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Lo mismo de siempre

Rafael Lozano | Columna Invitada
Cuando entré al consultorio y vi que no estaba la doctora de siempre, pensé que ahora sí me escucharían. Me equivoqué. Era un médico joven. Fue lo mismo de siempre: solo cambió la forma de llamarme la atención. La escena es reconocible precisamente porque no describe un caso raro ni una queja aislada. Presenta una experiencia conocida: salir de consulta médica con la sensación de haber sido corregida, orientada o reprendida, pero no realmente escuchada.
Recientemente se ha popularizado una expresión para nombrar parte de ese malestar: “gaslighting médico”. Describe situaciones en las que los síntomas o las preocupaciones de la persona que acude a consulta son minimizados, reinterpretados o descartados hasta hacer que la persona dude de sí misma, de lo que siente o incluso de si vale la pena pedir otra vez ayuda. El término debe usarse con cuidado. No todos los errores diagnósticos entran en esa categoría, no todas las consultas breves lo producen, no todo desacuerdo clínico implica descalificación. Pero el concepto resulta útil porque identifica una zona gris de la práctica médica contemporánea: el momento en que la experiencia de la persona atendida se adelgaza tanto que ya no entra en la consulta con toda su densidad.
Lo inquietante es que surge de algo más profundo y difícil de observar: una práctica deformada por la prisa, la saturación y la costumbre. En el aula enseñamos que hay que dejar hablar, escuchar con paciencia, interrogar con método, explorar con atención y explicar con claridad. En la práctica, en cambio, formamos y empleamos profesionales dentro de dispositivos que premian otra cosa: la rapidez para clasificar, la facilidad para referir, la economía del tiempo y la capacidad de sostener flujos. Enseñamos una ética de la escucha, pero se termina practicando una medicina de la interrupción.
La evidencia sobre entrevista clínica lleva décadas diciendo algo de lo que deberíamos ocuparnos más. El estudio clásico de Beckman y Frankel encontró que el personal médico interrumpía el relato inicial de quien consultaba alrededor de los 18 segundos. Otros estudios posteriores han encontrado tiempos más cortos. Al mismo tiempo, cuando se deja hablar sin interrumpir, la exposición inicial suele ser más breve de lo que se cree. No estamos hablando de monólogos interminables. Estamos hablando de menos de un minuto de escucha real.
Ese no es un dato menor. Cuando alguien pregunta “¿cómo te fue en la consulta?, ¿qué te dijeron?”, la respuesta suele ser: “igual que siempre: el médico vio los análisis, me pesó y me regañó”. La persona sabe que recibió una indicación correcta —comer mejor, bajar de peso, hacer ejercicio, tomar el medicamento—, pero también sabe que no le preguntaron cómo le ha ido realmente, qué ha intentado, qué pudo sostener, qué se le dificultó, en qué momento se rompió la rutina, qué cambió en su trabajo, en su casa, en su dinero o en su ánimo. La recomendación puede ser biomédicamente impecable y, al mismo tiempo, clínicamente hueca.
Esto se vuelve más evidente en las enfermedades crónicas. Distinguimos entre consulta de primera vez y consulta subsecuente, como si esa diferencia resolviera el problema. No lo resuelve. La primera vez suele organizarse para conocer el caso: antecedentes, motivo de consulta, estudios, impresión diagnóstica. La subsecuente suele funcionar como verificación rápida: cómo salió el análisis, cuánto pesó, si tomó el medicamento, si bajó o subió la cifra. En ambas persiste la misma falla de fondo: no se trazan trayectorias. Se atienden episodios de una misma persona, no una historia en curso.
Y, sin trayectoria, la escucha se deteriora. Porque escuchar no es solo oír síntomas. Es reconstruir procesos. Diabetes, hipertensión arterial, obesidad o enfermedad renal crónica no son una sucesión de consultas; son trayectorias largas, inestables, atravesadas por cansancio, trabajo, organización doméstica, disponibilidad de comida, acceso a medicamentos, miedo, frustración, pequeños logros y recaídas previsibles. Si la consulta no pregunta cómo le ha ido a la persona entre una visita y otra, qué dificultades concretas ha tenido, qué cambió y qué no, entonces el llamado seguimiento se parece más a una cadena de cortes temporales que a una práctica de continuidad.
