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Una semana con alta inflación, actividad débil y un diésel con precio político

Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero
México inicia el segundo trimestre de 2026 atrapado entre dos fuegos: una inflación que se resiste a bajar, hacia la meta, y una actividad económica que avanza a paso lento, en el mejor de los casos cerca de 2%. En medio de ese fuego cruzado, el gobierno anunció la semana pasada fijar un precio máximo al diésel y venderlo como una jugada a favor del “pueblo”. En realidad, es una apuesta de corto plazo que maquilla el termómetro inflacionario mientras deja intactas, e incluso agrava, las causas de fondo.
La inflación ya encadena un trimestre completo fuera del rango objetivo y en la primera quincena de marzo alcanzó 4.63%; en tanto la subyacente cede, pero lentamente. El problema no es un “pico” aislado, sino la persistencia. Con ese telón de fondo, el Banco de México decidió la semana pasada recortar en 25 puntos base la tasa objetivo desde 7.0 hasta 6.75%, con muy poco margen para nuevos recortes, pero la decisión de recortar deja claro que la autoridad monetaria está obligada a apoya a la política económica que no está haciendo su parte para atacar los cuellos de botella de oferta, la baja productividad y la incertidumbre regulatoria.
Mientras el gobierno decide intervenir en los precios del diésel, uno de los más sensibles de la economía, al mismo tiempo envía un mensaje seductor a la población al decir que si no se controla el costo de un insumo clave para el transporte de mercancías, se “protege” al consumidor de aumentos en alimentos y bienes básicos. En el corto plazo, es probable que veamos un efecto positivo en las estadísticas de la inflación con menor contribución del componente energético y de transporte. No obstante, confundir ese alivio temporal con una victoria contra la inflación es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, deliberadamente engañoso.
Un precio máximo al diésel distorsiona las señales de mercado. Si el precio regulado se ubica por debajo de los costos reales, alguien paga la diferencia: o las finanzas públicas, vía subsidios explícitos o implícitos, o los propios consumidores vía desabasto, deterioro en la calidad del servicio y menor inversión en infraestructura de refinación, transporte y almacenamiento. En realidad, la inflación no desaparece solo se desplaza. Se esconde en el déficit, en la falta de mantenimiento, en la pérdida de competitividad. Es una victoria de papel que se cobrará con intereses en el futuro.
Todo esto ocurre en un entorno internacional que tampoco da tregua. Estados Unidos, nuestro principal socio comercial, crece alrededor de 2% anual. No es un boom, pero sí suficiente para sostener la demanda de exportaciones mexicanas y mantener viva la narrativa del nearshoring. En Europa, el cuadro es aún más frágil. La zona euro apenas crece alrededor de 1% o menos, arrastrando la resaca de la crisis energética, la guerra y los costos de la transición verde.Y esto para México se traduce en una demanda externa tibia y en un mapa de riesgos más complejo.
Es aquí donde el discurso choca con la realidad. México se vende al mundo como plataforma exportadora privilegiada, anclada a Estados Unidos y con puertas abiertas a Europa. Pero por dentro, la economía crece apenas cerca de 2.0%,con una inflación que no termina de alinearse a la meta y con decisiones de política pública que apuestan por controles de precios en lugar de por productividad, competencia y certidumbre. Es el clásico país que quiere jugar en las grandes ligas comerciales con la mentalidad de administrar escasez.
Las preguntas incómodas son inevitables
Primera: si el país realmente quiere aprovechar el nearshoring y sus acuerdos comerciales, ¿por qué insiste en mandar señales de intervención discrecional en mercados clave como el energético? Segunda: cuando el gobierno presume que “contuvo” la inflación gracias al precio máximo del diésel, ¿reconocerá también el costo fiscal, las posibles distorsiones y el riesgo de desabasto? Tercera: ¿hasta cuándo se seguirá usando la política de precios administrados como sustituto de una agenda seria de competencia, infraestructura y productividad?
La verdadera prueba no será la próxima quincena de inflación, ni el siguiente boletín celebrando el “apoyo” al consumidor vía diésel barato. La prueba será si, dentro de unos años, México habrá usado su posición geográfica y sus acuerdos comerciales para crecer por encima de ese mediocre 2%, con una inflación estable y sin trucos contables, o si habrá desperdiciado otra ventana histórica, entretenido en administrar fuegos que él mismo alimentó.

