfocarlo en comunicar aquella información  importante que de otra manera no llegaría a los gobernados, gracias al bloqueo al que ha estado sometido López Obrador desde que comenzó a luchar por la transformación de México. Además, comunicando día con día de manera personal, ahorra en comunicación social, por lo que deja de ser necesario el despilfarro en medios para gastar en los más necesitados.

Si bien algo de razón llevan al afirmar lo anterior, también es cierto que la mañanera, más que una fuente fidedigna de transmisión de información relevante para el debate democrático, es un instrumento de propaganda y desinformación donde se pinta un mundo que no existe y se descalifica a los adversarios sin derecho a réplica. En ese sentido, no funciona para posicionarse en el debate democrático con datos y miradas particulares, sino que funciona como megáfono de una posición política que no quiere reconocer que los “adversarios” también son parte de la vida democrática. No abona al debate, sino, al contrario, funciona para terminar con la argumentación pública de un microfonazo.

Una de las funciones centrales del Estado democrático es fijar las reglas para que se pueda llevar a cabo el debate público y hacerlas cumplir. Uno de los grandes errores que hemos cometido los mexicanos es creer que la regla de oro de la democracia es que gobierne el que más votos obtiene en las elecciones. Disiento. Las elecciones justas y creíbles son un procedimiento democrático, pero no la regla de oro. En todo caso, la regla de oro de la democracia es evitar que las mayorías limiten los derechos de las minorías. El entramado institucional de una democracia debe distinguir claramente qué cosas pueden modificarse mediante mayorías electorales o legislativas y cuales no. Por ejemplo, el hecho de que los magistrados del supremo no se elijan por voto popular directo es un candado democrático para evitar la dictadura de la mayoría.

Un presidente demócrata, desde mi perspectiva de democracia, tendría que enviar al Senado ternas (para conformar la Suprema Corte, por ejemplo) alrededor de las que se pudiera transigir. Pero López Obrador tiene otra idea de democracia: para él es el gobierno del pueblo, pésele a quien le pese y quiera lo que quiera decir «pueblo». Lo que para mí es un consumado antidemócrata, para otros es paladín de la democracia. Y desde la perspectiva del jefe supremo, el equivocado soy yo, porque así lo dicen la popularidad que tiene entre la mayoría de mis conciudadanos. El error de esa idea es que las buenas razones no se respaldan con popularidad.

@munozoliveira

L.M. Oliveira es escritor. Autor de "El mismo polvo" y "El oficio de la venganza". Es Titular A en el Centro de Investigaciones sobre América Latina y El Caribe.

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