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Tremendas: sobrevivir como mujer en un mundo que nos odia

En su libro, la periodista Majo Siscar Banyuls dibuja una Latinoamérica violenta que nos quiere calladas o muertas a todas

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OpiniónEl Economista

Concepción Moreno

Hace un año en este espacio reseñé la serie de Netflix Adolescencia. Si no la han visto, váyanla a ver. No quiero que esta columna sea un spoiler porque vale la pena verla con el juicio fresco.

En Adolescencia Jamie, un niño de trece años, asesina a una compañera de clase porque ella se niega a ser su novia. La víctima se burlaba en redes de Jamie y sus amigos: para Jamie eso basta y sobra para matar. Todo está codificado para la tragedia. Como buen estudio de personajes, Adolescencia da todas las razones para que cada personaje actúe como lo hace. La serie duele porque se trata de niños atrapados en dinámicas absolutas, sin matices, destructivas.

Es escalofriante porque da todas las razones “puras” por las que Jamie mata: una mezcla de resentimiento, nulo control de impulsos y tal vez una patología psiquiátrica subyacente. Pero también hay otras causas más amplias, la más importante es el discurso de la “machósfera”, ese mundillo digital que les enseña a los adolescentes varones que las mujeres son suyas para usar y tirar. Si alguna se niega, nada: a golpearla, violarla, matarla. Los chicos buenos nunca consiguen a la chica por las buenas, todas prefieren a un “Chad”, nombre que la machósfera da a los hombres musculosos y viriles. Un chad toma a las mejores hembras y se larga. Los demás hombres se quedan con las migas. A las mujeres de “alto valor” hay que domarlas y obligarlas.

Este fenómeno se comenta hoy en día como algo reciente y alarmante: ¿qué le están enseñando a nuestros adolescentes en ámbitos lejanos a la supervisión adulta? La nueva misoginia es rampante, casi imposible de detener.

Pero todas sabemos que este ha sido el orden del mundo desde hace generaciones y generaciones. Las mujeres hemos pasado de ser musas, ángeles de pureza inspiradora, a botín de guerra y desaparecidas de Juárez con asombrosa facilidad. Y no hay progresión temporal: seguimos siendo musas y botín de guerra y desparecidas al mismo tiempo, nada ha cambiado. La violencia misoginia es el crimen de odio que más vidas humanas ha cobrado.

Denunciar esta realidad que atraviesa a las mujeres anima los textos periodísticos recogidos en Tremendas: luchadoras latinoamericanas (Barlin Libros) de la cronista española Majo Siscar Banyuls. Siscar Banyuls trabajó ocho años basada en México cubriendo diversas historias en toda Latinoamérica. Encontró un patrón a seguir: la violencia contra las mujeres y el modo de éstas de sobrevivir. ¿Cómo? Con garra, con osadía, con sentido del humor. Arrancando espacios y exigiendo justicia a autoridades indolentes o rebasadas.

En la universidad escuché a un compañero, un amigo muy decente y respetuoso, decir que los textos feministas son regañones y por eso los hombres no los leen. Claro, es muy fácil decirlo cuando no ves a mujeres sufriendo violencia en cualquier ambiente. Y quizá yo estaría de acuerdo con que los textos feministas no son fáciles de leer, sobre todo los de teoría: los estudios sobre las mujeres han progresado mucho en las últimas dos generaciones de academia y son cada vez más complejos. La historia de las mujeres todavía sigue desvelándose en las universidades y llegando poco a poco al oído de las que no tenemos doctorado.

Pero sobre todo son difíciles de leer porque son incómodos. A nadie le hace gracia que lo llamen victimario, pero los hombres siguen, queriendo o no, repitiendo dinámicas violentas. Ojalá más hombres se atrevieran a cruzar ese umbral de inquietud y se acercaran a estas historias. Ojalá algo cambiara en ellos cuando se expongan a la realidad de tantas mujeres.

Tremendas no es un libro de teoría feminista, pero está encendido por una búsqueda intelectual y de denuncia. Está escrito al calor de los hechos pero también con la calma de la reflexión. El querer entender.

Está, por ejemplo, la historia de Vicky, recogida en la crónica-perfil “Transgresoras”. Arely Victoria Ramos, Vicky, es una mujer tansgénero a la que la discriminación convirtió en activista (la violencia, por mera reacción, siempre crea a sus enemigos).