Este problema no es exclusivo de México, pero en sistemas segmentados como el nuestro se vuelve especialmente nítido. En el sector público saturado, el tiempo de la consulta se comprime para sostener flujos; en ciertos circuitos privados, la lógica mercantil acorta todavía más el encuentro. Cambian los incentivos, cambian los estilos, cambia incluso el tono del llamado de atención, pero lo esencial no siempre cambia: la dificultad para sostener una escucha capaz de reconstruir trayectorias y no solo administrar episodios. La segmentación no solo divide instituciones y financiamientos; también fragmenta estilos de práctica y umbrales de atención, sin garantizar en ninguno de ellos una clínica verdaderamente longitudinal.
Cuando alguien dice “me regañaron”, no se está refiriendo solo a un tono de voz. Está describiendo una relación en la que la comprensión fue sustituida por una corrección moral. “Dieta y ejercicio” no son medidas equivocadas. El problema es que, dicho sin contexto, sin indagar obstáculos reales ni explorar condiciones de vida, funciona menos como orientación clínica que como recordatorio disciplinario. El mensaje implícito es brutal en su sencillez: usted ya sabe lo que tiene que hacer; si no lo ha hecho, el problema es suyo.
No sorprende entonces que muchas personas esperen más de un cambio de quien atiende que de una transformación de la consulta. Ven otra cara y piensan: ahora sí me van a escuchar. Pero descubren que no cambió la lógica, solo el estilo. Cambia quien atiende, no la forma de interrumpir. Cambia la manera de regañar, no la estructura del encuentro. Y eso debería ocuparnos, porque revela que el problema no es solo interpersonal. Es institucional, pedagógico y organizativo.
Durante años hemos considerado la escucha como una virtud individual, casi un adorno ético del buen profesional. Pero no lo es. También es una condición material del cuidado. Requiere tiempo, sí, pero también memoria, continuidad, protección del acto clínico, legitimidad para la incertidumbre y herramientas que acompañen la relación clínica en lugar de sustituirla. La digitalización puede ordenar datos, facilitar el seguimiento y mejorar el registro, pero no basta por sí sola. Si no se mantiene o se acrecienta el sentido humano de la consulta, se corre el riesgo de volverla más eficiente y menos clínica. Cuando esas condiciones faltan, el encuentro corre el riesgo de convertirse en una escena de corrección más que de comprensión.
Una propuesta modesta: que el expediente clínico incluya, en cada consulta subsecuente de enfermedad crónica, un par de preguntas fijas: qué cambió para esta persona desde la última visita y qué se le dificultó. No resolvería por sí sola el problema, pero convertiría una escucha mínima en dato clínico dentro del mismo flujo que hoy premia la velocidad. El riesgo, claro, es que se vuelva otra casilla que se llena por cumplir y no por escuchar. Aun así, dejaría al menos una huella de que algo se preguntó.
Por eso este tema merecería ocupar más tiempo en congresos, jornadas y conferencias médicas. No como asunto blando o periférico, sino como una pregunta central sobre la calidad real del acto clínico. Si afecta la comprensión, la confianza, la continuidad y la capacidad de leer trayectorias, entonces no nos aleja de la medicina: nos devuelve a su núcleo más básico.
Aquí se concentra una de las tensiones menos estudiadas de la práctica médica. Podemos dedicar horas a nuevos fármacos, algoritmos o biomarcadores, pero apenas unos minutos a examinar por qué tantas personas salen diciendo “me regañaron” o “fue lo mismo de siempre”. Más que discutir si el anglicismo merece quedarse, convendría mirar la práctica que ha vuelto necesario nombrarlo: una forma de atención que interrumpe antes de comprender y confunde seguimiento con repetición.
Tal vez por eso la frase final de tantas personas resulta tan devastadora. No dicen: “me explicaron mal”. Tampoco dicen: “se equivocaron”. Dicen algo más simple y más grave: “fue lo mismo de siempre”. Cuando esa respuesta se vuelve normal, el problema ya no es solo la calidad de una consulta. Es una clínica que escucha cada vez menos.
Referencias recomendadas para profundizar en la lectura
Beckman HB, Frankel RM. The effect of physician behavior on the collection of data. Annals of Internal Medicine. 1984;101(5):692–696.
Cruz Montoya MJ, et al. La voz del paciente. Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM. Vol. 62:6; 52-55, 2019. http://doi.org/10.22201/fm.24484865e.2019.62.6.08
*El autor es investigador Emérito del SNII. Profesor Emérito del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud. Universidad de Washington. rlozano@uw.edu; @DrRafaelLozano

