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Silbatazo final: ¿y si mejor nos ponemos a leer?
Se apaga la fiebre veraniega del futbol y comienza otra: la de las vacaciones. ¿Seguirá siendo el verano una excusa para echarse a leer en la playa?

Opinión
Pues sí, se nos acabó el Mundial. Al momento de escribir esta columna estamos a pocos días de saber quién será el campeón del Mundial 2026. Debería decir el Mundial Norteamérica 2026 pero creo que ese nombre nunca jaló, como dicen los compas. ¿Cómo lo recordaremos? Supongo que como el Mundial México-Estados Unidos-Canadá 2026 para entender que se trató de sede compartida.
Y ahora, ¿qué? Se viene la depresión postmundial, un fenómeno documentado: el aficionado pasa por todas las etapas de una depresión clínica rápida, una especie de duelo exprés que dura unos diez días. Se vuelve al trabajo, a las ocupaciones diarias con el corazón apachurrado por la falta de balón. Para los lectores mexicanos el problema se resuelve pronto. La Liga Mx ya comienza y podemos regresar a echar goyas en CU.
En el ámbito cultural en la Ciudad de México, el Mundial dejó cosas interesantes, una serie de exposiciones y eventos que acompañaron el torneo de futbol desde otras experiencias: arte, gastronomía y crítica. La mejor es la exposición de fotografía de Annie Leibovitz en el Museo Nacional de Antropología. Un recorrido por la obra de la aclamada fotógrafa a propósito del juego, Futbol 2026 presenta al el trabajo de Leibovitz para México 86 y aggiorna con el que creó para el Mundial 2026.
Leibovitz es famosa por su trabajo escénico y nada mejor para retratar una épica como la de un mundial (la última épica real para el juan de a pie) que su lente teatral. Futbol 2026 estará en las paredes de Antropología hasta el 30 de agosto. Que sirva de la cervecita que cure de esta miserable cruda futbolera.
Pero, a ver, yo venía a decir otra cosa. Hay vida después de saber quién alza la copa. Y es una gran vida: las vacaciones de verano. Nos quedan unas semanas antes de que los chamacos regresen a la escuela y ya sabemos que las vacaciones escolares son las que dictan los vaivenes del descanso de los adultos. Hay una fisura temporal, un vórtice en el verano que se traga toda obligación por unos días. Un sueño de irresponsabilidad. El verano, bienvenido seas.
Aunque no se tenga hijos, los ritmos escolares también permiten disfrutar de las vacaciones a los demás: se llenan los all inclusive de adultos echados en una tumbona que beben cócteles tan tropicales como utópicos. Cuando me preguntan cuál es mi fragancia favorita, no dudo: la crema de coco de una piña colada con midori. La sofisticación.
Y también es momento de leer, oigan. La mera época del page-turner, esos libros gordos hechos para leerse sin parar capítulo tras capítulo, picantes y adictivos como las papitas de carrito.
La mayoría de esos libros están concebidos para leer y tirar (aunque haya también libros “literarios” que se lanzan en esta época), y pertenecen a un fenómeno muy gringo que otros ecosistemas editoriales internacionales han adoptado. Medios europeos como El País y Le Monde dedican páginas para reseñar, criticar y hacer entrevistas a los autores del verano. Aquí en México también lo hacen los medios para lectores inteligentes (guiño-guiño).
El mercado editorial estadounidense, tan efectista, lanza como fuegos artificiales un montón de esos libros gordos cada verano. Se leen para divertirse de manera completamente inconsecuente. Leer con esa satisfacción glotona es quizá el mejor modo de evasión porque absorbe de tal modo la atención que todo ruido se vuelve segundo o tercer plano.
Aunque hay un nuevo asunto que preocupa a los puristas y odiadores de las hordas de los que leemos por mera diversión: el lector que prefiere los audiolibros. Hay un debate en redes sociales, muy ocioso y solemne, sobre si escuchar audiolibros debería contarse como leer. Mi respuesta: sí, desde luego que sí. La primera literatura fue la oralidad y regresar a ella me parece fascinante.