Vicky vive en España pero nació y creció en Honduras, donde su existencia es razón suficiente para ser asesinada. La activista, gracias a organizaciones que defienden a mujeres perseguidas, huyó a España como acto de supervivencia. Quizá en el mentado primer mundo tendría espacio para trabajar. Para ser. Pero, eh, como describe Siscar, la misoginia tiene pasaporte y allá en las europas Vicky también sufre discriminación, aunque poco a poco ha encontrado su lugar.

El texto es un buen trabajo periodístico, como todos los del libro, pero también es un ejercicio de pensamiento. Las transgéneros rompen estructuras sólo con ser y muchas veces la lucha feminista las ignora o, en el peor de los casos, las repudia. Para cierto feminismo las mujeres trans son hombres reclamando una especie de doble privilegio: como hombres de nacimiento y como mujeres que exigen ser protegidas. La autora recoge cifras y datos que demuestran que la violencia que reciben las trans es una extensión de la misoginia. Tenemos los mismos victimarios, ¿una visión más amplia no ayudaría a la causa de las mujeres? Me cuesta trabajo empatizar con ese feminismo excluyente y el trabajo de Siscar Banyuls me puso a pensar al respecto.

La lectura de las crónicas-perfiles de Tremendas también es visceral y duele. Están las madres buscadoras que escarban para recuperar los cuerpos de sus hijos. El texto, que ya tiene algunos años, dice que la cifra del dolor, reconocida en 2019 por la Comisión Nacional de Búsqueda, es de cuarenta mil desaparecidos a partir de 2006, año en que comenzó la guerra calderonista contra el narco. La autora espejea: en la dictadura militar argentina de Videla y Galteri hubo treinta mil desaparecidos.

Lo que no hace el Estado mexicano lo hacen las buscadoras a un caro precio: a varias les ha costado la vida. Pero ellas siguen con sus herramientas hechizas desenterrando cuerpos. No hay un ejercicio simplón de estas mujeres de “tratar de entender” sino de actuar, disculpen, es complicado pensar cuando hay olor a cadáver. El explicar le toca al narrador y la periodista lo hace, como lectora lo aprecio.

Hay en Tremendas una concesión para el humor y la épica. “Luchadoras”, el texto que abre el libro, sigue a Marcela y Lady Apache, dos nombres que todo fan de la lucha libre reconoce. Ambas, estrellas en un ambiente de hombres. Vuelan desde la cuerdas y se rifan en la lona como los luchadores hombres, pero tienen su propia narrativa. En la lucha, espectáculo que tiene mucho de cómic de superhéroes, ellas son las heroínas o villanas que han ido subiendo en los carteles de lucha. Hoy son protagonistas y muchas veces aparecen en las funciones estelares. Pero eso no siempre es así, como narra Siscar, muchas luchadoras pelean cada día por sus espacios, por siquiera tener un lugar digno para cambiarse.

La crónica que más me impactó es la que sigue la historia de Yakiri Rubí Rubio, que en 2013 fue titular de todos los diarios y noticieros. La secuestraron, la violaron y casi la mataron. ¿Por qué su caso llegó a la tan mencionada y muchas veces inútil opinión pública? Porque se atrevió a defenderse y mató a su atacante. Por ese “exceso de defensa propia” a Yakiri la encarcelaron. Al caso le siguieron protestas y activismo que lograron liberarla. Hoy Yakiri es ella misma activista, pero el texto no termina en pura fanfarria. En una nota al pie, la reportera menciona el caso de 2019 en el que tres jóvenes denunciaron a un grupo de policías de violaciones múltiples. Las feministas marcharon, pero las historias dolorosas se multiplican como hongos después de las lluvias.

Labor del periodista es contar esas historias y causar incomodidad, transmitir la pena, tenerles respeto a sus protagonistas y también el valor de narrar desde la distancia necesaria: no todo tiene que ser hagiografía. Tremendas es un buen ejemplo de periodismo de denuncia. Yo sólo soy una columnista y reportera de temas de entretenimiento, pero de vez en cuando llega a mis manos alguna obra que me cambia. Es el caso de Tremendas. En la obviedad de la violencia misógina (qué terrible es decirlo así: la violencia contra las mujeres es lugar común) Tremendas, en su incomodidad, abre ventanas de empatía. Ojalá no sólo lo lean mujeres, sino también esos hombres que temen ser “regañados” —confrontados—por el feminismo.

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