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Dramas nacionales
Parece que nuestros gobernantes consideran que los mexicanos necesitamos sus teatritos como el alma a Dios para superar el aburrimiento.
Dan grima los teatritos que arman nuestros hombres en el poder, nuestras autoridades, en este caso políticas, y también, como ahora se acostumbra decir, mediáticas.
Los mexicanos necesitamos las dos más recientes comedias como el alma a Dios para superar el aburrimiento y la cantaleta de los horrísonos homicidios. Las protagonistas son dos mujeres: doña Aristegui, alias Lengua viperina, y doña Florence, alias Vive la France.
Nada pinta mejor el primer sainete que una espléndida caricatura del colaborador Nerilicón, publicada en este periódico: el cavernícola Noroña hace bailar a su antojo a la dama, al Presidente y a la empresa Multivisión.
Corrieron a la susodicha con cajas destempladas por faltas a la moral (ética) y por acusadora encubierta, solapada, taimada, tramposa. Ciertísimo.
La firma comunicó al pueblo, con melifluo lenguaje, que se le volvía a dar la chamba por razones de transparencia, de desarrollo del periodismo y de servicio para que el público, consistente en una relevante porción (sic) de radioescuchas y ciudadanos , esté informado y reflexione.
Gran fecha para el negocio de los medios de comunicación, la del regreso de la locutora a su micrófono, a su espacio; hace honor a este nombre, me refiero a locutora, la infatigable hablantina.
Y el otro caso que refiero, el de la gala guapa, capaz de llevar a dos mandatarios, por igual equivocados en sus posturas, a ridículos dimes y diretes en nombre, nada menos y nada más, de sus respectivas patrias.
Calderón, el mandatario mexicano, defendiendo lo que, según algunos, es indefendible, y Sarkozy, el francés, quien tiene muy presente la letra de La Marsellesa: Vienen a degollar a mis hijos . ¿Le dolerá al señor Primer Ministro el recuerdo del 5 de mayo? ¿Después de tantos años? ¿Será eso acaso posible?
Me pregunto si las loqueras de los gobernantes reflejan frivolidad de las respectivas sociedades a las cuales, bien o mal, a su manera, dirigen.
Sí, da pena. Que los gobernantes cometan tan grandes desaciertos. Que las autoridades sirvan tan sólo de comidilla y diversión para la gente, los que gobiernan.
Espectáculos que sirven, de paso, para que los dichos principales, mencionados al principio, y todos los demás, olvidemos lo importante: hacer lo que se precisa para que el desarrollo de la economía nacional avance en su conjunto y de manera firme.
paveleyra@eleconomista.com.mx