Suchiate, Chiapas. Barrer y pintar calles son de las principales actividades que realizan aquellos migrantes pioneros en adherirse al Plan de Desarrollo para la Migración, con lo que México pretende atender el fenómeno migratorio en la frontera sur.

Con 2,380 pesos a la quincena, cientos de centroamericanos, en su mayoría, tratan de establecerse temporalmente en Chiapas, uno de los primeros puntos que cruza el gran flujo de migrantes que intenta llegar a Estados Unidos.

El programa les ayuda a agilizar el trámite de la documentación necesaria para recibir su visa humanitaria, con la cual pueden recorrer México de una forma más segura y sin ser detenidos en el camino, relatan de primera mano los migrantes.

Rosney, proveniente de Honduras y que lleva un mes en el programa, trabaja seis horas al día (de 8 de la mañana a 2 de la tarde), de lunes a sábado.

“Allá vamos a limpiar las cuencas, a recoger basura, trabajitos leves. No nos obligan a trabajos muy pesados. Somos como 300 personas del programa, pero los que salimos a trabajar somos como 150”, detalla el hondureño sobre el plan que es implementado en la localidad de Suchiate.

A su parecer, este plan dará buenos resultados para los migrantes que viajan solos, pero para aquellos con familias no conviene. “El dinero es muy escaso, muy débil la moneda. Tú compras un cartón de huevo y te cuesta lo mismo que en tu país, allá cuesta 59, aquí está en 70, entonces tú no sales de tu país para estar igual, sino para mejorar”, sostuvo.

Reconoció que el apoyo económico que le da el gobierno de México le es de mucha ayuda, pero insistió en que su plan es darles una mejor vida a sus hijos.

“Estoy en trámite de mi visa humanitaria, y algo que sí pasa es que dentro del programa el trámite, el papeleo, se hace más rápido. La tarjeta de visitante regional me salió en ocho o 10 días, pero sólo es para movilizarme dentro de acá, de Tapachula”, agregó.

El hombre de unos 40 años de edad relató cómo fue que tomó la decisión de salir de su país junto con su esposa y sus dos hijos de 5 y 10 años de edad. Las pandillas ya tenían en la mira a su hijo mayor. “A mi hijo me lo querían integrar a las pandillas allá, el de 10 años. Se ve un niño grande y fortachón. Entonces tuve que salir huyendo de ahí (de Honduras)”.

Decisión que tuvo que tomar en tan sólo una semana, detalló: “Me estuvieron amenazando, pero no creía yo en eso. Un día a mi niño lo mandé a comprar a la tienda, tardó bastante en regresar y salí a buscarlo, me lo tenían ahí (intimidando) dos muchachos (...) Él me dijo que querían que moviera una mochila a otra colonia (...) Yo le dije que no iba a llevar nada y a la semana nos venimos”.

Su plan ahora, es llegar a Estados Unidos, o de lo contrario quedarse en Tijuana y montar un taller de sastrería, aseguró.

“Me voy a esperar para que me den la visa humanitaria para viajar por todo México, para trasladarme a la frontera norte y bien trabajar ahí porque aquí los sueldos están bien raquíticos para mí.

“Con la visa humanitaria no siento que haya mucho riesgo para cruzar con toda mi familia. Lo que sí siento riesgo es irme así (...) A mí me gusta aquí. Yo me siento bien, me han tratado bien (...) Desde que estoy aquí el mexicano me ha tratado especial, y a mis hijos los tratan bien, no he pasado hambre”, dijo.

Este mismo concepto lo tiene William, un salvadoreño de 22 años, quien dice sentirse seguro en México, y contrario a Rosney piensa quedarse a vivir en Chiapas.

“La situación en el país donde yo vivía se puso muy peligrosa. Me habían amenazado de muerte dos veces en la misma semana, me intentaron matar y en lugar de estar allá mejor me vengo para acá. México es bonito. Me siento seguro acá”.

Al justificar su viaje, William afirma que a los tres días de haber llegado a Chiapas “mataron a mi primo (en El Salvador). Entraron a la casa a las 3 de la mañana y con machete lo mataron y hace 15 (días) también a otro familiar”.

El joven que viste un pantalón azul y trae puestos unos lentes obscuros no esconde su alegría de haber llegado a México, al asegurar que la gente no lo ha tratado mal: “A veces me regalan comida. Me regalaron unos zapatos”.