El que escucha un libro también está participando de la experiencia literaria, aunque sea de otro modo. Está siguiendo un discurso, está involucrándose en una historia, unos personajes, las acciones y consecuencias de una trama (los audiolibros que más se escuchan son novelas, pero hay de todos los géneros). No es leer si nos ponemos, eh, literales, pero hay validez lectora. Dicho aparte, confieso que no soy aficionada a los audiolibros: me distraigo. Nos los sé seguir. Bendito el que puede perderse en la voz de Stephen Fry narrando los libros de Harry Potter o la de Woody Allen leyendo sus memorias. Es un don del que me duele carecer.
Pero, después de esta ardorosa defensa de los audiolibros, hay algo para pensar: ¿será que hemos llegado a un momento histórico en que lo que menos quiere hacer la gente en sus vacaciones, o en cualquier momento, es leer la palabra escrita ?
Hace unos días The Atlantic publicó un artículo descorazonador titulado ominosamente “The end of reading is here”. El artículo, firmado por Rose Horowitch—un gran trabajo de reportería que incluyó investigaciones en distritos escolares, editoriales y templos de la lectura como la Biblioteca Pública de Nueva York para entender los nuevos patrones de “consumo” de la palabra impresa—compara esta debacle lectora con el incendio de la gran Biblioteca de Alejandría, refugio último del gran conocimiento de la antigüedad; con su desaparición perdimos el legado de siglos de la experiencia humana.
Vivimos, dice Horowitch, en la era de lo “post-literate”. El mejor ejemplo: Donald Trump, quien no sabe ni redactar una publicación que rebase los 300 caracteres. Ni siquiera sus posts de Truth Social están bien escritos. En una entrevista con PBS, Horowitch va más allá: en un país con capacidad lectora, un personaje como Trump jamás habría sido electo.
En Estados Unidos cada vez hay menos lectores y los que leen escogen libros fáciles de comprender, con frases cortas y discursos sencillos. Se leen, pues, page-turners como los que se lleva a la playa. Pero se leen como experiencia lectora total: ya no sólo como mera evasión vacacional, sino como única literatura que se adapta a esta nueva (in)capacidad de comprensión.
¿Será que las pantallas ya nos frieron el cerebro al mojo de ajo? El ajo es importante: como si ya solo fuéramos capaces de paladear los sabores fuertes, primarios. El escándalo, el efecto, la velocidad de las series o los videos breves del malvado TikTok nos dejaron sin un entendimiento que vaya más allá de la cortedad de lo inmediato. Ya no leemos con placidez, nos dan ansiedad los libros “difíciles”, aceptamos acríticamente los clichés porque no hemos leído las fuentes que los crearon y es más fácil de leer lo que hemos visto repetido hasta el cansancio en películas, series y otros libros.
A mí me pasó algo más. Enfermé de covid durante el encierro y tuve mental fog, una especie de laguna en la concentración y la memoria, consecuencia bien descrita de la enfermedad. Durante un buen rato no pude con ninguna lectura. Recuperé mi gusto por leer gracias a Stephen King. Con su serie de fantasía La torre oscura pude volver a la actividad que ha definido mi vida. El deleite puro y absoluto de los libros de King reacondicionó mi mente para acceder a lecturas más desafiantes y complejas.
Hay esperanza: en el artículo de Horowitch se habla del regreso de la lectura a las aulas de algunos distritos escolares estadounidenses en los que se ha restringido el uso de celulares en el horario de clases. Hay niños que todavía quieren leer. ¿Será que podamos regresar colectivamente a leer con compromiso intelectual a partir de page-turners que nos mantengan lejos del scroll sin fin?
Yo, por lo pronto, tengo listas algunas lecturas veraniegas. Estoy leyendo King Sorrow, la novela más reciente de Joe Hill, un gran page-turner de fantasía: ochocientas páginas de pura diversión. En mi fila está El director (Random House), de Daniel Kehlmann, una sátira del colaboracionismo en la Alemania nazi y los avatares del pobre cineasta real G.W. Pabst, atrapado entre Hollywood y el Tercer Reich. También me está quemando las manos Frutos salvajes (Afaguara), compilación corregida y aumentada del periodismo breve de Leila Guerriero (in Leila we trust).
Ya se los reseñaré. Por lo pronto me voy a la playa que tengo al alcance (mi cama) a tumbarme con mi libro gordo.

