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Tratado a la carta
Más que el futuro del T-MEC, el verdadero desafío para México radica en ofrecer certeza jurídica y condiciones internas que generen confianza a las inversiones. En ese contexto, el tratado seguirá vigente, aunque sujeto a negociaciones y presiones constantes.
Más que el futuro del T-MEC, el verdadero desafío para México radica en ofrecer certeza jurídica y condiciones internas que generen confianza a las inversiones.
Finalmente, la administración Trump ha definido su posición respecto al futuro del Tratado Comercial de Norteamérica (T-MEC) y las interpretaciones domésticas se han centrado en los recuentos más simples del fin o la continuación del tratado con los términos anunciados.
En estricto sentido, la impredecible posición última de Trump desde siempre fue altamente predecible. Esto es que diría no a la extensión del tratado por 16 años –como sería posible--, para optar por una revisión anual por los próximos 10 años.
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Así manda el mensaje esperable por sus audiencias. O sea, el que buena parte de los electores del otoño próximo estadounidense desean escuchar. Se forma de palabras que colocan a México en el banquillo de los acusados como el vecino que afecta el sueño y la pax americanos.
En lo primero, porque se roba los empleos e inversiones con base en su trampa comprobable del dumping social –léase su trabajar con salarios de pobreza, mientras evade la aplicación de la ley en materia de derechos humano-laborales de carácter universal–.
En lo segundo, porque sigue permitiendo que se extienda el amasiato criminal entre mogules de gobierno y mogules de las drogas. Refieren aquellos que tienen en los consumidores estadounidenses un mercado inagotable de millones y millones de dólares. Tanto, afirman, que ese amasiato mantiene a México y su gente viviendo entre cementerios de miles de docenas de asesinados, desaparecidos, desterrados, enterrados, desplazados y sacrificados.
El poder de atracción del mensaje trumpiano es que no deja de encontrar evidencias del lado mexicano que le apoyan. En ese talante, todas las posibilidades y escenarios siguen abiertos; al estilo Trump de no afianzar nada y dejar todo al capricho de la ambigüedad y de sus voliciones. Podrá por tanto montarse y medrar de la incertidumbre que genera un tratado abierto sólo por meses de este y los dos años subsiguientes que le quedan a su presidencia. En tanto, México podrá jugar con la apuesta engañosa de que se trata de resistir y consumir tiempo hasta que Trump se vaya en 2029.
Esa incertidumbre es lo que más observan los funcionarios de gobierno y los analistas mexicanos. Pero el acento está mal colocado. Los inversionistas hace tiempo factorizaron los vaivenes trumpistas y en industrias estratégicas como la automotriz, por ejemplo, han aprendido a balancear sus portafolios de inversión. Lo hacen con un uso más intensivo de plataformas y una mayor manufactura de autos híbridos distribuida en una Norteamérica integrada en sus procesos productivos. De forma que ganan tiempo para eludir las dudas y deudas de la transición energética y la competencia líder de China.
En cambio, la incertidumbre que no pueden factorizar es la que proviene del Estado mexicano. Pesa en ellos la criminalidad rampante que asalta carreteras, campos, empresas y minerales en México.
Pesan las evidencias y denuncias que exponen un día sí y otro también el entramado entre procesos políticos, decisiones de gobierno, grupos sin ley y factores de poder locales. Pesa la extinción de un sistema de justicia autónomo, eficiente, transparente y justo. Pesa el salto al vacío que da la Presidenta cada que esgrime la palabra soberanía como conjurando (¿o apaciguando?) las herencias malditas que le han impuesto con alevosía y ventaja para mantenerla atada.
Pesan también los cacicazgos sindicales corporativos, viejos y nuevos. Esos que ahora se empalman con la presencia de delincuentes en las puertas de las fábricas, para doblemente distorsionar las relaciones de empleo y las negociaciones laborales.
Por eso, con tratado o sin tratado, las inversiones están en stand by en el país. Considérese que esta radiografía de México se extiende más allá de Norteamérica para cobrar escala planetaria. Vgr., la Eurocámara, de frente a ratificar el pacto comercial con México, ha expresado su preocupación por la (in)seguridad y corrupción en México, notando que los empresarios requieren certeza jurídica para invertir.
Por eso en las negociaciones EU/México que empezarán en la tercera semana de julio, estas incertidumbres y escenas de la ilegalidad mexicana estarán subyacentes a cada propuesta y contrapropuesta sobre los aranceles al acero, al aluminio y, más de fondo, a los automóviles fabricados en México. Sin dejar pasar las reglas de origen, del sector energético, y aún del agrícola en productos específicos. Se demandará también un Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida reforzado y medidas verificables para terminar con los salarios de dumping.
No, el tratado comercial de Norteamérica no ha terminado. Está de pie y seguirá vigente. Sólo que será un tratado a la carta. Esto es un tratado mayormente instrumentalizado por la administración Trump para exigir concesiones comerciales y aplicaciones de la ley a las que México sigue llanamente ignorando.