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A dónde fue el tiempo que la tecnología prometió devolvernos

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OpiniónEl Economista

En mi última ida a un Oxxo, lugar que trato de evitar pero a veces resulta imposible, me detuve frente a una botella de agua con proteína. La pregunta apareció antes que cualquier juicio sobre el producto: ¿qué tiene que ocurrir para que exista un mercado para algo así? Los mercados suelen revelar aquello que escasea. Si hoy proliferan productos que condensan los nutrientes de una comida completa, quizá convenga mirar menos la etiqueta nutricional y más la restricción que intentan resolver.

¿No es irónico? Buena parte de la historia tecnológica del último siglo puede leerse como un esfuerzo por ampliar nuestro tiempo libre. Aceleramos procesos con la expectativa de disponer de más horas para vivir mejor y, sin embargo, ese mismo tiempo terminó convirtiéndose en un bien con valor económico propio. Volviendo al supermercado: comprar una botella de agua con proteína es una forma de comprar minutos.

Millones de decisiones idénticas se agregan en algo perfectamente medible. El suero de leche, durante décadas un subproducto barato de la industria quesera, se ha convertido en uno de los insumos más disputados del mercado alimentario: el Departamento de Agricultura de Estados Unidos reporta un mercado sin producto disponible y proveedores agotados, mientras el precio del concentrado acumula alzas superiores a 50% desde enero de este año. La restricción no está en la leche, sino en la capacidad instalada para procesarla. Las empresas reformulan, reducen porciones o trasladan el costo, y ese traslado lo absorbe, como casi siempre, quien tiene menos margen para absorberlo. Ahorrar tiempo de manera individual terminó produciendo una escasez física colectiva.

Quienes defienden la inteligencia artificial suelen hacerlo guiados por una promesa familiar: automatizar tareas repetitivas, reducir costos y elevar la productividad. Lo que no termina de quedar claro es cuál es el destino del tiempo liberado, porque la historia reciente invita a pensar que las ganancias de productividad no llegan [o no lo hacen automáticamente] a la vida cotidiana. Con frecuencia permanecen concentradas allí donde se genera el valor económico.

Esa concentración explica por qué resulta insuficiente entender la conversación sobre IA únicamente como una carrera tecnológica: es, también, una conversación sobre distribución. En El valor de las cosas, Mariana Mazzucato sostiene que determinar el valor no es solo un asunto técnico, sino «también una cuestión política». Si recordamos que buena parte de las tecnologías que hoy hacen posible la inteligencia artificial surgió de décadas de inversión pública en universidades, infraestructura digital e investigación científica, la afirmación cobra especial relevancia: el aumento de productividad descansa sobre un esfuerzo colectivo, pero la apropiación de sus beneficios sigue un camino mucho más estrecho.

La propuesta presentada este año por Bernie Sanders para crear un fondo soberano financiado con acciones de las grandes empresas de inteligencia artificial parte precisamente de esa inquietud. Leída con Mazzucato, es la recuperación de un retorno que siempre tuvo origen público. Su viabilidad política todavía es incierta, pero la pregunta que introduce parece inevitable: si una tecnología incrementa la productividad de toda la economía, ¿de qué manera participa la sociedad en ese incremento?

Yanis Varoufakis ofrece una objeción incómoda. En Tecnofeudalismo argumenta que lo que hoy discutimos no son ganancias capitalistas sino rentas: quien controla la infraestructura digital cobra peaje sobre la actividad ajena, y el ritmo de quienes trabajan junto a esas máquinas termina dictado por ellas. Desde esa lectura, repartir un dividendo anual sobre un activo cuya propiedad y gobierno permanecen intactos alivia sin corregir. La discusión sobre el fondo deja de ser si es viable y pasa a ser una más difícil: si redistribuye poder o solamente ingreso.

México ya está pensando en el tiempo. La reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 40 horas reconoce que el bienestar depende de algo más que el ingreso, y llega tarde: en el propio debate legislativo se recordó que en el país se trabajan más de 2,100 horas al año, por encima del promedio de la OCDE, y que alrededor de 27% de la población ocupada labora más de 48 horas semanales. El verdadero alcance de esa reforma se medirá en aquello que haga posible: más tiempo para cuidar, estudiar, convivir, cocinar o simplemente tener el lujo de perder el tiempo. También podría ocurrir que esas horas sean absorbidas por un segundo empleo, y esa diferencia no la decide la tecnología.

La inteligencia artificial suele discutirse como la gran revolución productiva de nuestra generación, y las revoluciones deberían invitar a formular preguntas. La nuestra tiene una forma particular: México no tiene empresas de inteligencia artificial a las cuales gravar. Aportamos datos, trabajo de etiquetado, electricidad y agua para centros de datos, e importamos el servicio ya terminado. El asunto, entonces, no es cómo copiar una ley estadounidense, sino con qué mecanismo un país en esa posición participa del valor que ayuda a producir. Si el recurso más escaso de la economía contemporánea sigue siendo las horas, ese debería ser también uno de los principales criterios para evaluar el progreso. Mientras no lo sea, el tiempo seguirá siendo algo que compramos embotellado.

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