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El salvador
Hoy surge un guía que recorre los municipios predicando la buena nueva: don Andrés Manuel, primitivo, hablantín, lépero y lenguaraz.
Los naturales de aquí, llamémonos mexicanos todos, hemos vivido mucho más tiempo acostumbrados a reinos y monarquías que a repúblicas, a autocracias que a democracias.
Hemos vivido cientos de años de soberanos precolombinos, tres siglos de majestades y virreyes, más adelante dos emperadores y varios dictadores omnipotentes, dizque presidentes de una República.
Así pues, no debe extrañar que en el movimiento independentista de 1810 se vitoreara a Fernando VII, qué paradoja, vamos a coger a los gachupines opresores que habitan en este suelo, por un lado, larga vida al príncipe hispano cautivo en Francia, humillado por los gabachos, por el otro.
Tampoco debe extrañar que nuestro Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo, de cura del pueblo de Dolores haya pasado, en un abrir y cerrar de ojos, a general, generalísimo, excelencia, alteza y alteza serenísima, pompa y aparato, guardia de honor, uniforme de lujo con tahalí.
Ni debe ruborizarnos que El Libertador, así llamado Iturbide por don Mariano Cuevas, muy pocos años después del presbítero de Corralejo, encabezara la Regencia, constituyera imperio, creara Corte y se adjudicara otra vez el título de Alteza Serenísima.
Tampoco debe extrañarnos en lo más mínimo que no mucho después el polifacético Santa Anna usara el mismo rimbombante nombramiento.
Hay un común denominador: el mesianismo, el ánimo de redentor característico del hombre providencial, típico del romanticismo. Que todo esto haya sido fruto de la locura o de la buena fe da lo mismo, el resultado es igual: fracaso y matachinas.
Hoy, a tan larga distancia de aquellos episodios históricos, surge otro salvador que recorre los municipios predicando la buena nueva: don Andrés Manuel, primitivo, hablantín, lépero y lenguaraz, al carajo con todo lo que no sea yo.
Obviamente ya no se llama Alteza Serenísima, sería ridículo, pero sí caudillo, faro y guía.
En aquellos ayeres decimonónicos, de deslumbrantes charreteras, entorchados, vistosas condecoraciones y dorados galones, era fácil conducir a las turbas al matadero. Sin embargo, en los días actuales contamos con más instrucción y medios de comunicación que están al alcance de la mayoría de la población, confío en que con todo esto sepamos distinguir entre proyectos, por una parte, y demagogia fantasiosa o fantasías demagógicas, por la otra.
parroyo@eleconomista.com.mx